“La religión alimenta a la pacatería, y la pacatería alimenta a la religión”

Lola Filippini, docente y escritora mendocina, relata su lucha de toda una vida en favor de la inclusión social y de la enseñanza laica en las escuelas públicas.

Lola Filippini es una de esas personas cuya presencia irradia calidez. Es tarea difícil encontrar alguien que transmita tanta honradez y serenidad; una grandeza de alma, que le brota por los ojos y por la voz. Después de escucharla, se tiene la grata sensación de que es posible hacer un poco más llevadero este mundo hostil, signado por la intolerancia del autoritarismo político, racial y religioso.

Alma de diamante

Nacida en Godoy Cruz en 1944, hija de un médico socialista y madre católica, Lola fue educada en el colegio Sagrado Corazón, donde abrazó con fervor la fe cristiana: “Iba al colegio media hora antes de clase, para comulgar todos los días y rezar por papá, porque se iba a condenar, por ser socialista”; pero sus recuerdos más felices provienen de la finca paterna en Tupungato, donde pasaba los veranos junto a su familia: “Era mi paraíso en la Tierra. Yo amaba el campo, y allá me sentía más libre. La finca era hermosa, hermosísima; yo tuve que escribir un libro, Cartas a La Habana, para superar el trauma de haberla perdido”.

La sed verdadera

Este bucólico universo infantil se desplomó a los 15 años de edad, cuando cursaba el tercer año de la secundaria. Una serie de problemas familiares —enfermedades, separaciones, más el desastre económico general— hicieron a la joven Lolita replantearse su fe: “Estaba muy enojada, y pasé de comulgar todos los días, a la nada. Las monjas se alarmaron, me hablaron, y me mandaron a hablar también con tres o cuatro curas; pero no me pudieron convencer. Para mí fue muy duro dejar la religión; porque cuando hago una cosa, la hago en serio. Y me quedé muy sola; la religión es un consuelo, ¡vaya si es un consuelo! Como decía Aristóteles, es una de las barreras ontológicas que crea el ser humano, por el miedo a la muerte”.

Por entonces conoció a quien fuera su esposo y padre de sus hijos, el dramaturgo y escritor Luis Villalba, también en crisis con su formación católica. Juntos comenzaron a buscar nuevos caminos espirituales, más cercanos al pensamiento de Ghandi, y del «paz y amor» del naciente hippismo, que comenzaba a brotar con el auge del rock and roll en la Argentina.

Al terminar la secundaria, Lola vio frustradas sus aspiraciones a seguir las dos carreras que le marcaban su vocación: la de bailarina clásica, y la de psicóloga: “Mi mamá me prohibió estudiar danzas, porque le parecía un ambiente demasiado bohemio, decía que era una ‘carrera de bataclanas’, y mi papá me negó la carrera de psicología, porque para estudiarla debía irme de casa y trasladarme a San Luis, donde se cursaba por entonces”.

Sin saber qué hacer con su vida, decidió finalmente cursar el profesorado de lengua francesa, que se dictaba en la Universidad de Cuyo: “Años después, terapia mediante, supe por qué había elegido el francés: porque es el idioma de la danza, que era mi verdadera vocación”.

Madre en años luz

Cuando se recibió de profesora de francés en 1970, Lola ya se había casado con Villalba, y habían nacido sus tres hijos, muy chicos aún. De su promoción, fue la única que juró “por el honor y por la Patria”, a diferencia de los demás, que juraron por Dios. Esta firmeza de convicciones le vedó el ingreso a la docencia en los colegios confesionales, “cosa que no me entristece en absoluto, porque en lo personal, ya no me interesa; aunque en lo profesional, algunos problemas me trajo”.

Como madre, también tuvo que afrontar intromisiones religiosas en la educación de sus hijos, a pesar de haberlos anotado como alumnos en escuelas públicas. “Un día, mi hijo mayor me dijo que había entrado un cura a la escuela, a decir si querían hacer la catequesis; yo no le prohibí que fuera, a pesar de las protestas del Luis, porque no quería imponerle nuestro pensamiento, como nos lo habían impuesto a nosotros nuestros padres. Y al final fue una sola vez, y después no quiso ir más”.

Cuando la Guerra de Malvinas, en 1982, se produjo un incidente con una profesora, que obligaba a los alumnos a ponerse de pie y rezar por los soldados argentinos destacados en las islas. Lola recomendó a sus hijos que mostraran respeto por sus compañeros, parándose como los demás, aunque sin rezar si no querían, “porque todos queríamos que a nuestros soldados les vaya bien”. Pero la profesora no toleraba que no se rezara, y  le preguntó a uno de ellos por qué no lo hacía.

El muchacho respondió, simplemente, “porque no creo en Dios”. La docente, entre asombrada e indignada, le cuestionó: «¿cómo que no cree en Dios...? para agregar, con un inadecuado tono altanero: “Y cuando su mamá se enferma, ¿a quién llama entonces?”. “Al médico”, respondió él.

Lola fue a hablar con el director: “Le dije que yo había mandado a mis hijos a esa escuela, entre otras razones, porque era laica”. Él trató de restar importancia al asunto, disculpando a la docente por su reciente viudez, y el episodio no se volvió a repetir.

Viejas mascarillas

Cuando asumió la vicedirección de la Escuela de Comercio Gilda Cosma de Lede, en Maipú, Lola reparó en el crucifijo que dominaba la pared de su despacho: “Hasta que un día me cansé de ver todas las tardes ese instrumento de tortura, y le pedí al celador que, por favor, sacara eso de ahí...”. La decisión causó una ola de escandalizados rumores por todo el colegio, aunque nadie se atrevió a decirle nada de manera directa.

Durante toda su gestión, debió librar una constante y soterrada pugna con parte del personal docente, para el cual el adoctrinamiento religioso en las escuelas públicas, era cosa natural y necesaria.

Acaso el momento más álgido de esa tensión, se haya producido cuando la profesora de Formación Ética, una católica practicante, anunció su decisión de dar una clase sobre el aborto: “A mí se me encendieron todas las luces de alarma; ya había visto un video religioso sobre el tema, terrible, sangriento, y le pedí que me mostrara la planificación de la clase, cosa que nunca había hecho hasta entonces, porque siempre di absoluta libertad a los profesores”.

La clase partía del concepto de que el aborto era un asesinato. Lola negó terminantemente su autorización a realizarla —fue la primera y única vez que ejerció censura previa—, explicando sus razones: “En ese curso de cuarto año, vos tenés seguramente, o una chica que se hizo un aborto, o su madre, o su tía; y vos las estás llamando ‘asesinas”. La atribulada docente, balbuceó un “ay, eso no lo había pensado...”, a lo que Lola respondió: “Bueno, pensalo; pero esa clase no se hace”.

En 1999, luego de casi diez años de ejercer la vicedirección en ese colegio, fue nombrada directora de la recién fundada escuela “Fernando Lorenzo”, ubicada también en el departamento de Maipú.

Camino difícil

No era tarea fácil dirigir un colegio de esas características, escaso de recursos y de infraestructura. Su población era de jóvenes adolescentes, provenientes de una franja socioeconómica y cultural lindante con las carencias más extremas.

Una de las principales preocupaciones de Lola era la de comprender ese vasto universo adolescente, signado por un comportamiento cultural muy diferente de sus propios cánones, pero marcado a fuego por una necesidad de inclusión y pertenencia que es inherente al género humano, en todos los tiempos y en todas las geografías:

“Los chicos toman banderas absurdas, porque necesitan pertenecer. Yo he tenido en la escuela cosas muy locas, chicas que se han agarrado de los pelos porque una defendía no sé qué música, y la otra la cumbia villera. Ese día, cuando llegué a casa, le dije a mi hijo: ‘necesito escuchar cumbia villera’. ‘¿Pero qué te pasa, mamá...?’, se creyó que me había vuelto loca... pero es que yo necesitaba entender por qué la cumbia villera —que después de todo, es el ‘rap’ nuestro— se ha transformado en algo tan importante para los chicos”.

Por esos motivos, el argumento de la «opcionalidad» en los actos religiosos celebrados en las escuelas públicas —esto es, que quien no quiera participar de ellos se margine en las aulas o se retire del establecimiento—, es un contrasentido  y un acto discriminatorio: “Porque en las escuelas públicas hay chicos de todos los pelajes, que están en una edad en que el grupo es lo más importante. Y de pronto, su grupo se queda en el acto, y el chico se va... se los pone en una situación de ser distinto, en una edad en que no quieren ser distintos. ¿cómo se le puede decir entonces que no pertenezca, que se vaya? Eso es una barbaridad, me parece realmente espantoso”.

Numerosos y delicados escollos debió sortear la flamante directora a lo largo de su gestión, debido a la innata curiosidad de los jóvenes, y a la estrechez mental de muchos de los padres. Harta del papeleo y de las exigencias burocráticas del cargo, Lola solía recorrer las aulas en las horas libres para charlar con sus alumnos:  “Eso me encantaba; y un día me preguntaron, así, sin anestesia, ‘¿usted qué piensa del aborto?”.

Pocos días antes se había producido un incidente, cuando un profesor había propuesto la lectura de Plata quemada; libro de Ricardo Piglia en el que, sobre el final —y como un acto de desesperación y tristeza— se desarrollaba una escena homosexual. Los padres se quejaron agriamente, y el vicedirector ordenó el secuestro de los ejemplares existentes en la biblioteca.

“Era un profesor fantástico. Yo sabía que íbamos a tener problemas con eso, y se lo dije; pero no me hizo caso, y dio a leer la novela. Obligué al vicedirector a devolver los libros secuestrados, y tuve que recibir a todo un desfile de padres indignados, y defender al profesor, por supuesto. Todo eso pasa por la pacatería, que está muy ligada al pensamiento religioso; porque creo que la religión alimenta la pacatería, y que la pacatería alimenta la religión”.

Y ahí estaban sus jóvenes alumnos, después de aquel suceso, preguntándole qué pensaba del aborto. Lola pensó: “Si me explayo en esto, me crucifican”. Para ella, ese delicado tema tiene varias aristas. De existir una adecuada y eficaz educación sexual se reducirían notablemente los embarazos no deseados, y con ello, los niveles de práctica del aborto; pero mientras no se alcance tal grado de evolución cultural, su posición es clara: “Estoy absolutamente convencida de que el aborto tiene que ser legal, para que no se mueran las chicas pobres, que lo practican en espantosas condiciones de falta de higiene; porque las que pueden pagarse un aborto en consultorio particular,las de clase más rica, ellas no se mueren”.

Y puesta entre la espada y la pared, por una pregunta de vital importancia para jóvenes que están iniciando su vida erótica, en una sociedad signada por la brutalidad de la ignorancia, Lola se limitó a contestar: “Creo que yo personalmente no me lo haría. Pero esto no tiene nada que ver con la directora; la que les está hablando es Lola Filippini, como persona”.

Cuando se recibió la primera promoción de egresados del colegio, había que organizar el acto de colación de grados; y dentro de la planificación acostumbrada, figuraba la misa. Lola negó la autorización para el acto religioso, decisión que generó resistencia entre algunos docentes y preceptores, quienes plantearon que la misa debía hacerse. Ella encaró la cuestión de una manera sutil, diciendo: “Lo único que puedo aceptar es un acto ecuménico. Que vengan un rabino, un pastor, un cura y un chamán; pero ustedes tienen que conseguirlos”. Finalmente, la misa se celebró en una iglesia y no en la escuela pública; y allí concurrieron, quienes quisieron hacerlo.

Pero no sólo debía lidiar con padres y docentes. Las autoridades de la la Dirección General de Escuelas (DGE), nunca le facilitaron las cosas, particularmente durante la gestión del gobernador radical Julio Cobos: “Cuando empezamos éramos una escuela pobre, nos faltaba de todo; y a la DGE lo único que les importaba eran los papelitos. A cada cosa que pedíamos, nos decían que no. Hasta tuve que pelear muchísimo para que aprobaran la Tecnicatura de Laboratorio y Farmacia, ¡tres años me costó obtenerla! Pero ahí está, junto a la de Arte y Diseño, que también impulsé yo. Y eso es un poco la semillita que dejé, ¿no?”.

La orilla infinita

Hay muchas cosas más para contar sobre Lola Filippini, que quedarán fuera de esta nota por falta de espacio. Su paso por el gremialismo en la Unión Docentes Argentinos (UDA), y su disgusto con la conducción, que se negaba a hacerle paros “al compañero Alderete”, funcionario de gobierno y, por ende, de la parte patronal; su decepción con el Partido Comunista, que expulsó a su hermana de sus filas, por organizar una guardería infantil en la fábrica donde trabajaba; la génesis de su novela Las Orillas, inspirada en la tragedia de una alumna de primer año del Fernando Lorenzo, cuyo padre se había suicidado.

A modo de conclusión, se transcriben algunos párrafos sueltos de la entrevista que dio origen a este artículo:

“Para mí el problema del catolicismo, de la pacatería, es que está metida en la gente, en la tela del entramado de la sociedad, aunque lo viven mal; yo conozco muy bien la doctrina católica, y me consta que la inmensa mayoría de los católicos no viven de acuerdo al dogma. Son capaces de no concurrir a misa los domingos, o de desearle la muerte a la Presidenta de la Nación —es un pecado gravísimo desear la muerte de alguien—, y sin embargo se sienten verdaderos católicos”.

“Son esas cosas terribles las que hay que soportar. Porque yo soy muy respetuosa; entiendo lo religioso como algo muy íntimo, muy de cada uno. Que yo no lo tenga, no significa despreciar al que lo tiene. Pero entonces, ¿por qué a mí no me respetan? Ése es el tema, eso es lo que me molesta. Es una cuestión personal. Yo, lo que tengo, es un problema con la Autoridad: religiosa, laboral, partidaria, estatal, gremial; la que sea”.

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6 de Diciembre de 2016|05:43
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  1. Me saco el sombrero ante esta señora! Enorme ejemplo de vida!
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  2. Lego no trates de ensuciar a Monseñor Escribá de Balaguer, primero conocelo y despues hablá, y no soy del Opus Deis, pero hablan de tolerancia y aca veo que son muy poco tolerantes, aparte, cual es el problema con la religión católica que es nuestra religión oficial. Respeto a la esta señora pero no todos los católicos son como ella lo pinta!!
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  3. ¡Pedazo hembra de humanidad!
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  4. Gracias por dar a conocerer este testimonio de vida y de coherencia. Toda mi admiración a Lola.
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  5. Conocí a la profesora Filipini en la Esc de Comercio de Gutierrez ,gran mujer excelente docente pero lo mercantil no era lo mio termine en la Técnica de paso ..me lleve frances ..por mi exclusiva culpa ..
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  6. Felicito a quien escribio la nota, ya que hoy nos hace falta ejemplos de coherencia y dignidad como los representa Mi estimada Lola, Directora del turno nocturno del colegio Nacional de Comercio. Fue un lujo poder estar bajo las ordenes de tan digna persona. Siempre , pero siempre tuvo la misma forma de proceder. Hoy mas que nunca nos hace falta ejemplos de esta magnitud. Brindo para que ello ocurra.
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  7. Dignidad y coherencia, racionalidad!!!! yo hubiera querido tener una directora así, en cambio tuve (no recuerdo su nombre) a la directora del colegio nacional agustin alvarez, turno vespertino que en el escritorio de su despacho portaba orgullosa una estampita de monseñor escrivá de balaguer y obvio, la misa de fin de año a la cual me negué a asistir
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  8. Qué historia maravillosa, qué ejemplo de ser humano, de mujer. Claridad de conceptos, valentía, inteligencia, pensamiento crítico, sensibilidad social, gracias, qué hermosa mujer Lola!!
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