Alma de Pulpo, un enorme homenaje

El artista Miguel Ángel Ferreira recorre varios puntos del país con una muestra basada en la icónica pelota, el metegol y la Spica.

Si la agarrabas de bolea, la tenías que ir a buscar al otro barrio. Y si la dejabas picar, seguro que su velocidad superaba largamente tu capacidad de reacción, así que ni ahí en pensar en dominarla.

Que te tocara el cuerpo, aunque viniera despacio, era causa suficiente para que te dejara una marca redonda y roja donde fuera, en una pierna, en el brazo, en las costillas. Pero lo peor era que te diera en la cara, porque te quedaba ardiendo hasta el otro día.

Y no había héroe mayor que el improvisado (o no tanto) arquero que le ponía las manos para atajarla y no decía ni mu, aunque le quedaran rojas como culo de mandril.

La Pulpo, esa pelota de goma a rayas con un rombo que era más duro que el resto, nunca fue exactamente la ideal para jugar al fútbol, pero que la tenemos grabada a fuego en la memoria asociada a horas y horas de picaditos en la calle es innegable, y seguramente a más de uno le pasa que si llega a ver una por ahí, rodando entre las patas flacas de algún niño, le dan unas ganas enormes de salir corriendo tras ella.

En honor a todos esos momentos de peloteo, a las goleadas callejeras y, por qué no, a los cardenales que la pelota nos dejó en todo el cuerpo, Miguel Ángel Ferreira creó la serie que compone Alma de Pulpo, una muestra itinerante que comenzó su recorrido por museos del país el año pasado y que hasta este fin de semana estará montada en el Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio Saavedra y que luego viajará a La Plata, Tandil, Santa Fe y Vicente López, y roguemos a quien quiera que haya que rogarle para que llegue a Mendoza en algún momento... ¡Por favor!

La pelota.

Alma de Pulpo, carne de metegol (y la Spica)

La obra de Ferreira para la serie de Alma de Pulpo se basa en íconos de la infancia relacionada con el fútbol. Por supuesto, la Pulpo, junto con la calle, el picado con amigos, pero también con el metegol, ante el cual seguramente pasamos horas hasta ya entrada la adolescencia, hojas de cuadernos y libros que retrotraen a la escuela, al aula, a las lecciones esas que eran secundarias al lado de un partido en el potrero, y la Spica, la vieja radio en la que generaciones pudieron seguir los partidos en vivo gracias a los enardecidos relatores.

Y a partir de la plasticidad que Ferreira les da, estos elementos se animan, cobran vida, la misma que tenían cuando nuestros ojos (y todo nuestro cuerpo) “sabía” que esos objetos tenían su propia vida más allá de nuestras acciones.

“La Pulpo, en mi caso personal, representa una parte de mi vida”, asegura Ferreira en comunicación con MDZ Online, y agrega que la pelota de goma que nunca dejaba de picar le trae imágenes de “los amigos de la infancia, las veredas y los potreros del barrio”.

Y Ferreira tiene clarísimo por qué eligió a esta pelota para su obra, y lo resume diciendo ni más ni menos que “la Pulpo es más que un ícono de una época, es también un sentimiento nostálgico colectivo, donde todos los de una generación tenemos recuerdos del barrio”.

¡Un sentimiento nostálgico colectivo! Me cacho, qué bien sintetizado.

Pero metámonos en la obra en sí, porque si no vamos a terminar todos moqueándonos y rogando que no llegue la noche y esa maldita hora en que desde la puerta de la casa nuestra madre nos gritaba que ya era tarde, que nos fuéramos adentro, que ya estaba, que ya era suiciente, que ya habíamos peloteado todo el santo día...

“Con los símbolos que utilizo, si bien son de una época vivida, trato de expresar con ellos situaciones y vivencias actuales. En el caso del metegol, esos muñequitos rígidos y pelotudos, somos nosotros mismos, por eso trato de que vuelen, sufran y se manifiesten de una forma diferente, no lógica”, nos explica Ferreira sobre los íconos con los que trabajó.

Pero vayamos a lo que están esperando: imágenes de la muestra Alma de Pulpo.

Alma de Pulpo.

Brillante linea de cal.

Escucho todo, en defensa propia.

Estres emocional.

Intolerancia colectiva.

Los mitos de Pinocho.

Por las rayas blancas.

Confesiones redondas

No sabemos muy bien cómo jugaba Miguel Ángel Ferreira, así que debemos confiar en él cuando nos dice que no recuerda haber roto ningún vidrio con una Pulpo, aunque nos da una pista de su capacidad con la redonda cuando nos dice que sí tiene presente “haber colgado la pelota muchas veces en las casas de los vecinos. Algunos te la devolvían y otros no. Les cagábamos la siesta”.

Y a la hora de las confesiones, nos deja con un poquito de sabor a fósforo en la boca. “Tengo que confesarte nunca tuve una Pulpo, en mi casa no había un mango, pero sí jugaba todos los días con mis amigos”, nos revela... Quedate tranqui, Miguel Ángel, acá con los muchachos ya empezamos a hacer una vaquita para regalarte una Pulpo, pero cuidala, porque si se pincha, llora.

Alejandro Frias

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3 de Diciembre de 2016|16:55
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