Buscando comprender el suicidio de un hijo

"Lo que no tiene nombre", el nuevo libro de Piedad Bonnett, en el que la escritora se compromete en carne y espíritu a partir del inmenso dolor.

En el silencio de mi casa de los miércoles a la mañana, termino de leer Lo que no tiene nombre, y salgo para buscar a mi hijo más chico en la escuela.

Lo que no tiene nombre es el nuevo libro de la colombiana Piedad Bonnett que acaba de publicar Alfaguara. En él, Bonnett se compromete en carne y espíritu, porque desarrolla, a partir del inmenso dolor, un texto en el que relata el progreso de los desórdenes mentales que llevaron a su hijo Daniel a la muerte. Al suicidio, concretamente, para no andar con eufemismos, ya que es la misma Bonnett quien se encarga de evitarlos.

“No tiene caso increpar a nadie”, dice la autora en algún momento del libro, justo cuando habla de un medicamento que le recetaron a Daniel contra el acné y que, especula ella, podría haber disparado esa enfermedad que se mantenía agazapada esperando el momento de manifestarse.

Y eso es lo que hace Bonnett, no increpa. Por el contrario, a lo largo de las páginas trata de encontrar razones y de acercarse a ese muchacho que se le escapó en un vuelo final.

No hay dioses que den consuelo ni edenes de almas viviendo la eternidad a los que recurrir para darle un futuro a esa persona que falleció. Ahí está una mujer exponiéndose, mostrando el inconsolable dolor, pero sin recurrir a lugares comunes, a conformismos de la autoayuda y toda esa basura que es nada más que un mal placebo.

La fortaleza de una familia para acompañar la enfermedad de uno de sus integrantes. El no bajar los brazos ni aún luego de que todo desencadene en la muerte, en la cremación de los restos de carne que alguna vez formaron parte de un humano que cada vez se aleja más, pese a sus obras, pese a sus fotos. Y ahí está su madre, para evitar ese alejamiento, para que Daniel tome forma de otras maneras. Para que su hijo sea más que un recuerdo.

Fue un mal momento para leer Lo que no tiene nombre. Justo en las inmediaciones de la fecha en que un amigo se suicidó luego de sufrir durante mucho tiempo trastornos mentales como los que sufría Daniel. Me pega demasiado mal la coincidencia, pero Bonnett, a lo largo de sus páginas, me ayuda. A mí, que tampoco tengo dioses ni creo en edenes, y mucho menos en los espejitos de colores de la autoayuda.

Retiro a mi hijo de la escuela. Mientras caminamos, le recuerdo que por la tarde tiene el taller de arte al que asiste desde hace poco. Entonces me dice: “La verdad es que no sé si quiero ser pintor cuando sea grande”. Tiene casi siete años y le gusta pintar, por eso lo llevamos al taller, no para que sea pintor, pero él ha llevado la conversación a un terreno que le interesa, así que le sigo la corriente y le pregunto por qué no sabe si quiere ser pintor. “Porque no querría tener que cortarme una oreja, como Van Gogh”, argumenta, con una de esas síntesis que a los niños les encanta hacer.

Algo le respondo acerca de que no necesariamente tendría que cortarse una oreja y de que hay miles de pintores que no lo han hecho, pero me quedo pensando en que en algún momento voy a tener que sentarme a hablar sobre la locura con mi hijo, y le agradezco a Piedad Bonnett por darme más elementos para hacerlo cuando llegue ese día.

Alejandro Frias

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7 de Diciembre de 2016|13:42
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7 de Diciembre de 2016|13:42
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