Dos muestras de escultura en Buenos Aires
Dos formas de representar y de contemplar la figura humana.

Es un gran momento para los amantes de la escultura. El MALBA y la Fundación Proa alojan dos propuestas que se unen por el género escultórico y se distancian por varias razones. Una funciona como una instalación, donde todas las obras apuntan a generar un sentido en sala, mientras la otra apela a una lectura individual.

La muestra de Elba Bairon, artista boliviana y argentina por adopción, fue pensada especialmente para el espacio que ocupa en el MALBA. Presenta una serie de esculturas  hechas de pasta de papel y moldes. Primero se hace el molde, luego se rellena y al extraer las figuras es necesario lijarlas por un largo tiempo para hacer desaparecer las junturas y lograr una superficie suave. Según Bairon,  la intención fue borrar de ellas toda huella de información innecesaria, dejando un enigma suficiente como para que cada espectador las complete. Estas extrañas presencias blancas portan algo como un gato, un conejo, una tabla de lavar o un bebé y están realizadas en la misma escala. Se distribuyen en una sala muy prístina que abunda en reflejos, y entre ellas se disponen dos pequeñas maquetas arquitectónicas que presentan plataformas, como escenarios. Es difícil intuir a qué tiempo histórico corresponden las figuras, pero lo es aún más en el caso de las maquetas: uno no sabe si localizarlas con las pirámides aztecas de Méjico o en el antiguo Egipto. También se crea una tensión entre sus bordes rectos y en escuadra y la terminación curvilínea de las esculturas figurativas. No queda claro si las figuras habitarían estas arquitecturas. Sí es clara la intención de invertir la relación entre los tamaños de los espacios habitables y los de las personas.

La idea que engloba la muestra es la de una suspensión que estamos invitados a terminar de pensar subjetivamente, porque las figuras ni siquiera tienen título. Cuando a Bairon le preguntan por la ausencia de color en las esculturas responde “el color a mis obras no les aporta nada, ahora la luz, sí es importante”. Y es cierto. Las curvaturas que delimitan la presencia humana de los personajes de Bairon se despiertan por la iluminación. Están hechas para el baño de luz que las recorre,  generando sombras en un sutilísimo fade in y fade out que es necesario ver para comprender.  

En un momento del brillante texto que escribió Teo Wainfred para el catálogo de la muestra, se detalla: “Pareciera que todo reposa en un sueño. Que todos se han dormido o congelado para que nosotros podamos contemplarlos  en paz. Estatuas de sal, que como la mujer de Lot han quedado mirando eternamente hacia atrás. Pero que por una extraña inversión de la trama, ese atrás es ahora el nuestro.” Más allá de la narración bíblica de la huida de Sodoma que ilustra certeramente una posibilidad de aproximación, Wainfred nos coloca en la especie de ensoñación que representa esta suerte de instalación escultórica. Además menciona la palabra sal. Este blanco omnipresente en la exposición, invita a pensar que el verdadero escenario de las figuras sería un desierto de sal, en donde se erigirían eternamente contemplando el cielo y el horizonte. Invitada a derivar mi propia lectura, es como si miles de generaciones portaran un secreto intemporal que no puede ser nombrado, que tiene un sentido casi religioso, y que habita en el núcleo profundo de cada ser humano.

En Proa se exhibe una selección de nueve esculturas  hiperrealistas del Australiano Ron Mueck, ejecutadas entre el 2002 y el 2013 en lo que sería la tercera muestra masiva del año.

Antes de seguir, es necesario abordar una polémica en torno a estas obras que es la de su tamaño. Hay quienes opinan que la obra de Mueck no sería hiperrealista por estar completamente fuera de escala. Las etiquetas son difíciles. Son esculturas con un grado de realismo extremo que supera a la mayor parte de las esculturas realistas de los siglos XX y XXI que sí están en escala. Están plagadas de indicios temporales de actualidad en los objetos circundantes, en la ropa y en los accesorios. Por estos motivos es muy dificultoso llamarlas de otro modo, porque el realismo es indefectiblemente lo que prima. Esta obsesión de Mueck por el detalle y lo verosímil y el juego con los tamaños lo ubica en las antípodas del borramiento con el que trabaja Bairon en sus figuras en escala natural.

Nos recibe en la planta baja el autorretrato del artista: una enorme cabeza masculina ubicada de lado, como durmiendo. El grado de realismo es sorprendente y hasta inquietante porque es perfecto: desde las pestañas hasta  el color de la piel. Al recorrerla se devela que no es una escultura de bulto completa sino una máscara. Y al leer la cédula esto se confirma: Mask II, 2002. Recién comienza el recorrido y ya casi no hay bruma en el hecho comunicativo de esta hiperrealidad que coarta la subjetividad en la recepción.

La segunda escultura representa a una pareja y se titula Young couple (joven pareja). Esta es una de las últimas esculturas realizadas (es del 2013) y en ella asoma la idea de una cierta ternura en el vínculo que une a los dos jóvenes semiabrazados. Es mucho más pequeña que el natural y  mucho menos perturbadora que la primera, salvo por el hecho de que al recorrerla, un personaje le está torciendo el brazo al otro. De acuerdo con un visitante fue un arrepentimiento sobre la marcha, porque el artista inicialmente iba a representar una pelea de pareja y luego cambió de opinión. 

La tercera escultura adquiere gran formato nuevamente. Debe ser 4 veces más grande que el ser humano. Se titula Couple under an umbrella (pareja bajo un paraguas) y también es del 2013. Representa a una pareja anciana en un momento distendido en la playa. En esta gigantografía la ternura sí es algo omnipresente. Es la más afortunada de las nueve esculturas que pueblan las salas de PROA porque lo que representa es algo tan real como aspiracional: el cariño a través del paso de los años y de la vida.

Las dos esculturas que siguen presentan un estereotipo imaginario tras otro: una mujer blanca, que podría ser europea, con sus bolsas de compra, cara de agotamiento  y un bebé adentro del sobretodo, y un joven negro vestido con jeans y remera mirándose una herida de arma blanca en el lateral izquierdo. Esta última se titula “Youth” (juventud). Le sigue un hombre desnudo en la proa de un bote. Esta vez el bote sí está en escala -es un bote de verdad- pero el hombre no: es mucho más pequeño.

La escultura que le sigue representa a una mujer llevando una pila de ramas. De nuevo es el atisbo de algo más abierto. La mujer está desnuda y esto lleva a pensar en una inusitada conexión con la naturaleza. Esta es una de las pocas esculturas en las que se reduce la información habilitando la capacidad asociativa de la obra.

Pasamos al primer piso. Es la octava escultura: un hombre de mediana edad en traje de baño tirado en una colchoneta con anteojos de sol y cadena dorada. Otro estereotipo. Tiene gracia la pared que la contiene, de lado a lado pintada de celeste, cosa que basta para intuir la representación del agua. Por primera vez en la muestra el espectador puede imaginar un espacio:  la pileta en la que flota este personaje. El otro indicio es el título “Drift” que se tradujo al español como “a la deriva”. A esta altura la conexión primaria con la naturaleza que intuimos en la última escultura, la de la mujer con las ramas, ha desaparecido por completo.

En la misma sala aparece la última escultura: un pollo desplumado y mutiladoque cuelga, con este sorprendente realismo que es la única constante además de la idea de retrato, imaginario o no. El título Still Life (naturaleza muerta) en lugar de ser autorreferencial como algunos de los demás, resulta entre alusivo y evidente. Se transforma en la cita que involucra a este pollo con una ecuación muy simple: el pollo ha muerto y emparenta a Mueck con Henry Fantin Latour, Giorgio Morandi, Paul Cézanne, Miguel Diomede y otros artistas que entendieron un género y se dedicaron a él en pintura.

Al no poder terminar de realizar asociaciones subjetivas, me pregunté por el sentido global de las manifestaciones de Mueck. ¿Es un alarde técnico? ¿Es un homenaje a la humanidad? Para algunas personas, sin dudarlo. Para una médica que me encontré en el baño, cuando ya me estaba por ir, es un homenaje a la anatomía el representarla con tanta atención a los detalles de la biología humana. El catálogo de la exposición de PROA explica “Estos sujetos que parecen tan ordinarios también irradian una espiritualidad y una humanidad que provocan una respuesta”. Mi sensación luego de ver ambas muestras es que paradójicamente la humanidad está mucho más presente en la obra de Elba Bairon que borra los detalles que en la de Mueck que representa de una manera tan literal. En todo caso ambas exhibiciones funcionan como un contrapunto en una disciplina cuyas fronteras invitan a analizar.

Ron Mueck se exhibe en la Fundación PROA Av. Pedro de Mendoza 1929 hasta el 23 de febrero del 2014.

Elba Bairon se exhibe en Malba- Fundación Costantini Avda. Figueroa Alcorta 3415 hasta el 10 de marzo del 2014.

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21 de Septiembre de 2014|05:03
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