¿Mandó Herodes a asesinar a todos los primogénitos?

Cada fin de año se recuerda la matanza de todos los recién nacidos de Belén. Pero, ¿qué hay de cierto en esta historia?

La matanza de los Santos Inocentes es otro de los oscuros episodios del Nuevo Testamento que cada Navidad conmemora la Iglesia católica, considerando a aquellos niños como los primeros mártires de Cristo.

Si bien podemos tomar este episodio como un dato revelador sobre el nacimiento de Jesús, que Mateo ubica en época del rey Herodes I el Grande, a efectos históricos, constituye el único argumento en los textos canónicos que corrobora dicha matanza infantil.

De la crueldad de Herodes, sin embargo, sí que dieron fe cronistas de la época como Flavio Josefo, en su obra Antigüedades Judías, donde narra la vida de este rey que además de ejecutar a toda una familia rival, asesinó a parte de la suya, a su suegro y a dos cuñados, a Marianne, una de sus diez mujeres, e incluso a sus propios hijos Alejandro y Aristóbulo y sólo cinco días antes de su muerte cometió su último filicidio con Antipatro. Sin embargo, resulta extraño que este historiador no mencionase en su libro otro capítulo sanguinario de la vida de Herodes I, como el sacrificio de bebés inocentes.

Fuera como fuese, cada 28 de diciembre cobra vida este relato bíblico, en el que el Rey Herodes ordena sacrificar a los niños menores de dos años de la aldea de Belén, al saberse engañado por los sabios del Oriente, quienes habían prometido indicarle el lugar exacto del nacimiento de Jesús.

Llegados a este punto, es oportuno plantearse la verosimilitud de este relato.

Para responder a esta cuestión contamos con la opinión de Antonio Piñero catedrático de la Complutense de Madrid, especializado en lengua y literatura del cristianismo primitivo que nos explica su visión de todo aquello.

Este episodio de la vida de Jesús cuando era niño sólo se encuentra en el Evangelio de Mateo, 2,13-23, y no aparece nunca más en el Nuevo Testamento, ni apenas se comenta en la literatura cristiana primitiva, en cuanto se me alcanza.

Hay algunos comentaristas cristianos que sostienen que la historia sucedió tal cual la narra Mateo y que encaja muy bien con la consabida crueldad del rey Herodes. La mayoría de los exegetas, sin embargo, incluidos los católicos, sostienen que la narración de Mateo es una pura fantasía, una tradición popular cristiana, o mejor una “historia teológica”:no narra hechos en verdad acaecidos, sino que transmite un mensaje religioso.

La opinión de Antonio Piñero al respecto, se resume en cuatro cuestiones:

  • En primer lugar en que las narraciones posteriores de la vida pública de Jesús no hay memoria alguna de una acontecimiento tan asombroso como extraordinario.
  • Más serio aún,es el argumento de que este relato, junto con la huida a Egipto en general es absolutamente inconciliable con lo que afirma otro evangelista, Lucas:

“Así que cuando cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret” (2, 39).

Este pasaje afirma que poco después del nacimiento de Jesús, éste y sus padre regresaron a Nazaret, donde vivían, sin el menor incidente.

  • El tercer argumento es la ausencia de este episodio en el relato de los últimos tiempos del rey Herodes ofrecido por Flavio Josefo en su obra las Antigüedades de los judíos, libro XVIII. De ningún personaje secundario de la antigüedad grecorromana tenemos un relato tan detallado de los últimos días de un rey como los que recoge Flavio Josefo. Se opina con razón que si el suceso hubiere sido cierto, el historiador lo habría recogido con seguridad en su Historia
  • La última razón de peso es que esta matanza se halla enmarcada en un relato de otro episodio de la infancia de Jesús absolutamente legendario: el de los magos de Oriente, con su historia de la estrella que aparece y desaparece y que finalmente se manifiesta prodigiosamente encima del lugar donde se encontraba el niño Jesús…

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7 de Diciembre de 2016|07:59
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7 de Diciembre de 2016|07:59
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  1. Si hoy en día somos 7 mil millones de personas y nos tienen recontra hiper junados, se imaginan lo que habrá sido en aquella época donde no llegaban a 10.000 personas y tenían TODO el poder para hacer y deshacer vidas. Si realmente existió Jesús (lo cual es y será una duda eterna ya que no hay ninguna evidencia de ello - cosa rara porque de los Apósteles sí - Mmmmmmm grupete raro esos), éste habría nacido en Belén porque sus padres tuvieron que ir a ser censados y ser censados significa ser encontrados, hallados, identificados, investigados, preguntados y puestos en una lista, lo cual da por tierra el tener que salir a matar a mansalva a niños cuando el que lo quiere matar tiene la suma del poder público y puede hacer a su antojo con la vida de los censados ¿o se creen que no cobraban impuestos? y cobrar impuestos significa tener los datos de los contribuyentes. Muchachos, basta de tanta ignorancia. Es muy difícil ser inteligente y seguir creyendo estas idioteces religiosas. ¡¡¡¡Ahhhh!!!! un datito extra para los que piensen que me consumiré en el infierno. Como en el infierno las llamas son eternas y yo viviría ahí por dicha eternidad (quemándome por supuesto), seguramente que al segundo día me voy a dar cuenta que al final no me quemo del todo sino no podría vivir quemándome eternamente, o sea, cuando uno va al infierno se entera que pasamos a ser ignífugos o de lo contrario no podríamos vivir eternamente allí, con lo cual me acostumbro a vivir en el infierno, me adapto, soporto el calorcito total sé que no me va a pasar nada ya que voy a estar allí eternamente y disfruto lo que haya. Ya es hora chicos de madurar. Por favor, que su inteligencia los despierte de una buena vez.
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  2. DOLOROSO resulta para los creyentes (como el pobre atilio), aceptar de que la HISTORIA es incapaz de probar estas fantasías. Hasta el momento, no se ha podido encontrar NINGUNA evidencia histórica ni del tal Jesús. No hay pruebas de ningún tipo sobre este infanticidio (incluso los mismos autores evangélicos se contradicen como es evidente). Estas historietas sólo existen en la TRADICIÓN RELIGIOSA, plasmadas en los "libros sagrados" (que de sagrados, no tienen NADA). No existen en los libros de Historia, no se estudian en colegios ni universidades. Sólo se enseñan en Iglesias, vía "catecismo" (otro invento católico que ¡ni siquiera tiene en cuenta a la propia biblia!). Flavio Josefo es considerado por algunos expertos como un "gran mentiroso". Ni siquiera fue contemporáneo del tal Jesús. Sus escritos además, fueron falseados con distintos textos post Josefo (lo que se conoce como "interpolaciones"). Orígenes, uno de los primero padres de la Iglesia, JAMAS citó a él ni a ninguna de sus obras. Josefo ni siquiera relata los supuestos y famosos "milagros" del tal Jesús. Tampoco, nunca, nombra a la religión cristiana. No menciona ni a María, ni a los apóstoles, ni siquiera a Pablo. Un verdadero farsante. Pero los creyentes ignorarán toda la evidencia contradictoria. Como no son libres (se les prohíbe la duda), sólo aceptarán lo que les dijeron de niños que deben creer. Deben creer, aceptar sin cuestionar. Sin PENSAR, sin usar la RAZÓN. Tristísimo. Y ya estamos en 2014...
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  3. Ya el Señor (y no yo) hizo su aporte, ahora el tema es creer o no, hay otros historiadores, judios, romanos y cristianos que relatan los hechos, alguna vez les contaré el porqué del cuarto regalo, oro, incienso. mirra y ........, el que busca encuentra, feliz 2014, que Dios los acompañe siempre
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  4. Satanás no descansa.....adjunto "un cuentito" que viene al caso, fuente "El Evangelio como me fue revelado" LLEGADA DE LOS MAGOS DE ORIENTE: Por la calle principal avanza una caravana. Caballos enjaezados, caballos guiados de las riendas, dromedarios y camellos montados o que transportan su carga. El sonido de los cascos produce un rumor como el del agua de un torrente cuando roza las piedras y choca contra ellas. Llegados a la plaza, todos se detienen. La caravana, bajo la luz radiante de la estrella, tiene un esplendor fantástico. Los jaeces de las riquísimas cabalgaduras, los indumentos de sus jinetes, las caras, los equipajes... todo resplandece, uniendo y avivando su brillo de metal, de cuero, de seda, de piedras preciosas, de pelaje... con el brillo estelar. Y los ojos relucen, y ríen las bocas, porque en los corazones se ha encendido otro fulgor: el de una alegría sobrenatural. Mientras los siervos se encaminan hacia la posada con los animales, tres de la caravana se bajan de sus respectivas cabalgaduras; un siervo las conduce inmediatamente a otra parte, y ellos, a pie, se dirigen hacia la casa. Se postran, rostro en tierra, para besar el suelo. Son tres potentados, a juzgar por sus riquísimas vestiduras. Uno de ellos, de piel muy oscura, que se ha bajado de un camello, se arropa con una toga de cándida seda esplendente; ciñen su frente y su cintura preciosos aros; del de la cintura pende un puñal o una espada, cuya empuñadura está cuajada de gemas. Los otros dos, que montaban espléndidos caballos, están vestidos así: uno, de paño de rayas bellísimo en que predomina el color amarillo, elaborado a manera de dominó, largo, ornado con capucha y cordón, tan recamados que parecen una única labor de filigrana de oro; el otro lleva una camisa sedeña, que, formando bolsas, sobresale del pantalón amplio y largo ceñido a los pies, y va envuelto en un finísimo chal, tan ornado todo él de flores y tan vivas éstas, que asemeja a un jardín florido, y lleva en la cabeza un turbante sujetado por una cadenita, toda ella con engastes de diamantes. Tras haber venerado la casa en que está el Salvador, se ponen de nuevo en pie y se dirigen a la posada, ya abierta a los pajes que se habían adelantado para llamar a la puerta. Y aquí cesa la visión. ''Tres horas después vuelve: es la escena de la adoración de los Magos a Jesús. Ahora es de día. Un hermoso sol resplandece en el cielo de la tarde. Un paje de los tres Magos cruza la plaza y sube la escalerita de la casa. Entra. Vuelve a salir. Regresa a la posada. Salen los tres Sabios, cada uno seguido de su propio paje. Atraviesan la plaza. Los escasos transeúntes se vuelven a mirar a estos pomposos personajes que pasan muy lentamente, con solemnidad. Entre cuando el paje ha entrado y la entrada de éstos, ha transcurrido ampliamente un cuarto de hora; los habitantes de la casita así han podido prepararse para recibir a los que llegan. Los tres están vestidos aún más ricamente que la noche precedente. Las sedas resplandecen, las gemas brillan, un gran penacho de preciosas plumas, sembrado de escamas aún más preciosas, ondula trémulo e irradia destellos sobre la cabeza del que lleva el turbante. Los pajes llevan: uno, un cofre todo taraceado, cuyos refuerzos metálicos son de oro burilado; el segundo, una labradísima copa, cubierta por una aún más labrada tapa, toda de oro; el tercero, una especie de ánfora ancha y baja, también de oro, cubierta con una tapa en forma de pirámide en cuyo vértice hay un brillante. Debe pesar, pues los pajes lo llevan con esfuerzo, especialmente el del cofre. Suben por la escalera y entran. Entran en una habitación que va de la parte de la calle al dorso de la casa. Por una ventana abierta al sol, se ve el huertecillo posterior. Hay puertas en las otras dos paredes; desde ellas los propietarios curiosean. Éstos son: un hombre, una mujer y, entre jovencitos y niños, tres o cuatro. María está sentada con José, en pie, a su lado. Tiene al Niño en su regazo. No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia. Está toda vestida de blanco. ¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas; qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente, con esa su boca que se abre para saludar diciendo: «Dios sea con vosotros»! Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante. Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies. Y le ruegan que se siente. Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones. Detrás, también de rodillas, los tres pajes; se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y están esperando. Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año, pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de su Mamá, y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo. Está vestido todo de blanco como su Mamá; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias. Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrían agarrar todas las cosas, y, sobre todo, la lindísima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos. Los ricitos de Jesús son tan lúcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro. El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres, para explicarle a María que durante una noche del pasado diciembre vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor. Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado. No se conocía su nombre, porque no lo tenía. Nacida, entonces, del seno de Dios, esa estrella había brillado para manifestar a los hombres una bendita verdad, un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango; no alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que Él escribe ? alabado sea eternamente por ello ? con astros de fuego en la bóveda del cielo. Ellos la habían visto y se habían esforzado por entender su voz. Y, perdiendo contentos el poco sueño que concedían a sus miembros, y aun olvidándose del alimento, se habían sumido en el estudio del zodiaco; las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación, el cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas les habían dicho el nombre y el secreto de la estrella. Su nombre: "Mesías"; su secreto: "ser el Mesías venido al mundo". Y se habían puesto en camino para adorarlo. Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran. Por montes y desiertos, por valles y ríos, viajando incluso durante la noche, habían venido hacia Palestina, porque la estrella se movía en esa dirección. Para cada uno de ellos, desde tres puntos distintos de la tierra, se movía en esa dirección. Se habían encontrado después del Mar Muerto. La voluntad de Dios los había reunido allí, y juntos habían continuado, comprendiéndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del país por un milagro del Eterno. Juntos se habían dirigido a Jerusalén, dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos; pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón, y se habían examinado para saber si quizás se hubieran hecho indignos de Dios. Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron a donde el rey Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos que ellos habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías, a lo que éstos habían respondido: «En Belén de Judá». Y habían venido hacia Belén. La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos, y, de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores: el cielo todo era un fuego; luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso. Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido divino. Y ahora lo estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes y, sobre todo, su propio corazón, el cual jamás cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo. Luego volverían a informar al rey Herodes, pues también él deseaba adorarlo. -Este es el oro que a todo rey corresponde poseer; esto, el incienso, como corresponde a Dios; y esto, ¡oh Madre!, esto es la mirra, porque tu Hijo es, además de Dios, Hombre, y habrá de conocer, de la carne y de la vida humana, la amargura y la inevitable ley de la muerte. Nuestro amor quisiera no pronunciar estas palabras y concebirlo eterno también en la carne como eterno es su Espíritu. Pero, ¡oh Mujer!, si nuestros mapas, y, sobre todo, nuestras almas, no yerran, Él es, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios, y, por tanto, deberá, para salvar a la Tierra, cargar sobre sí mismo el peso del mal de la Tierra, uno de cuyos castigos es la muerte. Esta resina es para esa hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupción y conserve la integridad hasta su resurrección. ¡Y que por este presente nuestro Él se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dándoles su Reino! - De momento ? añade ? Ella, la Madre, para ser santificados por Él, dé su Niño a nuestro amor, para que, besando sus pies, descienda sobre nosotros la bendición celeste. María, que ha superado la turbación suscitada por las palabras del Sabio y ha celado la tristeza de la fúnebre evocación bajo una sonrisa, ofrece el Niño. Lo deposita en los brazos del más anciano, que lo besa ? y Jesús lo acaricia ? y luego lo pasa a los otros dos. Jesús sonríe y juguetea con las cadenitas y las cintas de los indumentos de los tres, y mira con curiosidad el cofre abierto, lleno de una cosa amarilla que brilla, y ríe al ver que el sol hace un arco iris al herir el brillante de la tapa de la mirra. Los tres Magos devuelven el Niño a María y se levantan. También se pone en pie María. Inclinan mutuamente la cabeza en gesto de reverencia. Antes el más joven había dado una orden al siervo y éste había salido. Los tres siguen hablando todavía un poco. No saben decidirse a separarse de esa casa. Lágrimas de emoción en sus ojos... Al final se dirigen hacia la salida acompañados por María y José. El Niño ha querido bajar y darle la manita al más anciano de los tres, y anda así, de la mano de María y del Sabio, los cuales se inclinan para tenerlo de la mano. Jesús, con su pasito todavía inseguro; de infante, ríe, golpeando con sus piececitos sobre la franja que el sol dibuja en el suelo. Llegados al umbral de la puerta ? téngase presente que la habitación tenía la misma largura de la casa ? los tres se despiden arrodillándose una vez más y besando los piececitos de Jesús. María, inclinada hacía el Pequeñuelo, le toma la manita y la guía y hace así ésta un gesto de bendición sobre la cabeza de cada uno de los Magos. Es éste ya un signo de cruz trazado por los pequeños dedos de Jesús, guiados por María. Tras ello, los tres bajan la escalera. La caravana ya está ahí esperando preparada. Los bullones de las cabalgaduras reflejan el Sol del ocaso. La gente se ha agolpado en la placita para ver este insólito espectáculo. Jesús ríe dando palmadas con sus manitas. Su Mamá lo ha alzado y lo ha apoyado en el ancho parapeto que limita el descansillo, y lo tiene con un brazo sujeto contra su pecho para que no se caiga. José, que ha bajado con los tres Magos, sujeta a cada uno de ellos el estribo al subirse éstos a los caballos o al camello. Ya todos, siervos y señores, están a caballo. Se da orden de marcha. Los tres, como último saludo, se inclinan hasta tocar el cuello de la cabalgadura. José hace una reverencia. María también, volviendo a guiar la manita de Jesús en un gesto de adiós y bendición. Dice Jesús: -¿Y ahora? ¿Qué deciros ahora, almas que sentís morir la fe? Estos Sabios de Oriente no disponían de nada que los confirmara en la verdad; nada sobrenatural. Sólo tenían el cálculo astronómico y la propia reflexión perfeccionada por una vida íntegra. Y, con todo, tuvieron fe. Fe en todo: fe en la ciencia, fe en la conciencia, fe en la bondad divina. En la ciencia, en cuanto que creyeron en el signo de la estrella nueva, que no podía sino ser "ésa", la que la humanidad desde hacía siglos estaba esperando: el Mesías. En la conciencia, en cuanto que tuvieron fe en la voz de la misma, la cual, recibiendo "voces" celestes, les decía: "Esa estrella es la que signa la venida del Mesías". En la bondad, en cuanto que tuvieron fe en que Dios no los engañaría, y en que, dado que su intención era recta, los ayudaría en todos los modos para alcanzar el objetivo. Y lo lograron. Sólo ellos, entre tantos otros estudiosos de los signos, comprendieron ese signo, porque sólo ellos tenían en el alma el ansia de conocer las palabras de Dios con un fin recto, cuyo principal pensamiento consistía en dar enseguida a Dios honor y gloria. No buscaban el provecho personal. Antes bien, les esperaban dificultades y gastos, y no piden compensación humana alguna. Piden solamente que Dios se acuerde de ellos y los salve para la eternidad. De la misma forma que su pensamiento no está puesto en ninguna compensación humana posterior, tampoco tienen, cuando deciden el viaje, ninguna preocupación humana. Vosotros habríais hecho mil cavilaciones: "¿Cómo me las voy a arreglar para hacer un viaje tan largo por países y entre gentes de lenguas distintas? ¿Me van a creer, o, por el contrario, me encarcelarán por espía? ¿Qué ayuda me van a ofrecer cuando tenga que pasar desiertos, ríos, montes? ¿Y el calor? ¿Y el viento de los altiplanos? ¿Y las fiebres pantanosas de las zonas palúdicas? ¿Y las riadas dilatadas por las lluvias? ¿Y las comidas distintas? ¿Y el lenguaje distinto? Y... y.. y". Así razonáis vosotros. Ellos no razonan así. Dicen, con sincera y santa audacia: "Tú, ¡oh Dios!, lees nuestro corazón y ves qué fin perseguimos. Nos ponemos en tus manos. Concédenos la sobrehumana alegría de adorar a tu Segunda Persona hecha Carne para la salud del mundo". Ello es suficiente. Se ponen en camino desde las lejanas Indias. (Jesús me dice luego que con 'Indias" quiere decir Asia meridional, donde ahora están Turquestán, Afganistán y Persia). Se ponen en camino desde las cadenas montañosas mongólicas, en cuyo espacio se mueven, libérrimos, sólo águilas y buitres, donde Dios habla con el fragor de los vientos y de los torrentes y escribe palabras de misterio en las inmensas páginas de los neveros. Se ponen en camino desde las tierras en que nace el Nilo, y discurre, vena verde-azul, hacia el corazón azul del Mediterráneo. Ni picos, ni zonas selvosas, ni arenas ? océanos secos y más peligrosos que los marinos ? detienen su paso. Y la estrella brilla sobre sus noches, negándoles el sueño. Cuando se busca a Dios, los hábitos animales deben ceder ante los anhelos impacientes y las necesidades suprahumanas. Reciben la estrella desde septentrión, desde oriente y desde meridión, y, por un milagro de Dios, avanza para los tres hacia un punto; como también, por otro milagro, los reúne tras muchas millas en ese punto; y, por otro, les da, anticipando la sabiduría pentecostal, el don de entenderse y de hacerse entender como en el Paraíso, donde se habla una sola lengua: la de Dios. Sólo un momento de turbación los sobrecoge: cuando la estrella desaparece. Ellos ? humildes porque eran realmente grandes ? no piensan que ello sea debido a la maldad de los demás ? no habiendo merecido ver la estrella de Dios los hombres corrompidos de Jerusalén ?, sino que piensan que ellos son los que se han hecho indignos de Dios, y se examinan con temblor y con contrición ya preparada para pedir perdón. Es de noche. José está durmiendo en su modesto lecho, en su diminuta habitación. Su sueño es pacífico, como el de quien está descansando del mucho trabajo cumplido con honradez y diligencia. Lo veo en la oscuridad de la estancia, oscuridad apenas interrumpida por un hilo de luz lunar que penetra por una rendija de la hoja de la ventana, que está sólo entornada, no cerrada del todo, como si José tuviera calor en esta pequeña habitación, o como si quisiera tener ese hilo de luz para saberse medir al amanecer y levantarse diligentemente. Está girado sobre uno de los lados, y sonríe mientras duerme, quién sabe ante qué visión que está soñando. Pero su sonrisa se transforma en congoja. Emite el típico suspiro, profundo de quien está teniendo una pesadilla, y se despierta sobresaltado. Se sienta en la cama, se restriega los ojos, mira a su alrededor, y mira hacia la ventanita de la que proviene ese hilo de luz. Es plena noche; no obstante, coge la prenda de vestir que está extendida a los pies de la cama y, todavía sentado en el lecho, se la pone encima de la túnica blanca de manga corta que tenía sobre la piel. Levanta las mantas, pone los pies en el suelo y busca las sandalias. Se las pone y se las ata. Se pone en pie y se dirige hacia la puerta que está frente a su cama; no hacia la que está lateral a la misma y que conduce al salón en que fueron recibidos los Magos. Llama suavemente con la punta de los dedos: un casi insensible tic-tic. Debe haber oído que se le invita a entrar, pues abre con cuidado la puerta y la vuelve a entornar sin hacer ruido. Antes de ir a la puerta había encendido una lamparita de aceite, de una sola llama; por tanto, se ilumina con ella. Entra... En una habitacioncita sólo un poco más grande que la suya, con una cama pequeña y baja al lado de una cuna, ya ardía una lamparita: la llamita oscilante, en un rincón, parece una estrellita de luz tenue y dorada que permite ver sin molestar a quien esté dormido. Pero María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando, y velando a Jesús, que duerme tranquilo. Jesús tiene la edad de la visión de los Magos. Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio, y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta. -¿No duermes? - pregunta José en voz baja denotando asombro - ¿Por qué? ¿Jesús no está bien?. -¡Oh, no! Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José? Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes. José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante, dice: - Tenemos que irnos de aquí enseguida, enseguida. Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos. Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda... Cuando empiece a clarear huimos. Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa.... -¿Y por qué esta huida? - Después te lo explico mejor. Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: "Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto". No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda. No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo. Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida, ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura, y de un salto se ha puesto en pie; su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada. Enseguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera, y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta. Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden. De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo. -¿Necesitas ayuda? - pregunta cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta. - No, gracias - responde siempre María. Hasta que el fardo ? que debe pesar bastante ? no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama. No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto. -¿Cojo también las mantas de lana? - pregunta María. - Coge todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos. Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque... ¡porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!... - José está muy apenado al decir esto, y María... se puede uno hacer idea de cómo está; suspirando, dobla las colchas suyas y las de José, y éste las ata con una cuerda. - Dejamos los bordados y las esterillas» dice mientras está atando las colchas - A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto. Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto. He cogido los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien. Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos. Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo ? Y se marcha. María recoge todavía algunos objetos. Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos ? quizás se lavaron el día antes ?; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas. Ya no queda nada más. Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera. La toma en sus manos... un sollozo entrecortado... un beso: la madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús, y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos. María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara, pero de mucho valor para Ella, ya que le habla del afecto de José por Jesús, y de su Niño. Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado,. Ahora ya sí que no queda nada. Sólo Jesús, que está en su cunita. María piensa que sería conveniente también preparar al Niño. Va donde la cuna y la mueve un poco para despertar al Pequeñuelo. Mas Él solamente refunfuña un poco; se da la vuelta y sigue durmiendo. María le acaricia delicadamente los ricitos. Jesús, bostezando, abre la boquita. María se inclina hacia Él y leo besa en la mejilla. Jesús termina de despertarse. Abre los ojos. Ve a su Mamá y sonríe, y tiende las manitas hacia su pecho. - Sí, amor de tu Mamá. Sí, la leche. Antes que de costumbre... ¡De todas formas, Tú siempre estás preparado para mamar, corderito mío santo! Jesús ríe y juguetea, agitando los piececitos por fuera de las mantas, y los brazos, con una de esas manifestaciones de alegría de los niños pequeños que tan bonitas son de ver. Hinca los piececitos contra el estómago de su Mamá, se curva en forma de arco y apoya su cabecita rubia en el pecho de Ella, y luego se echa bruscamente para atrás y se ríe agarrando con sus manitas las cintas que ciñen al cuello el vestido de María tratando de abrirlo. Con su camisita de lino, se le ve a Jesús guapísimo, regordete, rosado como una flor. María se inclina. Así, inclinada, sobre la cuna como protección, llora y sonríe al mismo tiempo, mientras el Niño balbucea esas palabras, que no son palabras, de todos los niños pequeños, entre las cuales se oye nítida y repetidamente la palabra "mamá". La mira, asombrado de verla llorar. Alarga una manita hacia los brillantes hilos de llanto, que se la mojan al hacer la caricia. Primorosamente, vuelve a apoyarse en el pecho materno y en él se recoge enteramente, acariciándoselo con su manita. María lo besa por entre el pelo y lo toma en brazos, se sienta y se pone a vestirlo: ya tiene el vestidito de lana, ya las diminutas sandalitas. Le da la leche. Jesús mama con avidez la leche buena de su Mamá, y, cuando ya le parece que por la parte derecha viene menos, va a buscar a la izquierda, y ríe al hacerlo, mirando a su Mamá de abajo arriba, para luego dormirse de nuevo ? apoyado aún el carrillo rosado y redondo en el seno blanco y redondo ? sobre el pecho de Ella. María se levanta muy despacito y lo coloca sobre la manta acolchada de su cama. Lo tapa con su manto. Vuelve a la cuna y dobla las mantitas. Piensa en si conviene o no coger también el colchoncito. ¡Tan pequeño como es... se puede llevar! Lo pone, junto con la almohada, con las cosas que ya estaban encima del baulito. Y llora ante la cuna vacía. ¡Pobre Madre, perseguida en su Criatura! José regresa. -¿Estás preparada? ¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita? No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito. ¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!. -¡José! - grita María agarrándose al brazo de José. - Sí, María, a muerte. Herodes lo quiere muerto... porque tiene miedo de Él... Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano. No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. No creo que se vengue buscándolo incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos; más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente. A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios. Mas... si eso sucede... Dios nos ayudará igualmente. No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio. -¡Perdóname, José! No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti... ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar! Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa... ¡Cuánto te cuesto, José! -¿Cuánto? No, María. No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana. Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio. Luego me buscaré un trabajo. Un obrero honrado y competente se abre camino enseguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo. - Sí, lo sé. Pero, ¿quién te va a aliviar tu nostalgia? -¿Y a ti? ¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas? - Jesús. Teniéndolo a Él, tengo todo lo que allí tenía. - Y yo también teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses, y... tengo a mi Dios. Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo. Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda. Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos, o los aún más amados campos de Galilea, siempre tendremos todo porque lo tendremos a Él. Ven, María, que empieza a clarear. Llega el momento de saludar a la huésped y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien. ' María se pone en pie, obediente. Se arropa en su manto; mientras tanto, José prepara un último bulto, se lo carga y sale. María levanta delicadamente al Niño, lo arropa en un mantón y lo aprieta contra su pecho. Mira las paredes que durante meses la han hospedado y, rozándolas apenas, las toca con una mano. ¡Bendita esa casa, que ha merecido ser amada y bendecida por María! Sale. Cruza la habitacioncita que era de José, entra en la estancia grande. La dueña de la casa, en lágrimas, la besa y se despide de Ella, y, levantando un borde del mantón, besa al Niño en la frente. Él duerme tranquilo. Bajan por la escalerita exterior. Hay un primer claror de alborada que apenas permite ver. En la escasa luz se ven tres burros. El más fuerte lleva los enseres. Los otros van sólo con la albarda. José está manos a la obra para asegurar bien el baulillo y los paquetes en la albarda del primero. Veo, atados en un haz, y colocados encima del fardo, sus utensilios de carpintero. Nuevos saludos y nuevas lágrimas. María se monta en su burrillo, mientras la patrona tiene a Jesús en brazos y lo besa una vez más; luego se lo devuelve a María. Monta también José, el cual ha atado su asno al que lleva los equipajes, para estar libre y poder así controlar el de María. La huida comienza mientras Belén, que sueña todavía la fantasmagórica escena de los Magos, duerme tranquila, sin saber lo que le espera
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  5. destacar primero que la "matanza" no es de primogenitos, esa es la de egipto...sino de varones menores de 2 años...segundo que efectivamente no hay dato de que herodes haya hecho dicho acto...parece mas una copia de la época (edipo y moises sobreviven a infanticidios)...tercero, el censo de quirino (apenas unos años despues de la muerte de Herodes, no da signos siquiera de una ciudad llamada Nazaret...y asi podemos seguir todo el dia con la mentira de que hubo (al menos) un Jesus histórico
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