Vargas Llosa vuelve a sus viejos personajes

En "El héroe discreto" propone una trama que entrelaza el humor, el melodrama y el sexo en dos historias paralelas que reflexionan sobre el poder.

Tras la rigurosa investigación que orientó su novela anterior, El sueño del celta (2010), el escritor que ya lleva más de cincuenta años de oficio y tiene 16 novelas escritas decidió ambientar nuevamente su historia en el Perú contemporáneo, al servicio de una narración que recupera procedimientos y personajes arquetípicos en el universo del autor.

En este caso, Vargas Llosa apela a una estrategia inspirada en Las palmeras salvajes, la emblemática obra que el norteamericano William Faulkner escribió en 1939, que consiste en superponer dos planos narrativos que se alternan, un recurso que exploró en La tía Julia y el escribidor (1977), El hablador (1987), El paraíso en la otra esquina e incluso en sus memorias El pez en el agua (1993).

El héroe discreto, la primera novela del escritor después de obtener el Premio Nobel supone un regreso a los lugares de su infancia y adolescencia, además del retorno de unos personajes cuyo rasgo saliente es la obstinación para pelear contra las injusticias del mundo o simplemente contra los obstáculos que se les presentan en la vida cotidiana.

Sin embargo, el retorno a los ambientes de la juventud no implica una nostálgica recreación de vivencias juveniles sino el reencuentro con un puñado de criaturas a las que el tiempo les ha dejado su marca y que irrumpen con recursos similares a los de una telenovela: sirvientas que se casan con los dueños de casa y se convierten en viudas millonarias, refinadas y generosas; hijos bastardos y resentidos.

Una de las voces centrales de El héroe discreto, editado por el sello Alfaguara, es la de Felícito Yanaqué, un hombre de alrededor de 50 años, dueño de una empresa de transportes pero en el pasado proveniente de una clase humilde, que recibe un anónimo sin más firma que una araña en el que se lo amenaza con dañar a su familia si no se resigna a pagar una cuota mensual en concepto de chantaje.

La imperturbable plataforma moral del protagonista vuelve inadmisible el ilícito y habilita una investigación policial que, entre otros, recae sobre Lituma, el personaje con más apariciones en las obras de Vargas Llosa.

La segunda vía narrativa de la novela está motorizada por don Rigoberto -otro viejo conocido para quienes leyeron Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto-, un hombre que pisa largamente los 60 y que está a punto de solicitar su jubilación anticipada para dedicarse a su familia y al arte.

Sin embargo, un hecho inesperado trastoca sus planes: Ismael Carrera, su jefe y amigo octogenario, le pide que sea testigo en su boda con una ex sirvienta y lo mete en graves apuros con sus herederos, que se oponen de manera terminante al matrimonio de su anciano padre.

Estos dos trayectos narrativos se cruzan bien avanzada la novela y confluyen en una reflexión no exenta de lugares comunes y prototipos poco delineados, como el relato de la mujer humilde que acrecienta imprevistamente su patrimonio a partir del conveniente casamiento con un anciano al borde de la decrepitud.

Por su parte, las peripecias de Felícito comienzan con un apunte sobre el heroísmo cotidiano y dan paso a historia algo truculenta, más digna de un culebrón que de una novela y sin mayores implicaciones que su propia gracia melodramática.

La estructura de historias yuxtapuestas y la utilización de un lenguaje preciso donde no sobra ni falta la adjetivación son los fuertes en este nuevo mojón en la trayectoria del autor de La casa verde y La ciudad y los perros.

También sobresalen el pulso para describir a los personajes principales y secundarios, la recreación ajustada de los ambientes, el contraste entre las clases sociales y la persistencia de los prejuicios raciales.

En El héroe discreto reaparecen muchas de las cuestiones que interesan a Vargas Llosa: la situación peruana y latinoeamericana -particularmente la violencia y los chantajes-, la vocación  enaltecedora del arte, el poder de la imaginación, las fantasías eróticas y el contrapunto entre el machismo y la sumisión.

Si bien no está a la altura de sus obras maestras, El héroe discreto alcanza a convertirse en una ficción con chispazos de originalidad que coquetea con el melodrama y no le teme a sus excesos: ágil y risueña, cumplirá su cometido de capturar al lector hasta el final.

La novela no aporta ninguna novedad temática o estilística significativa, pero constituye una buena síntesis de los temas y las técnicas más constantes de Vargas Llosa, que demuestra una vez más su capacidad de fabular y su dominio de los recursos narrativos.

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8 de Diciembre de 2016|21:09
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