Curiosidades de la higiene a fines del siglo XIX

Una curiosa muestra repasa cómo era el aseo personal y la cosmética cuando no había agua corriente y las escupideras eran un objeto de arte.

Fue a finales del siglo XIX cuando la imagen personal comienza a adquirir un protagonismo ineludible.

Los cambios en el mobiliario de aseo, en los interiores domésticos y en la infraestructura urbana se suceden a un ritmo vertiginoso en esa época.

La misma en la que aparecen, además, las primeras marcas comerciales cosméticas, los salones de belleza y peluquería y comienza a democratizarse el concepto de moda y estilo.

Ese momento es el que retrata la muestra "Toilette. La higiene a finales del siglo XIX", que recupera la esencia de los interiores domésticos consagrados a la higiene personal.

"Con esta muestra intentamos hacer una lectura de los usos cotidianos que completa la exposición permanente porque la gente cuando viene al museo siempre pregunta por los baños, las cocinas y las caballerizas, pero no se han conservado, lamentablemente", explica Cecilia Casas Desantes, curadora de la muestra y miembro del equipo científico del Museo Cerralbo de Madrid.

Curiosidades

La exposición revela que se consideraba salutífero eliminar los esputos. De ahí nacen las escupideras, para que la gente escupiera en ellas en lugar de en el suelo o en el parquet.

Lejos de las duchas, hace cien años había otras formas de asearse perfectamente válidas. "Cuando la gente no tenía agua corriente y muchas casas lo que tenía era un punto común de agua comunitario en su pasillo. Recogían agua de la fuente de la plaza y después tener ese agua para el uso cotidiano, tanto como para cocinar como para lavarse la cara o las manos. Cuando se bañaban lo hacían por partes, quizá con una esponja, y les ayudaba otra persona a enguajarse", comenta la curadora.

También sucedía que había diversos puntos de agua corriente, se conservaban las soluciones antiguas: se seguían usando el jarrón y el aguamanil (se vertía agua con el jarro en una especie de palangana para lavarse la cara, las manos y quizá también el busto o las axilas), los lavabos con depósitos rellenables... "En algunas casas sabemos que había una bañera de mármol que no utilizaban, sino que era de ostentación. Tener agua corriente y tener cuarto de baño era una cosa tan alucinante que para ellos era una cosa que merecía la pena mostrar a sus visitas", indica Casas.

No todo el mundo podía permitirse un baño de inmersión. "La gente no tenía baños en su hogar por lo que había casas de baños. Hacían un aseo cotidiano y después, una vez a la semana, la gente se permitía el lujo y tomar un baño de inmersión", aclara la comisaria de la exposición.

La muestra revela la aparición de las casas cosméticas o la evolución de los accesorios de tocador. Así se puede pasear por un área de aseo en el contexto del dormitorio, un tocador femenino y un cuarto de baño con wc, bañera, bidet y agua corriente, claro reflejo de la elegancia del mobiliario y del ajuar personal decimonónico.

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