Debate: Respuesta a propósito de la poesía militante

Texto escrito a propósito de “Lectura y hermenéutica de poemas peronistas”, evento organizado por la revista La Leónidas.

Ayer publicamos un artículo titulado Poesía militante, proclamas a los cuatro vientos y hoy Pablo Grasso responde con el siguiente texto, publicado por el Proyecto Editorial Itinerante El Deslenguadero en el 2013.

Justificación

Y Laucha Obrera, sorprendida, dijo: “la palmó el morenito”. Y entonces todo eso cambió, cómo decirlo, el espesor simbólico, la cosa epifánica que venía practicando. Una apertura del juego fue (digamos), una dilatación cósmica cerniéndose, flor de un día, directamente sobre mí cabeza. Como si yo, desdentada Casandra, hombre con ovarios, lo hubiera predicho o, bajo sospecha, atisbado en el rojizo cielo de octubre.

Es, de la tortura, la miserable verdad. Pueril –e inédito- seguirás tu camino. Hasta el fondo, por la ranura, ¡y a destajo! La poesía, querubín, es un salto al vacío. El arcoíris de una gravedad rota y atolondrada. Por lo menos, nunca (un) cencerro.

Todo –la alardeada historia del origen patricio, el espasmo lácteo de la raza- se hizo más sencillo (sencillamente hablando), como dar la mano (manca) o pedir a los dioses, siempre tan altivos y distantes, una porción del fuego prometido.

Miré nuestra historia facetada, grité tupido.

Aparecieron ruidos y oscuridades siniestras y ya no quise ver. (Me dijeron que la casa había sido tomada y que habías tirado la llave, pero no dónde.) Y todo fue confusión, fuego rasante en la cama deshecha, un hígado devorado por el negro napalm de los heraldos. Detrás del vidrio empañado, Gianuzzi. Estallando. (Que es lo que se entiende generalmente por el desarrollo de un estilo propio, de una sensibilidad duramente conquistada.) La humedad, que era un frio lodazal (algo de textura vítrea) en su ropa, estaba ahí, amenazándolo con parir. (Un espejo, dos espejos: una tensa manifestación de espejos.) ¡Aguantate, piojoso! ¡Muerto de hambre! ¡Seducido por el confort!

Suciedad de la antigua memoria trujo, y del cusco hambriento y ladino también algo serio aprendí. Bueno, la locura. Bueno, la barbarie aprendí. Y el hermoso catecismo del error. (Estoy que me pierdo, embrujado de padre: aturdido.) Deseo un desfiladero de pómulos cosechados –junto con el clímax lisérgico- en el norte mineral. ¡La vida por, por… un cáctus!

Era un exceso de su parte, un conchazo –verme, vernáculo- viril. Nada que hacer: huían de mí rumbo al zanjón los belicosos recuerdos –mil grullas quemadas.

(Conseguiré: una yilé, un tramontina para ese poemario incendiado por la virtuosa luz del desierto… Pero sin apuro. Me cuesta hablar, me. Cuesta seguir.)

Afectado estoy, dicen, por la coyuntura (tengo un amigo, un ex marido todavía trotskista, que insiste con eso de la adaptación al juego permanente). En un mismo movimiento de rotación, la jangada, en otro reglón paralelo, se desliza cruzando el río overo de la Historia, quien entra como un Cristo fumado en La Habana. Y bajo el agua, aún flotando, medio icónicos: cuerdas de violín, correosos dedos en V. (No basta con escribir, no basta con decir “te necesito nene” para ser la zarza ardiente a la vera del camino. ¿Pero leer ahora, le dije a Salomé Carlos, mi padre, a los tantos del mes, con rabia en los bolsillos, así, tácito?

La cosa estaba hecha de mentiras, lo que muchos llamaban tangible realidad, precisión histórica o relato de época, no era más que una perversa y amañada cristalería. Una secuencia del espanto unánime que noche a noche escupían los Medios. Quieto regulaba los minutos que, dopados, regresaban con el viento. Estaba así, de pie –ecuestre- en el vasto horizonte. Era una pantalla de cine sobre la cual, en blanco y negro, un godzila llamado Peronismo arrasaba las ciudades. El miedo hacía sombras. El miedo hacía agujeros. En el agujero estallaba un moreno. El que estallaba, el moreno, era miedo y (era) sombra. Yo, el agujero.

Tomé el rumbo de los cancioneros peronistas, de las antiguas cantatas del ’45. Laucha Obrera, mi amiga y confidente de militancia, ya se imaginaba perdida en los bohíos de un turbio sueño tropical. A laucha cachada, ¿quién le gana? ¡Y yo que de adolescente leía a Urondo y a Gelman y polucionaba, hermética y verticalmente, con el aura trágica de Norma Arrostito, la Gaby! Estaba enfermo. Dije: para afilar el Método grupal, para insistir en el bardeo semántico, imaginé un pasado familiar formado por un tío supérstite de la dorada resistencia y una abuela senil que cada noche, con la fresca, releía una pequeña biblia de la Fundación. Eso hacía yo, Jonás masturbándome en interior de la ballena. Atravesé el descampado cerca del chaperío silencioso. Bajo mil cartones maravillosos, entre vidrios y pañales sucios, encontré un ejemplar de “Mundo peronista”. Las páginas de esa revista en mis manos sin callos, en mis pezuñas de cajetilla ex universitario y ex promesa literaria, ardieron con un extraño fulgor.

Opiniones (1)
11 de Diciembre de 2016|11:11
2
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11 de Diciembre de 2016|11:11
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  1. Maestro! sacudida como un todo por el poder de la palabra enloquecida por la idea y la música, cuando han sido fundidas a las altas temperaturas de su alucinada sinceridad. abrazo es leerlo: brindo por su lucidez
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