“Tiempo de partir”, obituario a Eduardo Falú

Homenaje al más insigne guitarrista y compositor de las seis cuerdas que ha dado nuestro país.

“¿Qué hay en la vida? Morimos pronto, morimos todos; no vivimos. Nada vive sino lo que hacemos de nosotros mismos, lo que hicimos con nosotros; la creación vive; la criatura no, sólo el creador. Nada vive más que la acción de las manos honestas y la obra del espíritu verdaderamente puro”.

 

Gustav Landauer

 

Las musas están de luto. La congoja embarga a todas las almas sensibles que aman la música enraizada en la poesía de nuestra tierra. Eduardo Falú, figura mítica del folklore argentino y latinoamericano, ha fallecido. Hace ya tiempo retirado de la actividad artístico-profesional, la muerte lo sorprendió en su hogar, la tarde del pasado viernes 9 de agosto.

Eduardo Falú es, a mi modesto entender, el más insigne guitarrista y compositor de las seis cuerdas que ha dado nuestro país, y una de sus voces cantoras más distintivas. Supo como pocos amalgamar los diversos géneros tradicionales de la Argentina profunda con la música culta de la academia, alumbrando canciones y piezas instrumentales de exquisita belleza, pletóricas de encanto telúrico y virtuosismo clásico. Con su inconfundible voz grave y recia de bajo-barítono, y con sus dedos enormes y ágiles hechos para el prodigio, compuso e interpretó infinidad de zambas, vidalas, bagualas, milongas, estilos, cuecas, chacareras, gatos, villancicos, tonadas, carnavalitos, huainos y bailecitos que hoy ya son parte esencial de nuestro patrimonio artístico-cultural como pueblo.

Tuvo, además, el inapreciable mérito de asegurarse, a lo largo de toda su dilatada y prolífica carrera, la colaboración letrística de grandes poetas, como Jaime Dávalos, León Benarós, Manuel Castilla, Albérico Mansilla y Hamlet Lima Quintana. “Siempre sostuve —reconoció con sinceridad en una oportunidad— que la música es importante, pero si no estuviesen estos poetas magníficos que pintaban el paisaje con señorío, hoy mi obra no sería popular”. Falú también se dio el lujo de trabajar en sociedad con escritores de la talla de Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en ambos casos con resultados estéticos y una repercusión pública notables.

 

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Eduardo Yamil Falú nació en la pequeña localidad de El Galpón, departamento de Metán, Salta, no muy lejos de la capital provincial, el 7 de julio de 1923, en el seno de una familia de inmigrantes sirio-libaneses. Desde muy niño vivió en San Miguel de Metán, ciudad cabecera de dicho departamento donde su padre tenía un almacén de ramos generales. Comenzó a aprender guitarra de manera autodidacta a los 11 años; y a los 14 se mudó a la ciudad de Salta, donde tuvo la posibilidad de cursar sus estudios secundarios y desarrollar su vocación musical.

En la capital salteña, asimismo, hizo su debut como folklorista a los 17 años, en compañía del conjunto Los Troperos. Corría entonces el año 1940. Muy poco tiempo después formó un dúo con el poeta y letrista César Perdiguero, un compañero del colegio secundario. Luego de una gira como solista por las provincias norteñas, se incorporó al grupo La Tropilla de Huachi Pampa en calidad de primera guitarra y compositor. De esa etapa datan sus recordadas creaciones La fuga del sol y Coquita y alcohol, ambas con esa impronta andina tan característica de su producción artística. Pero sus compromisos profesionales no le impidieron seguir perfeccionando su técnica guitarrística y ampliar sus conocimientos musicales, convirtiéndose precozmente en un virtuoso intérprete de las seis cuerdas y un compositor de notable talento. Por entonces también trabaría una amistad fecunda con varios jóvenes poetas de la provincia llamados a dejar una huella indeleble en la literatura salteña: los hermanos Dávalos, Díaz Villalba, Saravia Linares…

A los 21 años, cumplido el servicio militar, Falú decidió probar suerte en Buenos Aires. Arribó a la gran urbe porteña acompañado por su amigo Perdiguero, con quien debutó el 3 de mayo de 1945 en una audición de Radio El Mundo. De ese tiempo son sus composiciones Tabacalera, Albahaca sin carnaval e India Madre, todas de rítmica andina. La metrópoli del Plata, epicentro de la vida cultural argentina, sería para el joven Falú el lugar de su plena consagración artística y profesional. En ella mucho tuvo que ver su paisano Jaime Dávalos, notable poeta de vanguardia con quien formó un dúo a fines de la década del ’40. De esta alianza poético-musical brotarían canciones memorables como Zamba de la Candelaria y Vidala del nombrador. Aprovechando su nuevo lugar de residencia, Falú resolvió continuar enriqueciendo sus saberes musicales tomando clases de armonía con el afamado compositor y pianista Carlos Guastavino.

La década del ’50 fue para Falú un período de intensa labor creativa, creciente popularidad e innumerables presentaciones concertísticas. Grabación de varios discos, frecuentes presentaciones radiales y televisivas, giras maratónicas por el país y el exterior… El gran guitarrista salteño llevó su música a países como Francia, Italia, Estados Unidos, Unión Soviética, Japón… La República Argentina y el mundo todo se deleitaron y deslumbraron con sus composiciones en estudio e interpretaciones en vivo.

Su estrella no declinó  en los dos decenios siguientes. En los años ’60 y ’70 Falú siguió editando nuevos singles y long-plays, y emprendiendo nuevas giras nacionales e internacionales. Recorrió varias veces Europa, América del Norte, América Latina y Japón, ofreciendo centenares de shows que consolidaron su merecido prestigio mundial como autor y concertista. Llegó incluso a dictar, en aquellos tiempos dorados, varios seminarios en el Viejo Continente (Ámsterdam, Múnich, Córdoba, Castres).

Falú contrajo matrimonio con Aída Nefer Fidélibus, con quien tuvo dos hijos: Eduardo y Juan José. El segundo de ellos, siguiendo los pasos de su progenitor, se convirtió en un gran guitarrista y cantante. Padre e hijo tuvieron la inmensa dicha de compartir el escenario en varias ocasiones, como en 1987, cuando se presentaron en el Music Hall de Nueva York, o como en 1992, cuando actuaron en el St. John’s, Smith Square de Londres.

En los años ’80 y ’90, con el lento tránsito de la madurez a la senectud, la vida de Falú fue perdiendo esa febril intensidad de antaño en lo que concierne a su labor artística. De manera progresiva, sus lanzamientos discográficos y presentaciones en vivo se hicieron más espaciados, situación que coincidió con el declive de la popularidad del folklore en nuestro país. Pese a todo, no faltaron momentos de gloria, como el mítico concierto que brindó en los Reales Alcázares de Toledo promediando la década del ’80, y que fuera transmitido por la Televisión Española, o el recital que ofreció en Londres en el marco del Royal Festival May de 1996, con el distinguido acompañamiento de la English Chamber Orchestra.

 

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En la vasta carrera del músico salteño, especial importancia tuvo, por lo duradera y fructífera que resultó, la sociedad con Jaime Dávalos. Baste este puñado de títulos para probarlo: Tonada del viejo amor, Las golondrinas, Zamba de un triste, Cueca del arenal, Trago de sombra, Resolana, La Nostalgiosa, Rosa de los vientos, Cuando se dice adiós… Todas canciones de inconmensurable e imperecedero valor para el folklore argentino.

Un párrafo aparte merece su trabajo en conjunto con Ernesto Sábato. En 1965, el guitarrista y el escritor grabaron Romance de la muerte de Juan Lavalle. Se trata de un álbum conceptual en el cual Sábato, con el acompañamiento musical en guitarra de Falú, recita los fragmentos de su novela Sobre héroes y tumbas alusivos a los trágicos días finales del caudillo unitario. Obra profunda y cautivante, síntesis perfecta entre el arte de los sonidos y el arte de las palabras, Romance de la muerte de Juan Lavalle es, para muchos, el punto más alto en la trayectoria creativa del guitarrista y compositor salteño (audio completo en www.youtube.com/watch?v=me5Il2QvHMI).

También merece una mención especial la Suite Argentina, grabada en 1971 junto a la Camerata Bariloche. Quizás sea esta obra instrumental el testimonio más acabado de sus ambiciones estéticas. En ella lo folklórico y lo clásico se fusionan con una excelencia inigualable (audio íntegramente disponible en www.youtube.com/watch?v=WRuleJ4xUbs). Una Segunda Suite Argentina vio la luz en el año 1999, esta vez en conjunción con la Orquesta de Cámara Municipal de la ciudad de Rosario.

Aunque en las letras de sus canciones predomina la temática lírica ligada a  la evocación telúrica de la Argentina interior, y a las preocupaciones más filosóficas de la conciencia existencial, no faltan en ellas los tópicos de índole histórico-épica y sociopolítica. Ejemplo de lo primero son el precitado Romance de la muerte de Juan Lavalle y el álbum de Jorge Cafrune El Chacho: vida y muerte de un caudillo (1965), en el cual la dupla Falú-Benarós colaboró con dos hermosas composiciones: Triunfo del Chacho y Llanto por el Chacho (la segunda sería después reversionada magistralmente por Falú tanto en guitarra como en voz. Y muestra de lo segundo son Canción del jangadero y Canto al sueño americano, ambas con letra de Dávalos.

 

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Dijo Falú de ese objeto numinoso que marcó a fuego toda su existencia: “pocos instrumentos son capaces de expresar emoción, patetismo, alegría y todos los estados del alma con tanta fidelidad como la guitarra”. En otra ocasión manifestó: “Mi relación con la guitarra es muy armónica y afectuosa. En el medio siglo que dura, ella y yo aprendimos a tenernos paciencia. Presiento que es un vínculo que seguirá hasta que nos separe la muerte”.

De sus manos taumatúrgicas, dijo: “los callos están durmiendo sobre las yemas. Sin ellos no podría tocar. Segovia los mimaba. Estas manos tienen alma. Guardan la memoria de años”.

De su vocación por el arte folklórico: “ésta es una profesión muy agradable. Jaime [Dávalos] decía que servía para ponerle palabras y música al silencio del pueblo. Y mire, tengo muchos premios, pero siendo enteramente sincero, puedo decir que el mejor premio es el que me da la gente con su aplauso”.

Y de su inspiración telúrica: “el hombre es tierra que anda. Todo lo que uno tiene adentro y entrega en el arte es lo que su tierra le dio para nutrirse”.

 

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Días atrás, en un interesante obituario que escribió para Página/12,* Diego Fischerman habló de la necesidad de reencontrarse con el Falú más primigenio y auténtico, con un Falú despojado del mármol patriotero, liberado de esa pesada carga que ha sido el exceso de canonización oficial y rutinización escolar de su figura como músico laureado de la nación argentina. Concuerdo plenamente con esa propuesta revisionista. Su concreción sería, además, un acto de reparación que por demasiado tiempo fue postergado; y que hoy, con el deceso del guitarrista, resulta más urgente que nunca.

Quizás el mejor homenaje póstumo que podamos ofrecerle a don Eduardo Falú sea el de recordar los versos llenos de lucidez sapiencial que el poeta Albérico Mansilla escribió para la canción Tiempo de partir allá por 1978, y que el músico habría de inmortalizar con su voz profundísima y sus taciturnos arpegios de vigüela.

 

Maestro Falú, portento de la guitarra, cantor de nuestra tierra, trovador de querencias primordiales, demiurgo de la belleza hecha sonido… Por siempre vivirás en nuestra memoria agradecida.

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