Impunidad que no entiende de respeto ni de vida

En otro aniversario del golpe de Estado, una mirada sobre aquellos que no hicieron nada ante los reclamos de justicia.

Antes, hablábamos de dulces con la Nerina (Bustelo) y la Luz (Faingold). Esa soncera de las redes sociales que hacen que en algún momento cuentes lo que estás haciendo y ellas lo sabían. En mi caso, dulces y licores, por ejemplo. En la finca.

Justamente ahora, cuando no hay casi nada de frutas porque la naturaleza y el agua apropiada se han hecho cómplices (ya se dará cuenta la naturaleza de que así no va).

Así fue; les conté que empecé a inventar. Por ejemplo, qué bueno un licor de frutos del nopal; ha quedado de un color granate subido y con alcohol subido también. Exquisito. O de ciruelas pasas. O de pasas de uva rubia sin semillas (“Moscatuel”, tan del sur), con un toquecito de ron, por si algo le faltara. En fin. Prometí llevarles algo de eso una próxima. Ahora nomás, en unos días. Ya está listo. Para ellas.

Y se vino el silencio para escuchar los cargos. Porque estábamos en la “platea”, como dice la Vilma (Rupolo), que no puede liberarse de estar en escena; es decir, estábamos en la audiencia del juicio a los genocidas y cómplices aquel día martes y… Bué, genocidas todos.

¡Mamma mía, qué cargos! Veía a través de mí misma las cámaras, a los chicos extraordinarios que filman esta situación histórica (con algunos hemos filmado ficción, documentales. Divertidos, responsables, encantadoramente cineastas) y, luego de las cámaras, las sillas de los imputados. Vacías las más. Pero tres de ellas, increíblemente ocupadas: Romano, Otilio (el Tilo. Ah, dicen que cuando alguien se excede en el consumo de tilo, la necesidad de paz se convierte en una tensión enfermiza). Petra Recabarren, el otro sentado (dormitaba por momentos), y ese otro señor que miré: Miret.

Uno, otro y el otro, hace ya muchos años, decidieron sobre la vida y la muerte de álguienes. De esos álguienes que aún buscamos y necesitamos y extrañamos. Tomaron nota y respondieron cuando se les dio la “justa” gana, a los padres y a los hermanos desesperados, a los ciertos e inciertos amigos.

Nunca sordos, sabían qué escuchar y a quiénes. Nada ciegos, supieron ver casi todo, menos este momento en que están ahí. ¡Vaya nuestra victoria! Pero qué victoria.

No solo no hicieron nada ante los reclamos de la familia ante la justicia. Callaron, dejaron a la deriva, abandonaron a los ciudadanos que respondían a la historia, arrancaron las páginas de los libros por escribir, que cada uno de ellos es un libro por aprender y, encima, cobraron por ello. Ante cada caso, ante cada Hábeas corpus y otros, en aquella lectura de cargos, aparecía la palabra “costas”. Pero es que, acaso, ¿necesitaban de esos magros pesos para ser ejemplo al llenar las arcas del Poder Judicial? Y todo eso: ¿ante la muerte, la tortura, las violaciones, las vejaciones? No ven allí afuera las fotografías de ellos. No ven la edad. ¿No ven cuánto tiempo había aún por delante para ellos, para nosotros, para el país?

En un determinado momento, ese día martes, Miret se levantó de su silla de imputado inopinadamente. Se retiró hacia el baño, supusimos, sin pedir autorización ninguna. No sabíamos si reír por la barrabasada o enojarnos, o.

Así, sin más. Con la misma impunidad con la que entiende el respeto y la vida. Se fue y volvió como si nada. Como hacía, seguramente, mientras algunos lloraban, reclamaban, pedían por jóvenes que habían respondido a la historia y a la humanidad.

Con la misma frialdad con que suena el metal de las monedas en los bolsillos y las patas de las sillas que los han puesto ahí, por fin, ante la justicia.

Sonnia De Monte

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9 de Diciembre de 2016|03:07
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