Hallan una ciudad subterránea cerca de Roma

Una verdadera urbe bajo tierra fue descubierta bajo las ruinas de la Villa Adriana, la magnífica mansión del emperador Adriano.

La existencia de estos subterráneos, que servían sobre todo para asegurar la irrigación del vasto parque y a alimentar las numerosas fuentes y piscinas que lo adornaban, no era del todo desconocida.

Sin embargo, este último descubrimiento de los arqueólogos -que desde 2008 están investigando e inventariando los diversos hipogeos que se esconden debajo de la mansión- es totalmente casual e inesperado.

Los guardianes del parque habían descubierto una grieta en el terreno, semicubierta por arbustos, y al decidirse a limpiarla se dieron cuenta de que era en realidad un pasadizo hacia una enorme cavidad natural, remodelada antiguamente como parte de una serie de subterráneos (hipogeos) que se comunicaban entre sí y con las diversas alas del palacio de Adriano, cuenta Roberto Pérez en su nota para el portal de la agencia Ansa.

En efecto los arquitectos del siglo II, instigados por el emperador, no terminaban nunca de expandir y hacer asequibles los distintos ambientes de la suntuosa villa que Adriano había concebido como una suma de saberes y placeres de la cultura grecolatina y desde donde, tras la muerte de su amado Antinoo, seguía controlando la política del Imperio.

Para los arqueólogos, la red de subterráneos refleja la suntuosidad del palacio en superficie. La servidumbre no tenía necesidad de transitar por los lugares de ocio y reposo de los numerosos invitados del emperador, y podía recibir las toneladas de alimentos necesarios para sus necesidades vitales a través de verdaderas carreteras que desde fuera del parque llegaban directamente a las cocinas.

Lo más admirable de este mundo subterráneo es la variedad de ambientes que resumen todas las tipologías posibles de hipogeos del imperio romano conocidas hasta hoy: cisternas, tuberías de agua, veredas para peatones y avenidas para vehículos, así como depósitos de víveres y armas.

Pero mientras la Villa en superficie, con la caída del Imperio Romano y aún antes, se derrumbaba y sus tesoros (mármoles, frescos, estatuas) eran robados o utilizados como materia prima de edificaciones, la parte subterránea quedaba relativamente intacta y da hoy una idea más que fiel de lo que era la vida en el apogeo de la civilización romana.

Por ejemplo, los mapas y las testimonios antiguos hablan de carreteras subterráneas de un kilómetro de largo, dotadas cada 15 metros de pozos de ventilación y acceso pero que a lo largo de los siglos estaban tapados e invisibles para ojos humanos.

Estas cuatro carreteras se unían en un gran trapecio de cinco metros de ancho y de tres a cuatro de alto, excavado en la roca, que servía para que los carros pudiesen maniobrar y adentrarse en los otros túneles.

En el curso de las excavaciones, los arqueólogos han encontrado de todo, desde la huella de una mano infantil en un panel de revestimiento de un canal hasta una enorme conchilla del Mar Rojo, totalmente calcarizada, que pudo haber llegado hasta aquí solo como un souvenir turístico o de guerra.

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