Los peligros de imponer nuestras ideas

En nombre de la razón. El poder destructivo de las creencias. La religión como antídoto. "Pase lo que pase, están todos destinados a desaparecer de la faz de la tierra".

"Pase lo que pase, están todos destinados a desaparecer de la faz de la tierra". Según Norman Lewis, un escritor de viajes británico apasionado por los pueblos indígenas del mundo, esto fue lo que le dijo un misionero fundamentalista cristiano en los años 50, en una conversación durante una visita a Vietnam.

El misionero hizo esta declaración encogiendo los hombros, en señal de resignación, pero también con un gesto de satisfacción. Él veía a los nativos con un poco de asco: vivían en sus majestuosas moradas junto con sus cerdos, gallinas y perros, sin pensar mucho en el mañana. Para ellos, la riqueza estaba representada por antiguos gongs y tinajas que coleccionaban y atesoraban. Bebían vino de arroz tanto como podían y trabajan por un salario solo cuando era necesario.

Aunque más tarde fueron perseguidos y desplazados de sus tierras con la llegada del comunismo al poder, para el predicador, los nativos no eran mejores que los comunistas. A él le parecía bien que los forzaran a trabajar en las plantaciones de caucho francesas, donde muchas veces los torturaban, ya que en estas condiciones no podían escapar y regresar a sus antiguos hábitos.

Algunos de los funcionarios coloniales franceses, que junto con las empresas de caucho gobernaban Vietnam, tenían una opinión distinta y más inteligente. Uno de ellos, médico y antropólogo, consideraba que las tribus eran una de las civilizaciones más alegres y atractivas del planeta. Sin embargo, también pensaba que acabarían por desaparecer de las tierras altas en las que habían vivido por más de 2.000 años. Los hombres que fueron desterrados para trabajar en las plantaciones no siempre regresaban, y los misioneros se llevaban las valiosas vasijas y los antiguos gongs.


En nombre de la razón

Predicadores como los que conoció Lewis muestran lo peor de la religión. Al destruir a los pueblos tradicionales, los evangelistas ilustran los crímenes horrendos que se cometen contra la humanidad en nombre de una creencia. Las creencias o convicciones de esta clase no son necesariamente religiosas y, en tiempos recientes, han sido más que nada seculares. Algunos de los crímenes más tremendos del siglo XX fueron cometidos en nombre de la razón.

En 1959, Lewis escribió: "cuántas cosas de valor han sido protegidas por la pobreza, las malas comunicaciones, los gobiernos reaccionarios, las barreras naturales al progreso como las montañas, los desiertos y las selvas, el mal gobierno colonial, el mosquito anófeles". Es una opinión de la que más tarde se retractó, cuando la experiencia le demostró que los malos gobiernos no conservan nada. Sin embargo, lo que escribió en 1959 tiene una pizca de verdad. La esclavitud o el genocidio de los pueblos originarios casi siempre se han llevado a cabo en pos del desarrollo y la modernización.

No han sido solo los pueblos indígenas los que han sido aplastados por el avance de la humanidad. En 1918, la primera constitución de la Unión Soviética creó la categoría de "expersonas" -un grupo que incluía a los sacerdotes de todas las religiones, a cualquiera que vivía de ingresos no percibidos y sus familias. Sin un lugar en este nuevo orden, a estas reliquias humanas se les retiró su derecho a voto y sus raciones de comida. Como resultado, murieron en cantidades desconocidas, mientras que la nueva sociedad que iba a desarrollarse terminó, como era de esperar, en nada.

El poder destructivo de las creencias

Aquí podemos ver un patrón que se ha repetido numerosas veces en la historia. Motivados por sus creencias, los europeos de la baja edad media y comienzos de los tiempos modernos lanzaron cruzadas contra los paganos, mientras luchaban salvajes guerras religiosas entre ellos. Más tarden fueron aquellos con fuertes convicciones políticas los que quisieron convertir al mundo por la fuerza. Por lo general, estas campañas estaban acompañadas de una buena dosis de saqueos, como en el caso de los misioneros que describe Lewis. Pero sería un error pensar que este evangelismo es una mera y cínica pantalla para ocultar una conducta depredadora.

Las creencias tienen un poder en sí mismas, que tiende a destruir tanto a aquellos que creen ciegamente en ellas como a aquellos a quienes persiguen. El siguiente grupo que fue atacado en la Unión Soviética, después de las “expersonas”, fue el de los campesinos. Murieron millones. Y más tarde, los mismos comunistas, muchos de los cuales perecieron en purgas sin perder la fe en su causa.

Mientras que los seres humanos están dispuestos a matar a otros en defensa de una doctrina, también están dispuestos a morir por la misma causa. Ninguna otra especie parece capaz de morir o matar por una simple idea. Algunos dirán que eso es porque otras especies no pueden formular ideas o creencias, pero yo creo que la respuesta está en otra parte. La habilidad para formular creencias complejas sobre el mundo nos ha dado un gran poder, al menos sobre el mundo material. Pero estas capacidades intelectuales más elevadas también nos permiten tener clara conciencia de que vamos a morir. Este conocimiento nos puede llenar de angustia, y hay muchos que encuentran alivio aferrándose a una creencia por la cual están dispuestos a sacrificar sus vidas. Curiosamente, puede que el miedo a la mortalidad haya hecho que tantos creyentes se entreguen a la idea de la muerte.

Religión como antídoto

Se ha puesto de moda ridiculizar a la gente religiosa por sus creencias. Pero, como ateo, debo decir que encuentro los discursos de los no creyentes más ridículos que cualquier mito religioso. Me parece difícil pensar que Dios nos pueda salvar de la muerte, pero al menos se acepta que eso es un milagro. Sin embargo es bastante común en estos días encontrar gente que se burla de las ideas religiosas como la resurrección del cuerpo, mientras se imaginan que pueden volverse inmortales creando una versión virtual de sí mismos, una idea que a mí me parece mucho más absurda.

La religión puede, como mucho, servir como un antídoto contra esta clase de ingenuidad. Si usted piensa que los seres humanos somos por naturaleza defectuosos, probablemente ponga su confianza en algo más allá de este mundo. Esto es la fe bien entendida, no la creencia en una doctrina o catecismo, sino en un poder más elevado. En este sentido, la fe puede ser un remedio contra el peligroso orgullo que tantas veces viene asociado a una creencia.

El problema es que puede que los fieles quieran convencer a los demás. Puede que los indígenas descritos por Norman Lewis hayan sido felices compartiendo sus ritos y creencias entre ellos, pero gran parte de la historia consiste en la batalla de un grupo humano tratando de imponer su propia interpretación del sentido de la vida sobre otros. Lewis pensaba que las religiones universales eran uno de los grandes males de la humanidad, y yo concuerdo. Ya sean políticos o religiosos, los evangelistas han sido, en mi opinión, una plaga para la humanidad. Para ellos tanto como para los que persiguen o acosan, las convicciones son un obstáculo para una vida plena.

Lewis, que murió en 2003 a los 95 años, tuvo una vida plena y llena de aventuras. Nunca fue a la universidad. Se ganaba la vida como fotógrafo y vendedor de autos de carrera y estuvo casado por un tiempo con una mujer siciliana de una familia de la mafia. Lewis se unió al ejército al comienzo de la guerra y viajó por todo el mundo, siempre acompañado de una copia de las historias de Heródoto. Cuando llegó a Nápoles con las fuerzas británicas en 1944, vio como los seres humanos reaccionaban en una sociedad en la que habían dejado de existir los valores morales. Tras la guerra siguió viajando, observando cómo se destruían accidental o deliberadamente antiguas civilizaciones. Sus últimos años los pasó en su casa, junto a su familia.

Lewis no compartía la creencia moderna de que el ser humano está mejorando, con lo cual no creía en un futuro mejor. Tampoco tenía fe en un ser superior. En una entrevista al final de su vida comentó que no creía "absolutamente en nada". También se describió como un hombre "extremadamente feliz". Sabiamente, él no creía en las doctrinas.

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