Autogestión, mercado y Estado

Damián López, escritor rosarino afincado en San Juan, reconocido gestor cultural y editor autogestivo, reflexiona sobre temas cruciales de las políticas culturales.

Los que ejercemos el oficio de gestores culturales y de espectáculos escuchamos muchas veces estos dos epítetos a diario, como definición de procesos de trabajo. Se dice que es “independiente” (o autogestivo) el artista que no tiene “estructura” de producción, que “lo autogestivo” no es parte de la maquinaria del mercado. También se habla del artista “de industria”, que supuestamente cuenta con una infraestructura, que hace cosas “en serie”, y se vale de empresas para alcanzar la masividad.

En verdad, esta dicotomía es absolutamente falsa. Es una partición que sirve como excusa, a muchas personas, para gambetear un debate ideológico provocado por un aparato estatal que ha politizado la administración de fondos públicos, divorciándola de cualquier criterio idóneo, basándola en amiguismos y en golpes de efecto apuntados a convencer a la gente de que 15 minutos de fuegos artificiales son tan enriquecedores como cualquier expresión artística. 

Para esquivar metódicamente aquellos temas que ofenden a la patronal (privada y pública), esas personas generalizan, asociando la autogestión con la marginalidad, la marginalidad con la desprolijidad. Es cierto que en todas las disciplinas existen ciertos dizque artistas que basan su “alternatividad” en el descuido, el desorden y la mala improvisación. Pero también sobran ejemplos de trabajos, en todas las disciplinas, que pretenden construir un mensaje estético de calidad y vuelo. El problema es que en el arte, la mayoría de las veces, la calidad va de la mano del cuestionamiento, desde el contexto sociopolítico hasta la mismísima condición humana. Y ningún gobierno actual se atrevería a darle a un artista los medios para que se exprese, no sin antes establecer algunos parámetros que le garanticen la estabilidad, la buena imagen, el mantenimiento del orden.

Entonces, conviene dictaminar que los autogestivos son esos mugrientitos que no les importa si tienen o no público. Porque la otra opción es plantearse a quién, y desde qué criterio, el Estado administra los magros fondos destinados a la cultura. ¿Y las empresas? Las empresas, lo sabemos, quieren dinero, mucho, y rápido. Eso implica bajar la barra de calidad, porque la calidad implica tiempo, estudio, y costos. No quiero caer en la misma generalización que me molesta en la vereda de enfrente, pero los artistas “masivos”, “de industria”, generalmente están atravesados por la precocidad: rápido el disco, rápido el libro, rápido la obra, rápido el éxito, rápido el consumo, rápidas las ganancias. Y el Estado, nuevamente el Estado, cumple un rol fundamental en este asunto también: en la medida en que la calidad educativa decrece y la cultura “oficial” se reduce a propaganda política, lo único que le queda al común de la gente es engullir agradecida la cultura mal cocinada que baja de los medios.

El mercado es así. Los autogestivos lo sabemos. Para nosotros el mercado también existe. Nuestra insolencia es pretender manejarnos a nuestro gusto, y con nuestros propios términos: por eso hablamos de costos en lugar de precios o de personas en lugar de recursos humanos. Por eso nos negamos a la mano invisible, simplemente porque es mentira. La mano invisible es una empresa discográfica que le diría que no al Flaco Spinetta si hoy tuviera 17 años. La mano invisible es un teatro que le abre las puertas a la desnudez explicita que nos apela la animalidad más primitiva, pero le dice que no a una obra que pretende “alienar al público” con una propuesta que exige de sus espectadores tanto como les ofrece. La mano invisible es un mercado que decide cotizar en millones de dólares un cuadro, no por lo que DICE, sino por lo que un puñado de especuladores dicen que VALE.

La gran diferencia entre nuestra percepción del mercado y el mensaje capitalista más recalcitrante es que, para nosotros, el mercado es una construcción atravesada por muchos deseos, de los más inocentes a los más perversos. Para los que declaran la muerte de la vanguardia, el mercado es una fuerza autónoma e inevitable, y en esos dos adjetivos venden a precios de hambre su propia integridad cultural.

Así las cosas, conviene plantearse algunas preguntas un poco más profundas: ¿cuál es la pretensión ideológica de cada artista? ¿Conviene denunciarla? ¿A quién se ofende cuando se habla de la calidad de una obra? ¿Qué hace el Estado con nuestros fondos? ¿Qué les exige el Estado a los artistas que subsidia? ¿Qué les exigen las empresas a los artistas que difunden? ¿Qué es ser “profesional”? ¿Ser un artista de probeta con corte de peluquería y equipos importados?

Se pretende establecer una separación entre independiente y masivo, como si los autores independientes no quisieran llegar a mucha gente. El problema es que muchas veces no pueden, porque no cuentan con ayuda económica de nadie, porque producen a pequeña escala, porque no están dispuestos a comprometer su mensaje frente a exigencias estatales o empresariales, y porque muchas veces terminan laburando a contrapelo del gusto popular, más que nada porque el gusto popular ha sido despojado del andamiaje formativo que proporcionaba la educación, y sometido a la buena voluntad de las grandes corporaciones, que, como sabemos, están tan interesadas en la construcción de una ciudadanía inteligente y crítica.

Por supuesto que la calidad, y su ausencia, existen en todos los estratos del arte. Lo que deberíamos preguntarnos es ¿quiénes están dispuestos a empeñar la calidad en nombre de una bajada de línea, sea autogestiva o no? ¿Cuál es la diferencia real entre lo autogestivo y lo que no lo es? ¿Qué está dispuesto a hacer el Estado por el arte? ¿Desde qué espacio se puede construir un espectador que pueda recuperar su derecho a elegir, su goce por los productos culturales que le exigen, que ponen en jaque sus creencias?

Si adscribimos a la existencia del mercado, suponemos la existencia de mecanismos de comunicación y difusión que colocan en los espacios visibles a aquellos discursos que son convenientes al mercado y al Estado. Los discursos artísticos no se legitiman por ósmosis, ni siquiera por el paso del tiempo. Los procesos de difusión y propaganda existen, y se suman a la inestabilidad constante, a una larga tradición de decisiones sociopolíticas apuntadas a la propagación de la ignorancia. El arte siempre encuentra maneras de sobreponerse, de perdurar: ya sea en folletines, en discos digitales, en libros cartoneros, o en el sótano de un magnate que compra Picassos porque son más rentables que las Ferraris y los condominios.

Ojalá la mayoría de la gente tuviera hoy el derecho de exigir calidad artística en cualquier ámbito. Ojalá el mercado fuera una simple relación de oferta y demanda, y el Estado un benefactor ecuánime que observa a los artistas como ciudadanos y no como enemigos. Por suerte, algunos esclarecidos han venido a divulgar las buenas intenciones de las corporaciones, la apertura ideológica del Estado y el derecho supremo del público. Si ellos no nos decían, nosotros, los autogestivos, que nos ocupamos de escribir para nosotros mismos, de tocar con instrumentos deliberadamente rotos, de pintar con materiales que no cuestan tres sueldos de maestra de plástica, jamás nos hubiéramos dado cuenta.

Damián López (escritor, docente, editor, titular de elandamio ediciones, San Juan)

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6 de Diciembre de 2016|07:12
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6 de Diciembre de 2016|07:12
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  1. y sobre lo autogestivo, mi aporte podría ser más o menos esta vieja entrevista: http://www.mdzol.com/nota/467360-los-cuatro-jinetes-2-eugenia-segura/ Agrego otra nota para la polémica, también en respuesta a la nota de Slukich publicada en Los Andes, esta es de Pablo Lozano: http://www.tribunahacker.com.ar/2014/03/somos-las-berretas-que-mamamos-de-la-teta-del-estado/
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  2. bien por abrir el juego a otras preguntas, en la polémica desatada por la nota de Los Andes http://www.losandes.com.ar/notas/2014/3/12/falsa-dicotomia-entre-artistas-772560.asp. Aquí quizás el ala anarca de esta movida reportándose, consciente de que somos todas plumas de una misma volada. Coincido con la necesidad de estas preguntas y otras, aún así aporto esto: el Estado es un constructo atravesado por muchos intereses e intenciones, desde los más perversos hasta los más miopes hasta los más "bienintencionados", y tiene una geometría piramidal -generalmente en ese orden. Bien definiste al mercado, que geométricamente es los barrotes del signo $ y del sujeto barrado por la cultura, todo bien empaquetado en cajas y casilleros que ellos llaman target, o sea, aislar al consumudor final. Por eso no es casual que en la nota de L.A. se hable de "productos" ("nobles" o "berretas") donde vos hablás de "obra". Puede ser porque he visto al Estado (jamás podré creer en ese verso de los años '50 del "benefactor", coproducción Keyness&Ford de alto presupuesto en guerras frías y calientes y sangre humana: el Estado fue diseñado para legitimar el monopolio de la violencia) utilizar la cultura como aparato ideológico de estado, o porque he visto al mercado utilizar la cultura para hacer contaminación social, es decir, "el ablande" o penetración cultural previo a partirte la tierra, el agua, la identidad y hasta el alma, que cada vez que me encuentro frente a una obra y/o un artista, sea independiente o no, autogestivo o no, las preguntas que siempre (me) hago: ¿qué se transa, qué no se transa? ¿a quién, por qué, para qué venderse?
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