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Boca gana con la camiseta, se agranda en las difíciles y tiene mística copera

¿En dónde buscar los secretos de esta realidad? En sus jugadores. Palermo podrá errarse un gol debajo del arco, tirar la pelota a la tercera bandeja de la Bombonera, pero cuando tiene que aparecer el 9 siempre está. Palacio podrá estar en baja psicológica por la falta de concreción, pero no le pesa la presión cuando las obligaciones apremian. Y Riquelme podrá desaparecer por tramos del partido pero luego mete una pelota justa para abrir el partido y manejar los tiempos.

Todos lo daban por muerto. El equipo de Carlos Ischia tenía casi los dos pies afuera de la Copa Libertadores. Es que ni el más optimista de los hinchas de Boca hubiese imaginado una victoria así en tierras aztecas. Sin embargo, el último campeón del torneo continental sacó su chapa, mostró sus pergaminos y volvió a demostrar que está más vigente que nunca. ¿Cuál es el secreto?

Como hace una semana atrás, llegaba con más incertidumbres que certezas a la definición de la serie. De local no había podido marcar una clara diferencia ante Cruzeiro y se la tenía que jugar a todo o nada. Y otra vez la historia salió redonda: Boca ganó en Brasil como marca su historia y pasó con tranquilidad.

Sin embargo, esta nueva definición tenía un condimento extra. A Boca le costaban los equipos mexicanos. Hasta ayer, la única vez que había ganado allí fue en el 2001, en la final ante el Cruz Azul. Después, habían sido siete derrotas y apenas un empate. Además, en el estadio Jalisco había perdido las dos veces que estuvo: 4-0 con las Chivas (2005) y 3-1 ante Atlas hace un mes. 

Pero Boca es Boca y su historia pesa. Aunque muchos repitan a coro que con la camiseta ya no se gana, los jugadores dejaron bien en claro que la mística está intacta. Que a Boca le siente más cómodo esta clase de definiciones mano a mano. Que cuando todos los dan por muerte, el equipo saca fuerzas de donde no las hay para sumar hazañas y noches épicas. 

¿En dónde buscar los secretos de esta realidad? En sus jugadores. Porque Martín Palermo podrá errarse un gol debajo del arco, podrá tirar la pelota a la tercera bandeja de la Bombonera, pero cuando tiene que aparecer el 9 siempre está. Porque Rodrigo Palacio podrá estar en baja psicológica por la falta de concreción, pero no le pesa la presión cuando las obligaciones apremian. Y Riquelme es Riquelme: podrá desaparecer por tramos del partido pero luego mete una pelota justa para abrir el partido y manejar los tiempos.

Así, Boca está en la semifinal de la Copa. E impone todos sus pergaminos. Sus jugadores, inoxidables, quieren más gloria. Dio otra cátedra de personalidad y va por su séptima la Libertadores.
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4 de Diciembre de 2016|05:03
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4 de Diciembre de 2016|05:03
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