Sobre la eutanasia activa del arte

En "Discurso sobre el horror en el arte", Paul Virilio y Enrico Baj reflexionan sobre la mutación del arte en un sistema publicitario apocalíptico.

El libro, un pequeño volumen publicado por el sello Casimiro, acaso funcione como un catálogo de monstruosidades pero también como una confirmación del talante cristiano de ambos interlocutores con su insistencia en la mercantilización, la hibridación y la pérdida aurática.
 
El teórico francés Paul Virilio nació en 1932 en París; urbanista, arquitecto y crítico cultural, publicó, entre otros libros, El procedimiento silencioEl arte del motorEstética de la desapariciónLa velocidad de liberaciónEl cibermundo, La política de lo peor, La inercia polar y La bomba informática, reseña Pablo Chacón para la agencia Télam.
 
“La palabra globalización es una farsa. No hay globalización, sólo hay virtualización. Pero lo que efectivamente está siendo globalizado es el tiempo. Ahora, todo sucede en la perspectiva del tiempo real: estamos pensados para vivir en un sistema de tiempo único, el tiempo global. Hasta ahora, la historia había tenido lugar en tiempos y estructuras locales, regiones y naciones”, dice el francés.
 
Pero eso se terminó. El espacio sin tiempo demanda un arte instantáneo, sin espesor, sin historia, sin volumen: un efecto de superficie cuyo epítome acaso sean los cadáveres plastinados  del alemán Gunther von Hagens (antes de confesar su enfermedad de Parkinson y prometer su propia plastinación).
 
El plástico italiano Enrico Baj nació en 1924 en Milán y murió en 2003. Especialista en collages, su obsesión era trabajar las imágenes de los desastres nucleares; discípulo de Lucio Fontana y cultor de la patafísica, su encuentro con Virilio fue decisivo para sus últimos escritos; estas conversaciones quizá habrían resultado un funesto adelanto.
 
“Hoy en día, con la emergencia de la industria del entretenimiento artístico promovida por los publicistas y las distintas marcas, y con la invasión del campo del arte contemporáneo por la gente de la publicidad, estamos ante una especie de eutanasia pasiva (del arte)”, sostiene.
 
Y deduce una equivalencia entre la deslocalización económica, biológica -los trasplantes, la clonación, la implantación de chips en los cuerpos- y cultural. “Por eso digo que con este arte postmortal antes que posmoderno, el siglo XXI puede ver la llegada de una eutanasia activa del arte”.
 
Si como piensa Virilio, las reglas de la práctica artística cambian para siempre con la aceleración impuesta por la técnica y los imperativos del mercado, el pionero en esa materia no es otro que Marcel Duchamp de quien el arte pop lo aprende todo (menos salirse para siempre del museo como institución).
 
Porque si bien es cierto que esa institución está en crisis, también es cierto que su papel de depósito del arte clásico es insustituible hasta tanto las versiones de esos clásicos, multiplicados al infinito por la reproducción digital, pierdan el valor inmaterial, fetichista, del original. A ese fenómeno, adelantado por el cine, la literatura quizá sea la única práctica artística inmunizada.
 
El genio de Borges, referencia de Virilio, se anticipa a ese planteo en su Pierre Menard. Los otros dos escritores que sin pensar piensan esta cuestión, son Samuel Beckett y James Joyce, por su condición de ilegibles se adelantan a cualquier lectura que venga del futuro.
 
“El horror estético radica también en la confusión entre arte y genética, un fenómeno ligado al body art, a artistas como Stelarc, Orlan, otros. El body art, al proponer modificaciones corporales, se asocia a la genética”.
 
El performer es un dispositivo tanto artístico como publicitario. Y concluye Virilio: “La confusión entre arte y genética en lo transgénico se debe a que el arte y la industria farmacéutica convergen en el mismo propósito: modificar el cuerpo. El expresionismo, que era un expresionismo plástico, se convierte en un expresionismo fisiológico”. 

En Imágenes