Gabo, el mascarón de proa de una generación

Por siempre estaremos agradecidos a Gabriel García Márquez. Por siempre lo llevaremos en nuestra memoria. Por siempre su literatura será un estandarte de Latinoamérica.

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Este tal sea uno de los comienzos de novela más citados y recordados de la historia. Así, con esta oración, comienza Cien años de soledad. Y de inmediato, la siguiente oración, comienza con una palabra que acompañaría a Gabriel García Márquez, porque decirla lleva a la asociación eterna con el colombiano: Macondo, ese lugar imaginario que por entonces, según el relato del Gabo, era una aldea de veinte casas de barro.

Gabriel García Márquez es y será uno de los más grandes escritores de la historia de la humanidad, y, junto con otros latinoamericanos, como Rulfo, Cortázar, Fuentes, Carpentier, Onetti y muchos más, hicieron que el mundo se fijara en que en este lado del mundo también se hacía literatura.

El boom latinoamericano lo bautizó alguien, y trasladando un término usado por primera vez en la pintura, se habló del realismo mágico. Y como mascarón de proa de eso estaba el Gabo.

En 1967 apareció Cien años de soledad, y si bien Macondo ya había sido mencionada años antes en un cuento de García Márquez, fue a partir de ese momento en que se convirtió en la ciudad en la que se sintetizaba esa Latinoamérica apasionada, contradictoria y múltiple.

García Márquez supo captar el alma de las personas, por eso sus relatos fueron siempre tan vivos, tan próximos al ser humano, tan llenos de colores y de oscuridades.

Su otra pasión, el periodismo, también lo tuvo como protagonista. Por eso, hablar de García Márquez es hablar del registro de una época. Desde la ficción o desde la crónica periodística, el colombiano dejó un testimonio fidedigno de un continente pleno de desigualdades sociales.

En el 2004 publicó su último libro de ficción, Memoria de mis putas tristes, el punto más flojo de toda su producción literaria, una novela en la que ya echaba mano a recursos ya caducos, una historia que apenas si se sostenía, un libro urgido editorialmente, un libro olvidable.

Entre su primera novela, La hojarasca, de 1955, y los últimos libros media más de medio siglo. Cuentos, novelas y excelentes crónicas periodísticas que son patrimonio de un continente que encontró en sus artistas y escritores una vía para que el mundo lo redescubriera.

Por siempre estaremos agradecidos a Gabriel García Márquez. Por siempre lo llevaremos en nuestra memoria. Por siempre su literatura será un estandarte de Latinoamérica.

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