Ojos de hiel, risa de nena (sobre Alejandro Urdapilleta)

Algo queda claro para después: pensar, decir y escribir la palabra “pija” es siempre algo más que pensar, decir y escribir la palabra “pija”.

(A propósito de un hallazgo en Youtube)

La pantalla se granula como si estuviéramos, aquí y ahora, ante un crudo temporal nórdico. Zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz. Alambres convulsos, pelos eléctricos bailando como fantasmales apariciones o epifenómenos de una tecnología caduca, en los viejos tapes de VHS. Lo que se ve, lo que se insinúa sobre la superficie cariada de esas imágenes, pertenece al exclusivo dominio del rito, el cual, se sabe, suele manifestarse como una totalidad dolorosa: cuerpos al borde del asesinato (como víctimas o presuntos victimarios), carcajadas que resuenan como una explosión liberadora en un contexto cuya nota predominante fue la negra melopea del fascismo estatal. Algo queda claro para después: pensar, decir y escribir la palabra “pija” es siempre algo más que pensar, decir y escribir la palabra “pija”, cuando se ha asumido el peso real –existencial, remacha la trágica que habita en mí- de la transgresión. Y que el arte podrá ser muchas cosas (una mercancía, por ejemplo, o un estúpido rehén de las instituciones), y, sin embargo, la única forma de experimentarlo es asumiendo el riesgo de salir heridos y despojados hasta la desnudez. Es que más allá de lo obsceno, más allá de las pueriles murallas de la moral, existe un vacío insoportable. Un vacío mortal.

Si lo obsceno está hecho de todo aquello que no debe ni puede ser mostrado, lo que hizo la Bestia Tricéfala (Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese y Batato Barea) a comienzos de los ochenta fue algo que apuntó más allá, mucho más allá de la mera compulsión libertaria: dieron testimonio de una época con lo único verdaderamente radical e intransferible que posee el ser humano: el cuerpo.

Cuando el espectador se enfrenta a Alejandro Urdapilleta pueden sucederle varias cosas, a saber: la primera, que a uno le nazcan unas ganas locas de solucionar sus problemas de índole doméstica, laboral o política gracias a la eficacia de un lujoso y mellado tramontina; segundo, que por fin tomemos conciencia de que el humor es uno de los anticuerpos más importantes y poderosos de la especie (y a propósito de esto: Dios no puede existir si existe al mismo tiempo el humor); tercero y último, que uno descubre que el lenguaje es un escenario infinitamente amplio en donde bien pueden comulgar (en un sentido laico) y destruirse (en un sentido religioso) Eros y Tánatos, Borges y el odontólogo Barreda.

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4 de Diciembre de 2016|11:04
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