"No fuimos un matrimonio convencional"

Imágenes y textos entablan un contrapunto revelador en "Pilar y José", un film y un libro que retratan la cotidianeidad de Saramago y su esposa, Pilar del Río.

"Me produce una profunda alegría volver a reencontrarme con esas imágenes cada vez que viajo a un nuevo lugar para presentar la película. Es un honor para un escritor tener la posibilidad de llegar de esa manera a sus lectores -destaca del Río a Télam-. Cómo me hubiera gustado poder entrar de la misma manera en la cotidianeidad de autores como Borges o Proust".
 
"Creo que es la primera vez que estamos frente a un filme donde no hay un actor recreando a uno de los grandes escritores de la literatura universal sino el propio autor ofreciendo retazos de su vida", acota la presidenta de la Fundación José Saramago, dedicada a difundir el legado del autor de La muerte de Ricardo Reis.
 
Con una actitud cordial pero tajante, la viuda de Saramago se empeña en recortar sus impresiones personales de las imágenes que delinean la cotidianeidad amable del hombre al que acompañó 22 años de su vida hasta su muerte, el 18 de junio de 2010.
 
"Nunca fui la propietaria de Saramago. Ni en vida ni ahora. Yo no era su dueña ni él era mi dueño. Él era mi compañero y yo era su compañera. Y eso está bien reflejado en la película -aclara-. Por eso no cuenta mi impresión personal sobre las imágenes sino saber que quedará para siempre de ese registro sobre un autor fundamental del siglo XX", señala, vehemente, del Río, que llegó a Buenos Aires para acompañar la presentación del trabajo emprendido por el realizador portugués Miguel Gonçalves Mendes.
 
Del Río Sánchez tenía 36 años y era una periodista destacada en España cuando descubrió Memorial del convento, libro del autor portugués -por entonces de 63 años- que la conmovió tanto que hizo detonar el deseo de conocerlo.
 
Así, rastreó su teléfono y lo llamó a Lisboa, no para solicitarle una entrevista sino quería agradecerle la experiencia transformadora que había resultado su lectura.
 
Acordaron verse en el Hotel Mundial –donde ella se iba a hospedar–, el 16 de junio de 1986 a las cuatro de la tarde. Fue una jornada de paseos e intercambios literarios que tuvo un intenso correlato epistolar, hasta que dos años después se reencontraron y desde entonces ya no se separaron más.
 
"Apenas nos conocimos nos dimos cuenta de que participábamos de una misma forma de ver el mundo y que por lo tanto podíamos hacer una pareja: una pareja inventada por nosotros. Y entonces cuando la gente preguntaba por la diferencia de edad nos reímos... como si se casaran los pasaportes y no las personas", apunta del Río.
 
"Y nos reímos con la mayor parte de los dogmas y convenciones sociales que pasan por ahí. Creo que nos fuimos construyendo todos los días como pareja -confiesa-. Dejamos cosas de lado, asumimos otras... yo había tenido mis programas de televisión y cuando vi que había incompatibilidad dejé todo eso para estar con él".
 
Cuando Saramago llegó a la vida de la periodista ella no sabía hablar en portugués. Años después aprendió la lengua y se convirtió en la traductora incuestionable de toda su obra, acaso una evidencia de la intensidad y la necesidad de contigüidad que signó la relación.
 
"En la vida de un hombre de 63 años que conoce a una mujer de 36, madura y con un hijo, lo que no hay es dramas ni tragedias. Siempre fuimos lo suficientemente maduros como para no hacer tragedias", remarca del Río.
 
"Y si había algo que teníamos en claro es que no queríamos ser un matrimonio convencional, una pareja clásica con papeles repartidos. Pensábamos: `lo que no queremos, lo tenemos que inventar`. Y así lo inventamos -explica-. Los matrimonios en general no logran sortear el aburimiento porque no se reinventan sus integrantes. A nosotros en cambio nos faltó tiempo. Fueron 24 años las 24 horas y no hubo ni un instante para el aburrimiento".
 
Durante cuatro años, el realizador portugués Miguel Gonçalves Mendes siguió a Saramago y Pilar por los múltiples escenarios que dictó la vida itinerante que eligieron llevar: su casa en la isla de Lanzarote, los viajes por todo el mundo, las tertulias con amigos y familia.
 
Del ajetreado registro surgieron el film "José y Pilar" -estrenado en Europa en 2011- y el libro homónimo que acaba de publicar en la Argentina el sello Alfaguara qu reúne todo el material inédito que quedó fuera del registro audiovisual, básicamente horas de conversaciones que exploran cuestiones como la política, el amor, el trabajo, la literatura o la muerte.
 
"Pilar apareció cuando era necesaria. Cuando me era necesaria a mí. Tengo muchas razones para pensar que el gran acontecimiento de mi vida fue haberla conocido", sostiene Saramago en el film que fue presentado la semana pasada en Buenos Aires.
 
¿Qué tan difícil fue sortear el artificio de la cámara que documentó su intimidad durante cuatro años? "Nunca sentimos que la cámara invadía nuestro espacio. Hubo siempre como un pacto: la cámara no interfería en nuestras vidas y nosotros no interferíamos en la vida de la cámara. En ningún momento alteraron nuestra rutina o nuestra forma de ser", aclara del Río.
 
Toda memoria es un proceso de construcción en el que intervienen deseos inconscientes y hasta recursos de la ficción: confrontar a la propia memoria con imágenes que al mismo tiempo pueden desmentir o reafirmar el recorte personal de un período en el tiempo.
 
"No me lo planteo ese asunto. Mi memoria personal la mantengo separada -enfatiza-. Cuando miro las imágenes de la película sólo veo a Saramago en tanto figura fundamental del siglo XX".
 
"Me interesa que se lo veo en el esplendor de su cotidianeidad, no solamente en las obras perfectas que produjo. Esas tomas son la mejor síntesis de una vida personal sin artificios", agrega.
 
Las dos horas de filmación en las que Goncalves condensó la intimidad de Saramago no son el único registro audiovisual vinculado al escritor: un film titulado “El evangelio” -y basado en su célebre obra El evangelio según Jesucristo- está en etapa de guion, en tanto que en 2008 también se llevó al cine Ensayo sobre la ceguera, a cargo del brasileño Fernando Meirelles.

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