Homenaje a Carlos Páez Vilaró

Tenía 90 años y una obra que marcó la forma de hacer arte. Un documental de Canal à y una reseña de su vida.

A los 90 años, en su residencia-mausoleo de Punta Ballena bautizada como Casapueblo, el artista puso punto final a su travesía vital.
 
Atrás quedan su vibrante obra artística inspirada en la tradición afro-uruguaya, los contactos con Pablo Picasso, las experiencias en un leprosario de Africa -donde convivió con el Premio Nobel de la Paz Albert Schweitzer- y la angustiosa búsqueda de un hijo desaparecido en plena cordillera de los Andes.
 
"Pienso en el interrogante. Buscador de lo inesperado, sí me gustaría irme con una valijita llena de colores y pinceles... Quién te dice que no hay paredes para pintar", aseguró en respuesta a una pregunta sobre la muerte, una instancia lejana para este hombre que soñaba con alcanzar el centenario.
 
Con pasión y fruición, Páez Vilaró consagró una visión  polifacética del arte que esparció en coloridos murales y  soportes múltiples: desde la pintura a la escultura y la cerámica, con breves escalas en la música y la escritura, ningún registro le fue esquivo al artista nacido en Montevideo el 1° de noviembre de 1923.
 
"Mi vida ha sido siempre un intento. Intenté la pintura sin maestros, intenté la cerámica sin ser alfarero, intenté la arquitectura sin ser arquitecto, intenté la música y la cinematografía sin saber filmar.[...] Ha quedado obra en mi camino, he dejado un mural en cada lugar que caminé, como un testimonio de mi pasaje", confesó en una entrevista.
 
Páez Vilaró dedicó su obra pictórica a la cultura de raíz africana que rodea el Carnaval uruguayo, pero además recorrió África pintando murales en coincidencia con el histórico proceso de independencia de aquel continente, durante la segunda mitad del siglo XX.
 
En el Congo, adonde llegó contratado por el gobierno para pintar un mural, supo que estaba en la mira de un comando militar que lo sospechaba comunista por venir de la República "Oriental" del Uruguay y escapó con la ayuda de un grupo de argentinos: "Fue una odisea interesante para contarla. Ahora, para vivirla...", relató después.
 
Por esos años presentó un documental titulado "Batouk", que clausuró el Festival de Cannes de 1967 con la presencia estelar de la actriz francesa Brigitte Bardot como madrina.
 
"Fue curioso, porque después de estar meses enteros en África, ser derrotado por las lluvias, pasar los problemas más difíciles entre los ríos y las selvas cerradas, cuando mi película se exhibe una mujer me dice: `Señor, ¿no me deja su butaca? Porque me dejaron sin asiento`. Así que vi la película sentado en el piso. ¡Después de todo ese esfuerzo!", evocó.
 
Antes y después de esa experiencia pintó cientos de cartones, compuso candombes para las comparsas, supervisó los coros y hasta decoró tambores: todo para contribuir a la visibilidad de las "Llamadas", el desfile de comparsas de origen africano en el carnaval uruguayo al que asistió por última vez hace sólo unos días.
 
De marcada impronta cubista, la obra del artista tuvo su punto culminante con Casapueblo, el gigantesco monumento arquitectónico que construyó a fines de los 60 a la vera del espectacular paisaje marítimo de Punta Ballena -a unos kilómetros de Punta del Este- y transformó en hotel, museo y taller.
 
"Cuando inventé Casapueblo, era extraordinario: estaba solo. Una soledad maravillosa. Sólo tenía diálogo con algunos pescadores que se aventuraban a vivir en las rocas. Hoy en día no conozco ni a los vecinos. Impresionante lo que ha crecido. Antes, me dolía cuando alguien construía. Pensaba: `¿Cómo lo hacen sin pedirme permiso?`. Me sentía dueño como de 40 hectáreas. Ya no. Pero fui el culpable", aseguró alguna vez.
 
La vida y la obra de Páez Vilaró están indisolublamente vinculadas a Buenos Aires desde que llegó en su juventud para desempeñarse en una fábrica de fósforos y luego como aprendiz de imprenta en Barracas y Avellaneda.
 
"Yo vivía en Montevideo, en una casita blanca de techos colorados, muy cercana a la playa. Todos los días bajaba a la arena, miraba hacia el horizonte y creaba en el espejismo la ciudad de Buenos Aires, `cómo me gustaría conocerla`, me decía. Eso nos pasa a todos los uruguayos, es el primer puerto que tocamos", evocó.
 
"Un día tomé coraje y decidí hacer un largo viaje, entonces me acerqué a la playa con este dedo pulgar gordo, saqué un copo de espuma de la cresta de la ola, me hice la señal de la cruz, y me dije: `esta es la tuya Carlos, tenés que partir`", recordó.
 
Tan estrecho era su vínculo con la Argentina que solía autodefinirse como el "pintor del medio del río".
 
Su relación con el país tuvo un punto de inflexión en octubre de 1972 cuando su hijo mayor, también llamado Carlos, sufrió un accidente junto a otros jóvenes que volaban hacia Chile para disputar un partido de rugby y el avión que los transportaba cayó en la cordillera de los Andes.
 
Durante los 72 días que duró la búsqueda de los sobrevivientes el artista tuvo una participación activa en el operativo de rescate: organizó expediciones, reclutó voluntarios, consultó videntes y se internó en la cordillera hasta que se localizaron los restos del avión y los 16 sobrevivientes, entre los que estaba su hijo.
 
Tras la experiencia, Páez Vilaró escribió una serie de notas a modo de bitácora que fueron editadas bajo el nombre de "Entre mi hijo y yo, la luna".
 
"Murió hablando con su médico en Buenos Aires -contó hoy su hijo Carlos a la televisión uruguaya-. Estuvo hasta los 90 años lúcido, trabajando", agregó.
 
En Punta Ballenas ya izaron una bandera negra en señal de luto en el frente de Casapueblo esa "escultura habitable" que Páez Vilaró modeló con sus propias manos sobre los acantilados que miran al mar y que desde hace algunos años tiene su correlato en "Bengala", la residencia que construyó en la localidad de Tigre aprovechando los cimientos de una antigua casa de fachada ferroviaria.

Fuente: Télam

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