Debate: ¿Sirven para algo los concursos literarios?

Entre los que se presentan en cuanta convocatoria hay y los que nunca participan, los argumentos van a ser más que variados. La opinión de Martín Kohan.

Si en un mismo sitio se reúnen dos o más escritores y alguien quiere meter púa o el dedo en la llaga, echar sal en las heridas o, en definitiva, generar un debate sin fin, no tiene más que hacer una sola pregunta: ¿sirven de algo los concursos literarios?

Entre los que los ganaron y los que los perdieron, entre los que ganaron uno chico y los que ganaron uno grande, entre los que se presentan en cuanta convocatoria hay y los que nunca participaron en uno, los motivos y argumentos van a ser más que variados, y no extrañe a nadie que los tonos se eleven a medida que transcurren los minutos.

Justo ahí apuntó en su nuevo número la revista La Balandra, y para llevar adelante el debate convocó a varias voces que aportan desde el conocimiento y la experiencia, pero no sólo en cuanto a participación, sino también desde el punto de vista de los jurados y hasta de las editoriales.

La transparencia de los jurados de concursos también son puestas bajo la lupa en
un interesante artículo de Elsa Drucaroff, y Roni Bandini le aporta humor a la discusión.

Pablo De Santis, Guillermo Schavelzon, Mauricio Koch y  Claudia Piñeiro, entre otros, colaboran sumando sus textos a este debate que propone La Balandra. Y a ellos también se suma Martín Kohan, con un artículo que desmitifica el valor de los concursos ante otros elementos más importantes en el quehacer del escritor.

Con la autorización de a Alejandra Laurencich, directora de la revista, y el mismísimo Martín Kohan, MDZ Online tiene la posibilidad de reproducir a continuación el testimonio del autor de Segundos afuera.

Dice Martín Kohan:

La imagen pública, la imagen visible de los escritores, se compone, entre otras cosas, y cuando cabe, con los concursos literarios que han ganado. Pero existe también otra imagen, una imagen oculta, solapada, a menudo secreta, y decididamente más verdadera, donde constan, por el contrario, los concursos que han perdido: esos en los que ni siquiera figuraron, no entraron ni en el lote de diez, fotocopiaron y anillaron y cargaron mamotretos en vano.

Los concursos literarios pueden ser útiles para empezar a publicar, cuando se es inédito, o para ampliar el horizonte de lectores, cuando uno ya ha sido publicado. Están los concursos que se ganan cuando el libro que uno escribió resulta elegido por el jurado, y esos otros concursos que reservan el primer lugar para algún autor de la casa y en los que se compite para salir segundo o finalista con la expectativa de ser tenido en cuenta por esa misma editorial o por otra.

Me cuesta pensar que los concursos literarios puedan asociarse con el dinero o con la fama, cuestiones que, por suerte, resultan casi siempre ajenas a la literatura (¿Fama? Fama es salir por televisión, pero no a las nueve de la mañana; fama es aparecer en el diario, pero no guardarse el recorte. ¿Ganar dinero? Ganar dinero es otra cosa: Claudio Caniggia, por ejemplo, jugando en Boca, ganaba dos premios Herralde por partido, casi un premio Alfaguara por mes).

Los concursos ganados pueden alimentar la vanidad, la visibilidad, el prestigio, las pretensiones de los escritores. Pero la literatura tiene menos que ver con todo eso que con las vacilaciones, con los atascamientos, con los desencuentros, con los malentendidos. Hay en la
literatura una base de fracaso y soledad que podría verificarse inclusive con los “exitosos”. Por eso creo que la verdad de un escritor radica en los concursos que perdió, esos de los que nunca le ha hablado a nadie, esos que hasta esconde de sus íntimos. Porque, en definitiva, ¿quién que no haya aprendido a perder puede aspirar a la buena escritura?

Más claro, echale agua… Pero, por las dudas, en la revista también aparece una lista de concursos literarios de este año. Y si alguien gana uno, que invite a un asado.



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