La Atenas de Miguel Coniates

La Atenas clásica no había desaparecido del todo. La Atenas clásica había hallado refugio como ideal en el alma sensible y memoriosa de Coniates.

El pasado es aquello por lo que lo tomamos, y actúa en consecuencia: lo tomamos, empero, después de miles de años, como algo completamente distinto a lo de hoy; lo tomamos con nosotros, o él nos toma consigo, sobre la misma marcha.

Gustav Landauer

 

A fines del siglo XII, en medio de la larga noche del Medioevo bizantino, cuando toda Grecia languidecía abrumada por el yugo despótico, el nepotismo y el oscurantismo filisteo del emperador Alejo III Ángelo y su corte; cuando la rapacidad sin límites de los nobles terratenientes, los burócratas y los mercaderes italianos desangraba la economía de una región otrora tan próspera, un sabio hombre de letras que moraba en Atenas escribió, inspirándose en los vestigios imponentes de la antigua Acrópolis –su solitario lugar de residencia–, versos elegíacos de exquisita y melancólica belleza; versos nostálgicos que evocaban los remotos tiempos de Pericles, una edad de oro irremediablemente perdida para siempre. Los Yambos sobre la dignidad primigenia de la ciudad de Atenas, del arzobispo Miguel Coniates (c.1140-1220), humanista señero y precursor del filohelenismo renacentista, están entre los ejemplos más notables que conozco del tópico literario del ubi sunt? durante la Edad Media.

El amor hacia los atenienses, en el pasado los más célebres entre los hombres, dicta mis palabras, anhelando consolarme con la encendida nostalgia de sus antiguas glorias. Pero ¡ay! Nada más deplorable existe para mí, de aquella esplendídisima ciudad únicamente se ven las ruinas amontonadas sin orden por el paso de los siglos. Quienes no ven con sus ojos lo que aman, y se satisfacen con una mera sombra del objeto idolatrado, no por eso dejan de consumirse en su pasión. ¡Infeliz de mí!, de quien se ha adueñado el amor a los atenienses, como Hera sedujo a Ixión, y sólo puedo enumerar de mi querer dolores a cual más triste. Vivo en Atenas y nada contemplo de Atenas: las antaño sedes de toda alegría, hogaño muestran sus funestos escombros. Ciudad tan desafortunada ¿Dónde hallaré tus cosas más sagradas? Todas han perecido: tus tribunales, tus jueces, los sufragios de tu pueblo, tus leyes, la potencia de tus oradores, tus asambleas, tus hazañas terrestres y marítimas. Aquella musa de variado color, que era la fuerza de la elocuencia y que en todo tiempo representó la mayor gloria de Atenas, ha sucumbido, y no ha dejado ni el menor recuerdo de su esplendor primigenio. No obstante, pese a discurrir mi existencia en la infortunada Atenas de este momento, en el futuro sólo quedará de esta ciudad la memoria de la verdadera imagen de su antigua grandeza.

La Atenas clásica no había desaparecido del todo. La Atenas clásica había hallado refugio como ideal en el alma sensible y memoriosa de Coniates.

El arzobispo griego, clasicista intransigente, mucho lamentaba que su eslavizada feligresía no hablase el griego castizo que él tanto conocía y valoraba;* y el desinterés absoluto –cuando no desprecio– que éstos evidenciaban hacia la antigua cultura helénica le causaba profunda tristeza. Los atenienses de las postrimerías del siglo XII, cristianos celosísimos de su fe ortodoxa, no podían comprender que su pastor se apasionara tanto por una remota época pagana anterior al nacimiento de Cristo. Cuando Coniates asumió su prelatura en 1175, pronunció una homilía de exultante retórica filohelenista, repleta de cultismos, citas eruditas, referencias a los textos clásicos e incitaciones encendidas a emular la excelsa areté o «virtud» de los antiguos ciudadanos del Ática; homilía que su expectante auditorio halló indescifrable, extravagante y soporífera. En un sermón ulterior pronunciaría, disgustado, estas quejumbrosas palabras rayanas con el reproche:

¡Oh, ciudad de Atenas, madre de la Sabiduría, en qué grado de ignorancia has recaído! Cuando me dirigí a vosotros en mi discurso de presentación, que era tan sencillo, tan desprovisto de artificio, pareció que hablaba una lengua incomprensible, oscura y extranjera, persa o escita.

Al cabo de poco tiempo, Coniates asentaría por escrito –dejándose llevar por su frustración– esta amarga y resentida conclusión:

Quedan el encanto del país; el Himeto, rico en miel; el tranquilo Pirco; Eleusis, antes misteriosa; la llanura de Maratón; la Acrópolis; pero aquella culta generación amante de las ciencias ha desaparecido y su lugar ha sido ocupado por una generación inculta, pobre de cuerpo y de espíritu.

Según afirma en uno de sus textos, tres largos años le llevó comprender el «barbarizado» y «vulgarizado» griego que hablaban las gentes de su arquidiócesis, y que tanto repudiaba. Temió incluso, por un momento, haberse él mismo convertido en un hombre bárbaro y vulgar.

La Atenas clásica no había desaparecido del todo. La Atenas clásica había hallado refugio como ideal en el alma sensible y memoriosa de Coniates.

El erudito griego era un súbdito fiel del emperador bizantino, y un clérigo devoto de la Iglesia católica de Oriente. No podía ser de otro modo: había nacido y crecido en una sociedad donde la monarquía autocrática de derecho divino y la religión cristiana ortodoxa eran tan ubicuas como el aire. Quien tuviera aspiraciones serias de ser intelectual, debía seguir la carrera eclesiástica y no irritar demasiado al todopoderoso basileus.

Pero el brillante legado civilizatorio de la Hélade clásica lo había cautivado por completo: la elegancia de su idioma, el refinamiento de sus letras, la monumentalidad y simetría de su arquitectura, la perfecta armonía de su arte escultórico, el rigor lógico de sus ciencias, el ingenio de su tecnología, la hondura de su filosofía, e incluso la sabiduría alegórica de muchos de sus mitos paganos ancestrales. Aunque también, en su fuero más íntimo y secreto, el arzobispo debía sentir admiración por el modelo organizativo de la antigua polis ateniense, la demokratía tan incomprendida y vituperada por sus contemporáneos, con su intenso patriotismo cívico y su orgulloso sentido de la libertad, como puede entreverse en los yambos precitados y otros de sus escritos.

Quizás esa veta más política del filohelenismo de Coniates haya influido en su decisión de elaborar un memorándum de queja y remitirlo al gobierno central en Constantinopla, la capital. En él denunciaba sin rodeos y con minuciosidad todos los abusos cometidos por la administración imperial en el Ática, a cuyos agentes culpaba del penoso estado de postración económica en que se hallaba la comarca. Aunque el memorándum obviamente sustraía a la figura hierática del basileus (vicario de Cristo en la tierra, según la cosmovisión bizantina) de cualquier responsabilidad personal o política en los graves hechos denunciados, y apelaba con extremo tacto y deferencia a su mayestática magnanimidad, en la que depositaba todas sus esperanzas de justicia, no dejaba de ser políticamente incorrecto y riesgoso, por cuanto lanzaba filosos dardos –dardos rezumantes de localismo ático– contra la corrupción y prepotencia de la poderosa burocracia constantinopolitana.

Pero con toda seguridad, esa veta política explica acabadamente por qué razón el arzobispo de Atenas, en cierta ocasión, tuvo la inquietud de exhortar a los habitantes de Eubea a que reactivaran su asamblea local, muy venida a menos a causa de su falta de participación y desinterés por lo público. Hacía ya muchas centurias que esa gran isla vecina al Ática no era una polis independiente, sino una posesión más del Imperio Bizantino. Pero el derecho a autogobernarse al menos en la esfera municipal no había caducado, y Coniates se mortificaba de ver cómo los eubeos, enfrascados en sus asuntos privados, habían desaprovechado esa valiosa y fecunda potestad.

La Atenas clásica no había desaparecido del todo. La Atenas clásica había hallado refugio como ideal en el alma sensible y memoriosa de Coniates.

Pero la admiración que el arzobispo griego profesaba por la antigua democracia ateniense tendría, en los albores del siglo XIII, consecuencias mucho más trascendentales. Cuando León Esguro, señor de la Argólida y Corintia, aprovechando la crisis del Imperio desatada por la Cuarta Cruzada, invadió la región del Ática, el arzobispo griego no dudó en ponerse al frente de la resistencia ateniense, a la que había incitado desde un principio. En esa hora tan grave y decisiva, Coniates debió sentirse un gran strategos como los de antaño, un Milcíades liderando falanges de hoplitas en medio de la Batalla de Maratón. Las fuentes destacan el temple, la resolución y la eficiencia admirables con que organizó y dirigió la defensa, pese a no ser un hombre de armas ni tener experiencia militar alguna. También refieren que el arzobispo apeló a su excepcional oratoria.

Esguro, con su poderoso ejército, logró conquistar la ciudad baja de Atenas con relativa facilidad y prontitud, pero no su legendaria Acrópolis. La alta ciudadela, heroicamente defendida por su pequeña guarnición y por todo el pueblo en armas, no pudo ser expugnada por quienes parecían reencarnar, a los ojos del prelado ateniense, las temibles huestes persas del general aqueménida Artafernes. Y ello no obstante que los sitiadores, en su afán de doblegarla, no tuvieron escrúpulos en hacer uso intensivo de todas sus armas de asedio, incluso las más devastadoras.

Esguro, presa de la frustración y la impaciencia, optó finalmente por levantar el sitio y marcharse de la ciudad. Y aunque su campaña conquistadora proseguiría con éxito en las tierras de Beocia y Tesalia, Atenas nunca habría de caer en sus manos.

La Atenas clásica no había desaparecido del todo. La Atenas clásica había hallado refugio como ideal en el alma sensible y memoriosa de Coniates.

Pero a Esguro lo devoraba la sed de venganza, y antes de partir quiso satisfacerla. Su agua fueron las llamas: toda la ciudad baja de Atenas fue incendiada sin miramientos –la hybris de la ambición y la hybris del crimen suelen ir de la mano–*. Los invasores, asimismo, se apoderaron de todos los rebaños existentes en el Ática, tanto en beneficio propio como en represalia contra sus insumisos habitantes.

La Atenas de Coniates fue capaz de resistir, a un elevado precio, la ofensiva de Esguro. Pero la Cuarta Cruzada fue demasiado para ella. En 1205, luego de saquear Constantinopla y aclamar al conde Balduino IX de Flandes como emperador, los francos llevaron su «guerra santa» de rapiña y conquista hacia el sur, hasta el corazón de Grecia; y con ella, el régimen feudal tan característico de la Cristiandad occidental, su lugar de procedencia. El marqués italiano Bonifacio de Montferrato, recientemente designado rey de Tesalónica, era su comandante en jefe. Esguro, impotente, debió replegarse precipitadamente con sus tropas al Peloponeso. La Grecia central primero, y el Ática después, sucumbieron al poderío militar arrollador de Bonifacio, el más poderoso de los vasallos del nuevo emperador latino. Atenas, aún no repuesta del reciente asedio tan destructivo de Esguro y sus acciones punitivas, extenuada y sumida en la miseria, tuvo que rendirse. Coniates, abatido por la derrota y temiendo por su vida, huyó a la isla egea de Ceos, recluyéndose dos años después en el monasterio de Vodonitsa, cerca del desfiladero de las Termópilas, donde permanecería hasta su muerte. La francokratía o latinokratía, el dominio franco o latino –uno de los períodos más sombríos de la milenaria historia bizantina–, había comenzado.

Pero vuelvo por un instante a la valerosa lucha que la guarnición y el demos atenienses, liderados por Miguel Coniates, libraron contra las nutridas y aguerridas fuerzas sitiadoras de León Esguro, allá por el año 1204. ¿Qué les habrá dicho el arzobispo a las multitudes de soldados y refugiados de la ciudad baja durante esas jornadas tan críticas y angustiosas, en medio de las grandiosas y solemnes ruinas de la vieja Akropolis? ¿Habrá acaso recordado a los grandes oradores de la democracia ática que tanto supieron descollar durante las Guerras Médicas, la Guerra del Peloponeso y otras contiendas? ¿Habrá rememorado –por caso– al genial Demóstenes y sus brillantes discursos en contra de la tiranía macedónica y en favor de la libertad helénica, sus célebres Filípicas y Olínticas, o su famosa alocución Sobre la corona? ¿Habrá tenido presente cómo la elocuencia cívica inflamada de aquel gran demócrata desató la rebelión de Atenas contra el yugo de Antípatro –la llamada Guerra Lamiaca– tras la muerte de Alejandro Magno? Muy posiblemente.

No obstante, hay otro interrogante mucho más relevante. Sabemos por las crónicas bizantinas, entre ellas la de Nicetas Coniates, hermano menor del prelado, que éste recurrió a su formidable oratoria; pero, ¿habrá asumido conscientemente, en aquella venerable Acrópolis cercada por Esguro, el papel histórico de un nuevo Demóstenes? ¿Habrá tratado de elevar la moral de sus atenienses contándoles las gloriosas hazañas llevadas a cabo por sus lejanos antecesores en defensa de la autonomía del Ática? ¿Habrá intentado despertar en sus corazones el fuego sagrado de la libertad tras tantos siglos de incivilidad aletargadora? Probablemente. Sus escritos, y diversos detalles de su vida, invitan a pensar en esa posibilidad. Pero, ¿habrá logrado su cometido? ¿La épica resistencia ateniense de 1204 le debió algo, mucho o poco, a la apasionada retórica filohelenista de Miguel Coniates? Nadie puede saberlo con certeza –las fuentes relativas al asedio de la Acrópolis no brindan detalles sobre el contenido temático de su elocuencia–, pero, en lo personal, me seduce imaginar que sí.

Me seduce imaginar también que Coniates, durante aquellos febriles días de resistencia armada valerosa, mientras recorría su amada Acrópolis y contemplaba gozoso cómo sus mansas ovejas se habían convertido de repente en fieros leones, podría haber sentido, en lo más profundo de su corazón, que su Atenas ideal, después de todo, no estaba tan lejos como había creído de la Atenas real. Los libros enseñan mucho, pero las experiencias de vida también…

Karl Marx, en su obra histórica El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), hizo una lúcida reflexión acerca del peso de la memoria en el devenir de la historia. Juzgo oportuno traerla a colación:

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y transmite el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos se disponen precisamente a transformarse y a transformar las cosas […] es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.

Medio siglo después, otro gran pensador alemán, Gustav Landauer –ya citado al comienzo del presente texto–, expresaría esta idea de forma más concisa, pero no por ello menos iluminadora, en su ensayo La Revolución (1907):

Cada utopía […] se compone de dos elementos: de la reacción contra la topía de la cual se origina, y del recuerdo de similares utopías anteriores conocidas. Las utopías están siempre muertas sólo aparentemente, y al sacudirse su féretro surgen nuevamente a la vida […].

La Atenas clásica no había desaparecido del todo. La Atenas clásica había hallado refugio como ideal en el alma sensible y memoriosa de Coniates.

Cierto. Y al menos en lo que respecta a aquel agitado y memorable año de 1204, la Atenas ideal del sabio Coniates pareció hacerse de nuevo realidad.

Federico Mare

** Entre finales del siglo VI y principios del siglo VIII, el Imperio Bizantino recibió varias oleadas de pueblos eslavos procedentes del norte, de la Europa oriental situada al otro lado del Danubio. Dicho fenómeno migratorio, por su masividad y larga duración, llegó a modificar la composición etnolingüística de la Grecia medieval. Y aunque la ulterior política de rehelenización impulsada por el gobierno imperial probó ser muy eficaz, no logró revertir del todo el proceso demográfico, lingüístico y cultural de eslavización.

** Antiguo concepto griego que puede traducirse como «desmesura» o «afán inmoderado». Es la satisfacción sin límites de los impulsos narcisistas del yo, incluso a costa de los demás y transgrediendo por completo los principios éticos y las normas jurídicas más esenciales de la convivencia social. La hybris constituye uno de los grandes tópicos de la mitología helénica, y aparece tanto en la épica homérica y hesiódica como en todas las tragedias clásicas.

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  1. Mis felicitaciones Federico. En medio de la basura mediática, futbolística,y del morbo por lo criminal, encontrar un artúculo como el suyo, culto y educador, es un placer para el intelecto. Los que henos dedicado la vida a tratar en cultivarnos se lo agradecemos. Siga escribiendo que seguiremos leyéndolo.
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  2. nota muy completa... interesante tema...
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