Hoy cumple años un grosso: el "Flaco" Ernesto Suárez

Hace 74 años nacía en El Infiernillo, Guaymallén, uno de los más importantes hombres del teatro que ha dado la provincia.

Hoy es el cumpleaños de un grande de las tablas: Ernesto Suárez. El Flaco cumple hoy 74 años, la mayoría de los cuales los dedicó al teatro, tanto a actuar como a dirigir y a la formación de actores.

“Nací el 9 de enero de 1940, en El Infiernillo, en Guaymallén. Eso queda a dos cuadras del club Dorrego. Es el mismo lugar donde nació el Máximo Arias, y casi en la misma época. Años después nos fuimos a una casa que estaba cerca de la Quinta Agronómica, donde ahora está el Parque Cívico. Y finalmente nos instalamos en la zona de la Cuarta Sección, bien abajo, en la calle Bajada de Arrollabes, cerca de Ramírez y Santa Fe. Calles de tierra, muchos pibes, reñideros, cafishos y prostitutas. De ahí salieron la mayoría de los amigos que tengo hasta hoy”, cuenta el mismísimo Flaco en el libro Lágrimas y risas, la biografía en formato de entrevista publicada el año pasado por Walter Gazzo.

Suárez, quien ha participado en más de cuarenta obras (como autor, director o actor) fue docente, director de la Escuela de Teatro de Mendoza de la UNCuyo y creador de varios elencos, entre los que destacan el de la Facultad de Ciencias Económicas de esa universidad, El Juglar (de Ecuador) y el teatro El Taller.

Como homenaje al Flaco y regalo para sus seguidores, un fragmento del primer capítulo de Lágrimas y risas:

“Nací el 9 de enero de 1940, en El Infiernillo, en Guaymallén. Eso queda a dos cuadras del club Dorrego. Es el mismo lugar donde nació el Máximo Arias, y casi en la misma época. Años después nos fuimos a una casa que estaba cerca de la Quinta Agronómica, donde ahora está el Parque Cívico. Y finalmente nos instalamos en la zona de la Cuarta Sección, bien abajo, en la calle Bajada de Arrollabes, cerca de Ramírez y Santa Fe. Calles de tierra, muchos pibes, reñideros, cafishos y prostitutas. De ahí salieron la mayoría de los amigos que tengo hasta hoy.

Mis padres fueron Antonio Suárez y María Josefa Bustos. Somos seis hermanos: Antonio Carlos, Luisa Milagros, Elba, yo y Estela. Después, cuando ya éramos grandes, conocimos a otra hermana que teníamos y que nunca habíamos visto porque éramos tan pobres que mi vieja se la dio a unos tíos para que la criaran ya que ella no podía hacerlo.

Mi infancia fue muy triste pero alimentada siempre por una luz que era mi mamá, Pepa. Siempre lo digo y no me canso de repetirlo: era una luz, una genio analfabeta. Apenas sabía leer y escribir pero nos crió a todos con una dignidad y un sentido del humor impresionante.

Creo que soy igual a mi mamá a pesar que tengo cosas de mi viejo en cuanto a la simpatía entradora, fisicamente soy igual y tengo su espíritu de líder, que nunca aprecié en él.

Hay muchos que hablan del trabajo infantil y no tienen idea de lo que es. Yo sí, porque era muy chiquito cuando tuve que salir a buscar un mango. Necesitaba trabajar y eso no era explotación. Cuando tenía siete años vendía verdura. Salía con don Andrés, un hombre que tenía una carretela, y yo era su empleado. Un año después empecé a trabajar en un aserradero en la calle Videla Castillo, entre Chacabuco y Beltrán. Primero armaba tapitas para cajones de madera y después me puse a armar cajones.

Conozco a todos los cafishos porque sus hijos se criaron conmigo y hoy son mis amigos. Siempre me vas a ver conversando con los lustradores del Centro porque la mayoría viene de mi barrio y con ellos me une un vínculo muy fuerte. Siempre fue muy fuerte el barrio para mí.

El barrio era un lugar sagrado. Había amistad en serio.

A la vuelta de mi casa había un reñidero de gallos. Y cruzadito vivía Doña Elena, una prostituta. Muchas veces mi mamá nos dejaba con ella para que nos cuidara. Y estaban todos cerca, a metros: el Chocolate, el Luz Mala, Los Valdez… Los cafishos cuidaban el barrio. El restaurante “Los dos amigos” era el café “Villarreal” y ahí mi viejo iba a jugar al billar. Y estaba el cine Real, en Videla Castillo y Ayacucho.

Ahí iba los lunes, porque la entrada era más barata, muy barata; costaba 90 centavos y había largas colas para entrar a ver la película. Cantinflas y Luis Sandrini eran mis ídolos. Creo que ellos, junto a mi mamá, fueron los que me llevaron a ser lo que soy. Fueron mi fuente.

Pero hay algo fundamental: nunca me fui del barrio. Incluso hoy sigo volviendo los fines de semana”.

Leé el capítulo completo haciendo clic aquí.

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