"A mi viejo lo ponían muy nervioso los tontos"

Andy Fogwill es productor, publicista y premio Konex 2007 pero también es el hijo de Rodolfo Fogwill, de quien se cumplen tres años de su deceso.

Andy es egresado del Centro de Realización y Experimentación Cinematográfica de Buenos Aires; completó su formación con estudios en Ciencias de la Comunicación, Guión, Estética y Música en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y es el titular de la productora Landia, con oficinas en Buenos Aires, Los Angeles y Madrid.
 
Esta es la conversación que sostuvo con Pablo Chacón, de la agencia Télam.
 
- Estás haciendo una carrera audiovisual y publicitaria muy interesante. ¿Qué cosa ves en tu trabajo que hayas heredado de tu viejo?

- Supongo que cierta capacidad de analizar  y de pensar. Algo que heredé de su enseñanza a través del ajedrez, la náutica y la sociología cotidiana. Y también su forma de vida, su vitalidad por afuera de ciertas convenciones pequeño burguesas, que me ayudó a  exigirme y observar todo desde otro lugar. Después el ejemplo de su capacidad de trabajo, su fortaleza y la manera de hacer convivir  con mucha cintura sus tres grandes obsesiones: obra, paternidad, subsistencia.
 
- ¿Cómo lo recordás? Contame una anécdota. Siempre me decía que mi gran error era no haber tenido hijos.

- Una tipología de hombre en extinción: sin miedos, libre, algo salvaje y muy dedicado a desarrollar el placer y a vivir varias vidas a la vez. Escribir, las minas, ser padre, pensar, navegar. Había podido hacer de sus deberes un placer. Siempre me sorprendió sentir que en él no había disociación entre interior, exterior, conciencia e inconsciencia, era la misma cosa. Hacer lo que decía, pensar lo que decía. Sin especulaciones.  Supongo que  decir lo que pensaba y decir todo era como un deber para con su voz interior. Siempre me sorprendió también que nunca se deprimiera. Las pasó todas y siempre con un optimismo y cantando un Lieder... ¿Una anécdota? Una de las únicas veces que lo vi llorar es cuando le conté que iba a ser padre. Me dijo: “La vida es dar vida, es vivir con todo”.

- Quique era un tipo que podía ser despiadado, y también muy generoso. ¿Lo recordás en reuniones de escritores, amigos, mujeres, editores? ¿Qué pensaba de ese mundo?

- Ese mundo, para mí como hijo, fue muy inspirador. Participar de la esgrima de ciertas conversaciones, debates, algo que hoy por hoy existe cada vez menos. Pensar por el placer propio de pensar… Pero te das cuenta después, recién hace unos años entendí lo afortunado que fui por participar de todo eso y cómo la paternidad se trata también de "construir memoria" en tus hijos. Algo que me impactaba mucho era que siempre que había algún instante de sociablidad era con un fin “literario”, sociológico o político. No perdía el tiempo con gente hablando  de frivolidades. Siempre había como una misión, un fin. Y siempre me sorprendió su orgullo de no tener amigos,  y su  combate contra la “sociabilidad”  como forma de reproducir un pensamiento institucionalizado , “débil”, bienpensante. El buen salvaje versus el bienpensante. Es cierto que tenía poca paciencia, y lo ponían muy nervioso los tontos, y combatía la pérdida de tiempo de cierta  afectividad piadosa. Creo que ese  formato de honestidad y de decir todo era también un juego, una manera de exigir un poco al otro, de probarse y probarlo, para que aparezca “la otra verdad”. A veces me costaba participar de ciertos momentos de provocación, pero en el fondo supongo que los mismos que lo pueden haber tildado de despiadado y provocador, hoy quizá le deben estar agradecidos por haber escuchado cosas que de otra forma no aparecen. Creo que en el fondo, lo que a él le molestaba era  escuchar que alguien “se mentía a sí mismo”,  o era hablado por algún sistema o ideología y no por la propia experiencia. Dándole una vuelta al ya trillado asunto de Fogwill y la provocación,  te digo que se podría pensar que  sus provocaciones eran en favor del otro (en “pro” de la verdadera “vocación" del otro). Igual, la palabra  despiadado no me pareció nunca acertada. Apareció en un medio después de su fallecimiento y me pareció una definición un poco “despiadada” para  alguien que ya no estaba.

- Cuando tuvo aquella pequeña editorial, Tierra Baldía, ¿qué creés que lo empujaba a una intervención de ese tipo, destinada a perder dinero pero también a dar a conocer a algunas de las voces más interesantes de la poesía argentina?

- No fue una intervención. En ese momento, él sentía que era necesario, podía y le daba placer hacer una editorial, disfrutaba de eso. Mi viejo era como un ludópata, pero con la literatura. Practicaba el escribir y las formas de la literatura como otra adicción.  Y quizá también perseguía hacer real la sentencia de Lamborghini... “publicar antes de escribir”.

- ¿Leíste el libro de Vera? ¿Qué te pareció?

- Todavía no. Tengo muchas ganas de leerlo. Me da mucha emoción que lo haya escrito. Veo mucho del estado puro, del talento y la energía de mi viejo en Vera. Me encanta también que de alguna manera nuestro árbol genealógico (algo de lo que mi viejo era un gran devoto), siga abriendo ramificaciones a través de las letras y las palabras.

- Esta reedición de la Buena nueva... (Alfaguara), ¿qué efecto te produce?

- Siempre discutíamos porque yo quería hacer una película y una adaptación libre  con la Buena nueva ... Y él se reía, decía que era imposible y se jactaba una vez más de ser un escritor imposible de filmar, soy infilmable decía, porque escribía sobre el lenguaje y sobre el escribir y desde su narrativa combatía la vulgaridad del contar  historias. Cosa que con el tiempo me di cuenta... Igual siento que El libro de los sueños me movilizó mucho más. Pensar que tenía una   tercera vida mientras dormía, y que yo no conocía, me conmovió mucho.

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