Leé aquí dos cuentos de Alice Munro, la ganadora del Nobel de Literatura

La entrega del Nobel de Literatura es una excusa para reencontrarse con grandes escritores que habíamos olvidado o que ni siquiera conocíamos.

Te mostramos dos cuentos tomados del libro Demasiada felicidad (2010), de la flamante ganadora del Nobel de literatura, Alice Munro.

Ficción

Lo mejor del invierno era volver a casa en el coche, después de todo el día dando clases de música en los colegios de Rough River.

Ya había oscurecido, y en la parte alta del pueblo quizá estaba nevando mientras la lluvia azotaba el coche por la carretera de la costa.

Joyce dejó atrás los límites del pueblo y se internó en el bosque, y aunque era un bosque de verdad, con grandes abetos de Douglas y cedros, cada cincuenta metros más o menos había una casa habitada.

Algunas personas tenían huertos; otras, ovejas o caballos, y había empresas como la de Jon, que restauraba y hacía muebles. También ofrecían servicios que se anunciaban junto a la carretera y en especial en esa parte del mundo: cartas del tarot, masajes con hierbas, resolución de conflictos. Algunos vivían en caravanas; otros se habían construido casas, con tejado de paja y extremos de troncos, y otros, como Jon y Joyce, estaban restaurando viejas casas de labranza.

Había algo especial que a Joyce le encantaba ver mientras volvía a casa y entraba en su finca. En esa época mucha gente, incluso algunos habitantes de las casas con techo de paja, estaban instalando lo que llamaban puertas de patio, aun cuando, como Jon y Joyce, no tenían patio. No solían ponerles cortinas, y los dos rectángulos de luz parecían ser indicio o promesa de comodidad, de seguridad y abundancia.

Por qué era así, más que con las ventanas corrientes, Joyce no lo sabía. Quizá se debiera a que la mayoría no servía solamente para asomarse sino que se abrían directamente a la oscuridad del bosque y a que exhibían el refugio del hogar con tanta ingenuidad. Gente cocinando o viendo la televisión, de cuerpo entero; escenas que la seducían, aunque sabía que las cosas no serían tan especiales dentro.

Lo que Joyce veía cuando entraba en el sendero de su casa, sin pavimentar y encharcado, era el par de puertas de aquellas que había colocado Jon enmarcando el interior resplandeciente y a medio hacer.

La escalera de mano, las estanterías de la cocina sin acabar, las escaleras al descubierto, la cálida madera iluminada por la bombilla que Jon colocaba para enfocar donde quisiera, dondequiera que estuviera trabajando. Se pasaba el día trabajando en su cobertizo, y cuando empezaba a oscurecer dejaba libre a la aprendiza y se ponía  con las obras de la casa. Al oír el coche de Joyce volvía la cabeza hacia ella un momento, a modo de saludo. Normalmente tenía las manos

demasiado ocupadas para saludar con la mano. Sentada allí, con los faros del coche apagados, recogiendo la compra o el correo que tenía que llevar a casa, Joyce era feliz incluso por tener que recorrer ese último trecho hasta la puerta, en medio de la oscuridad, el viento y la lluvia fría. Se sentía como si se librase del trabajo cotidiano, agobiante e inseguro, harta de ofrecer música a indiferentes y sensibles por igual. Mucho mejor trabajar con la madera solo —no tenía en cuenta a la aprendiza— que con las impredecibles crías humanas.

A Jon no le contaba nada de eso. No le gustaba oír a los que hablaban de lo básico, delicado y respetable que era trabajar la madera.

Qué integridad, qué dignidad tenía.

Qué gilipollez, decía él.

Jon y Joyce se habían conocido en un instituto de una zona industrial de Ontario. Joyce tenía el segundo coeficiente intelectualmás alto de su clase; Jon, el coeficiente intelectual más alto del colegio y probablemente de la ciudad. Todos esperaban que ella llegara a ser una brillante violinista —antes de que abandonara el violín por el violoncello— y él, un científico impresionante, dedicado a unas tareas difícilmente comprensibles en el mundo común y corriente.

En el primer año de universidad dejaron de ir a clase y se escaparon juntos. Encontraron trabajitos aquí y allá, recorrieron el continente en autobús, vivieron durante un año en la costa de Oregón, se reconciliaron a distancia con sus padres, para quienes se había apagado una luz en el mundo. A esas alturas ya no se los podía llamar hippies, pero así era como los llamaban sus padres. Ellos no se consideraban tales. No tomaban drogas, vestían de forma conservadora,

aunque un tanto desastrada, y Jon se empeñaba en afeitarse y en que Joyce le cortara el pelo. Con el tiempo se cansaron de sus trabajos temporales y mal pagados y pidieron dinero prestado a sus decepcionadas familias para especializarse en algo y poder ganarse mejor la vida. Jon aprendió carpintería y ebanistería y Joyce se sacó un título para dar clase de música en los colegios.

El trabajo que encontró estaba en Rough River. Compraron aquella casa en ruinas a un precio de risa e iniciaron una nueva fase de su vida. Plantaron un jardín y empezaron a relacionarse con los vecinos, algunos de los cuales seguían siendo auténticos hippies que cultivaban pequeñas plantaciones de marihuana en pleno monte y hacían collares de cuentas y sobrecitos de hierbas para vender.

A los vecinos les caía bien Jon, que seguía siendo flaco, de ojos relucientes y egoísta pero siempre dispuesto a escuchar. Y era una época en que la gente empezaba a acostumbrarse a los ordenadores, que Jon comprendía y era capaz de explicar con paciencia. Joyce no gozaba de tantas simpatías. Sus métodos para enseñar música se consideraban demasiado apegados a las normas.

Joyce y Jon preparaban juntos la cena y bebían vino casero. (Jon tenía un procedimiento para elaborar vino muy estricto y logrado.)

Joyce hablaba de las frustraciones y las situaciones cómicas del día.

Jon no hablaba mucho; le interesaba más cocinar. Pero cuando llegaba la hora de cenar a lo mejor le hablaba a Joyce de un cliente que había llegado, o de su aprendiza, Edie. Se reían de algo que había dicho Edie, pero no con desprecio; Edie era como una mascota, pensaba a veces Joyce. O como una niña. Aunque si hubiera sido una niña, su hija, y hubiera sido como ella, estarían demasiado confusos y quizá demasiado preocupados para reírse.

¿Por qué? ¿En qué sentido? Edie no era imbécil. Jon decía que no era precisamente un genio de la carpintería pero que aprendía y recordaba lo que le enseñaban. Y sobre todo no era una charlatana. Eso era lo que más temía cuando se planteó el asunto de contratar un aprendiz. Había un nuevo programa del gobierno, según el cual a él le pagarían cierta cantidad por enseñar a una persona, y esa persona cobraría lo suficiente para vivir mientras aprendía. Aunque al principio Jon no parecía muy dispuesto, Joyce lo convenció. Ella pensaba que tenían una obligación para con la sociedad.

Edie a lo mejor no hablaba mucho, pero cuando hablaba era rotunda.

—Me abstengo de drogas y alcohol —les dijo en la primera entrevista—.

Soy de Alcohólicos Anónimos y soy alcohólica en proceso de recuperación. Nunca decimos que nos hemos recuperado, porque nunca llegamos a hacerlo. No te recuperas, en toda tu vida. Tengo una hija de nueve años, y como nació sin padre es responsabilidad únicamente mía y mi intención es criarla como es debido. Quiero aprender carpintería para mantener a mi hija y mantenerme a mí misma.

Pronunciaba este discurso sentada al otro lado de la mesa de la cocina, mirándolos fijamente, primero al uno después al otro. Era una joven baja y robusta, que no parecía ni lo bastante mayor ni lo bastante deteriorada para tener un pasado de gran disipación. Hombros anchos, flequillo tupido, cola de caballo apretada, ni la más mínima posibilidad de una sonrisa.

—Y otra cosa —añadió.

Se desabrochó y se quitó la blusa de manga larga. Debajo llevaba una camiseta. Tenía los brazos, la parte superior del pecho y —cuando se dio la vuelta— la parte superior de la espalda decorados con tatuajes.

Parecía que su piel se hubiese transformado en un traje, o quizá en un tebeo con caras lascivas y tiernas al mismo tiempo, acosadas por dragones, ballenas y llamas, demasiado intrincado o tal vez demasiado horripilante para comprenderlo.

Lo primero que te preguntabas era si todo su cuerpo se habría transformado de la misma manera.

—Es alucinante —dijo Joyce en el tono más neutro posible.

—Pues no sé si es alucinante, pero si hubiera tenido que pagarlo habría costado un montón de dinero —contestó Edie—. Estuve metidaen eso durante un tiempo. Si se lo enseño es porque a algunas

personas les molestaría. O supongamos que hace calor en el cobertizo y tengo que trabajar en camisa.

—A nosotros no —dijo Joyce mirando a Jon, que se encogió de hombros.

Joyce le preguntó a Edie si le apetecía un café.

—No, gracias. —Edie se estaba poniendo la camisa—. Hay un montón de gente en Alcohólicos Anónimos que parece vivir a base de café. Y yo les digo, les digo: «¿Por qué cambiáis un mal hábito por otro?».

—Es increíble —comentó Joyce más tarde—. Te da la sensación de que digas lo que digas te soltará un sermón. No me he atrevido a preguntar por la partenogénesis.

—Es fuerte —dijo Jon—. Eso es lo fundamental. Me he fijado en sus brazos.

Cuando Jon dice «fuerte» se refiere simplemente a lo que esa palabra significaba antes. Se refiere a que Edie puede levantar una viga.

Jon escucha CBC Radio mientras trabaja. Música, pero también noticias, comentarios, llamadas de los radioyentes. A veces habla de las opiniones de Edie sobre lo que han oído.

Edie no cree en la evolución.

(En un programa con participación del público varias personas se oponían a lo que se enseñaba en los colegios.)

¿Por qué no?

—Bueno, porque en esos países de la Biblia —dijo Jon, y a continuación adoptó el tono firme y monótono de Edie—, en esos países de la Biblia hay un montón de monos y los monos estaban venga a bajarse de los árboles y por eso a la gente se le metió en la cabeza la idea de que los monos se bajaron de los árboles y se transformaron en personas.

—Pero para empezar… —dijo Joyce.

—Eso no importa. Ni lo intentes. ¿Es que no conoces la primera norma para discutir con Edie? No importa y cállate la boca.

Edie también estaba convencida de que las grandes compañías farmacéuticas conocían la cura del cáncer pero tenían un acuerdo con los médicos para guardarse la información por el dinero que ganaban ellas y los médicos.

Cuando ponían el «Himno a la alegría» en la radio Edie obligaba a Jon a apagarla porque era espantoso, como un funeral.

Además, pensaba que Jon y Joyce —bueno, en realidad Joyce—no debían dejar botellas de vino a la vista en la mesa de la cocina.

—¿Y se tiene que meter en eso?

—Pues al parecer, eso cree.

—¿Cuándo inspecciona la mesa de nuestra cocina?

—Tiene que pasar por allí para ir al baño. No va a hacer pis entre las matas.

—Pero no acabo de entender por qué tiene que meterse en…

—Y a veces entra a preparar unos bocadillos para los dos…

—¿Y qué? Es mi cocina. Nuestra cocina.

—Es que se siente amenazada por la priva. Es muy frágil todavía.

Es algo que ni tú ni yo podemos entender.

Amenaza. Priva. Frágil.

¿Cómo era posible que Jon empleara esas palabras?

Joyce debería haberlo entendido en aquel preciso instante, aunque el mismo Jon estaba muy lejos de saberlo. Jon estaba empezando a enamorarse.

Empezar a enamorarse. Eso sugiere cierto paso del tiempo, cierto abandono; pero también se puede tomar como una aceleración, el momento o el segundo en que te enamoras. Ahora Jon no está enamorado de Edie. Tic, tac. Ahora lo está. Eso no se podía considerar probable ni posible de ninguna manera, a menos que pensaras en que de repente te parte un rayo, en una desgracia inesperada. El revés del destino que deja a una persona impedida, la broma terrible que transforma unos ojos claros en ojos ciegos.

Joyce se propuso convencerlo de que estaba equivocado. Jon tenía tan poca experiencia con las mujeres… Ninguna, salvo con ella.

Siempre habían pensado que experimentar con diversas parejas era pueril, que el adulterio era algo enrevesado y destructivo. Entonces Joyce se lo planteó: ¿debería Jon haber tenido líos con otras mujeres?

Jon había pasado los oscuros meses de invierno encerrado en su taller, expuesto a los efluvios de convencimiento de Edie. Era como ponerse enfermo por falta de ventilación.Edie lo volvería loco, si Jon seguía adelante y se la tomaba en serio.

—Ya lo había pensado —dijo Jon—. Quizá ya me he vuelto loco.

Joyce contestó que eso eran tonterías de adolescente, y lo hizo sentirse desconcertado e impotente.

—Pero ¿quién te has creído que eres, un caballero de la Tabla Redonda?

¿O crees que te han dado una poción mágica?

Después dijo que lo sentía. Lo único que podían hacer era tomárselo

como un programa compartido, añadió. El valle de las sombras, que algún día verían como un simple problema técnico en el curso de su matrimonio.

—Nosotros sabremos solucionarlo —dijo Joyce.

Jon la miró con frialdad, pero con cierta gentileza.

—No hay ningún «nosotros» —replicó.

¿Cómo podía haber ocurrido algo semejante? Joyce se lo plantea a Jon, a sí misma y después a los demás. Una aprendiza de carpintero torpe de andares y de ideas, con pantalones anchos y camisas de franela y —en invierno— un jersey grueso y sin gracia moteado de serrín.

Una cabeza que pasa lenta e inexorable de una estupidez o un lugar común a otro y eleva cada paso a la categoría de ley universal.

Una persona así ha eclipsado a Joyce, con sus piernas largas, su cintura fina y su larga trenza de pelo oscuro y sedoso. Con su inteligencia, su música y el segundo coeficiente intelectual más alto.

—Creo que sé qué pasó —dice Joyce.

Esto es más adelante, cuando los días se han alargado y los contoneos de los crinums refulgen junto a las cunetas. Cuando iba a dar clase de música con gafas oscuras para ocultar unos ojos hinchados de llorar y beber y en lugar de volver a casa después del trabajo iba a Willingdon Park, donde esperaba que Jon fuera a buscarla, temiendo

que se suicidara. (Jon fue, pero solo una vez.)

—Creo que fue porque había hecho la calle —dijo—. Las prostitutas se hacen tatuajes por el negocio, los hombres se excitan con esas cosas. No me refiero a los tatuajes, aunque, bueno, también, claro que también se excitan con eso; me refiero al hecho de que se hayan vendido. Tanta disponibilidad y tanta experiencia… Y encima reformadas. Una María Magdalena de mierda, eso es lo que es. Y Jon es tan crío sexualmente… Te dan ganas de vomitar.

Ahora tiene amigas con las que puede hablar así. Todas tienen algo que contar. A algunas las conocía de antes, pero no como ahora.

Hablan en confianza, beben y se ríen hasta llorar. Dicen que no se lo pueden creer. Los hombres. Las cosas que hacen. Es asqueroso, absurdo.

Increíble.

Y por eso es verdad.

Hablando así Joyce se siente bien, realmente bien. Dice que incluso ay momentos en que le está agradecida a Jon, porque se siente más viva que antes. Es terrible pero maravilloso. Un nuevo comienzo.

La verdad desnuda. La vida desnuda.

Sin embargo, al despertarse a las tres o las cuatro de la madrugada no sabía dónde estaba. No en su casa. Ahora en la casa estaba Edie. Edie y su hija y Jon. Era un cambio que la propia Joyce había apoyado, pensando que a lo mejor Jon entraría en razón. Se mudó a un apartamento e la ciudad, cuya dueña era una profesora que se había tomado n año sabático. Se despertó en plena noche con las oscilantes uces rosas del letrero del restaurante de enfrente que destellaban por a ventana, iluminando los chismes mexicanos de la otra profesora.

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Dimensiones

Doree tenía que coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde volvía a esperar el autobús urbano que le llevaba a las instalaciones. Empezaba la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses o en las terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar sentada.

Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa tan agotada que por la noche podía dormir. Rara vez se encontraba con un auténtico desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban historias de las que ponen los pelos de punta. Esas mujeres eran mayores que ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debía prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena presencia. Pero ella se conformaba con lo que hacía. No quería tener que hablar con la gente.

Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado. O, si lo sabían, no lo daban a entender. Su fotografía había aparecido en los periódicos, la foto que él había hecho, con ella y los tresniños: el recién nacido, Dimitri, en sus brazos, y Barbara Ann y Sa -sha a cada lado, mirándolo. Entonces tenía el pelo largo, castaño y ondulado, con rizo y color naturales, como le gustaba a él, y la cara con expresión dulce y tímida, que reflejaba menos cómo era ella quecómo quería verla él.Desde entonces llevaba el pelo muy corto, teñido y alisado, y había adelgazado mucho. Y ahora la llamaban por su segundo nombre, Fleur.

Además, el trabajo que le habían encontrado estaba en un pue-blo bastante alejado de donde vivía antes.Era la tercera vez que hacía la excursión. Las dos primeras, él sehabía negado a verla. Si se negaba otra vez, ella dejaría de intentarlo. Aunque aceptara verla, a lo mejor no volvería durante una temporada.

No quería pasarse. En realidad, no sabía qué haría.En el primer autobús no estaba muy preocupada; se limitaba a mirar el paisaje. Se había criado en la costa, donde existía lo que lla-maban primavera, pero aquí el invierno daba paso casi sin solución decontinuidad al verano. Un mes antes había nieve, y de repente hacía calor como para ir en manga corta. En el campo había charcos des-lumbrantes, y la luz del sol se derramaba entre las ramas desnudas.

En el segundo autobús empezó a ponerse un poco nerviosa, y ledio por intentar adivinar qué mujeres se dirigían al mismo sitio. Eranmujeres solas, por lo general vestidas con cierto esmero, quizá para aparentar que iban a la iglesia. Las mayores tenían aspecto de asistir a iglesias estrictas, anticuadas, donde había que llevar falda, medias y sombrero o algo en la cabeza, mientras que las más jóvenes podríanhaber formado parte de una hermandad más animada, que permitía los trajes pantalón, los pañuelos de vivos colores, los pendientes y los cardados.

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