La maldición de Tutankamón: tesoros, secretos y magia

La egiptóloga Joyce Tyldesley se sumerge en el fascinante descubrimiento que hizo Howard Carter en 1922. Aqui, el adelanto de un libro que lo revela todo.

Han pasado 90 años desde que Howard Carter encontrara la única tumba intacta del Valle de los Reyes, la del jovencísimo faraón Tutankamón, hijo del "hereje" Akenatón.

El 26 de noviembre de 1922, tras mandar aviso al aristócrata británico Lord Carnavon, que era quien estaba financiando el proyecto, Carter y el propio Carnavon se adentraban en el lugar de reposo, sellado hacía más de tres milenios.

La liquidación de los miles de objetos del ajuar funerario que albergaba la tumba, desde joyas hasta mobiliario, duró una década, pero no fue por esto por lo que la figura de este rey egipcio se impregnó en el imaginario popular: la leyenda de la maldición que acababa con aquéllos que habían profanado su descanso se fortaleció con la muerte del benefactor de Carter y de varios de los exploradores que participaron en la excavación.

En La maldición de Tutankamón (Planeta), Joyce Tyldesley, egiptóloga y doctorada en Arqueología de la Prehistoria por la Universidad de Oxford, repasa uno de los descubrimientos más relevantes del Antiguo Egipto.

 

Pérdida

"Vimos con bastante claridad que ante nosotros teníamos un trabajo muy duro, y que habría que eliminar muchos miles de toneladas de restos superficiales antes de poder esperar encontrar algo, pero siempre existía la posibilidad de que una tumba nos recompensara al final, y, aunque no hubiese nada más en lo que basarse, era una posibilidad por la que creíamos que valía la pena arriesgarse. De hecho, obtuvimos mucho más, y aun a riesgo de que se me acuse de clarividencia post actum, afirmaré que teníamos claras esperanzas de encontrar la tumba de un rey en particular, y que ese rey era Tut.ankh.Amen".
Howard Carter

La supervivencia de la tumba de Tutankamón casi intacta fue el resultado de una afortunada combinación de causas naturales y humanas. Pero, contrariamente a la percepción del público, su redescubrimiento en 1922 sí fue un acto deliberado: la culminación de un trabajo arqueológico detectivesco muy bien razonado. Cuando Howard Carter empezó a excavar en el Valle de los Reyes, Tutankamón era un faraón prácticamente desconocido de finales de la 18.a dinastía, que se había omitido en la historia oficial egipcia, y sin embargo había dejado los monumentos e inscripciones suficientes para confirmar su existencia. Su «tumba» (la KV 58) ya había sido descubierta y publicada: su cuerpo nunca se encontró.2 Carter no podía aceptarlo. Negándose a creer que el Valle hubiese entregado ya todos sus secretos, e incapaz de aceptar que la exigua KV 58 hubiese sido una tumba real, o incluso un enterramiento real secundario, Carter decidió encontrar al rey perdido. Para comprender el camino recorrido por Carter hasta Tutankamón tenemos que remontarnos al Valle de los Reyes a principios de la 18ª dinastía.

Durante muchos siglos, los reyes egipcios quisieron ser enterrados y ser recordados en enormes complejos de pirámides elevadas en los vastos cementerios del desierto, en el norte de Egipto. Esos complejos incluían tanto la tumba donde descansaba el cuerpo como el templo donde se hacían ofrendas regulares a los muertos. Luego, a principios de la 18.a dinastía, aproximadamente en 1550 a.C., se abandonaron los complejos de pirámides a gran escala. Los reyes se construirían a partir de entonces dos monumentos funerarios totalmente separados. Sus cuerpos momificados serían enterrados en relativo secreto, en tumbas excavadas en la roca como túneles en el Valle de los Reyes, en la orilla izquierda del Nilo, en la ciudad sureña de Tebas. La montaña de Tebas (el Qurn, o «cuerno», en árabe moderno), que se alzaba hasta formar un pico escarpado por encima de la nueva necrópolis, serviría como pirámide natural, manteniendo un nexo con las creencias del pasado, para aquellos que lo desearan. Al mismo tiempo, un templo conmemorativo altamente visible, apropiadamente situado en la frontera entre la tierra cultivada, hogar de los vivos, y el desierto estéril, hogar de los muertos, serviría como foco público accesible para el culto mortuorio real. Allí, los reyes muertos recibirían, hasta el final de los tiempos, las ofrendas necesarias para asegurarse su existencia después de la muerte.

No queda claro del todo por qué los faraones instigaron una ruptura tan grande con la tradición, pero parece probable que contribuyeran a ello diversos factores. Los reyes de la 18.a dinastía procedían de Tebas, y como eran sureños, quizá desearan un enterramiento más cercano al de sus reverenciados antepasados de la 17ª dinastía (reyes de Tebas, pero no del conjunto de Egipto), que habían elevado pirámides pequeñas y empinadas en el cementerio de Dra Abu el-Naga, en la orilla occidental de Tebas. Su creciente devoción a Amón, deidad patrona de Tebas, contribuyó casi con toda certeza a su decisión: mientras los campos de pirámides del norte se habían asociado mucho con el culto del dios sol Ra, de Heliópolis, las nuevas tumbas y templos conmemorativos pertenecían a un paisaje enorme y sagrado que incorporaba en la orilla occidental el extenso complejo de templos de Karnak y el más pequeño de Luxor, dedicados a Amón. Ra no había quedado olvidado, desde luego (los egipcios seguían siendo politeístas), pero en general se veía a Amón como el dios principal del Estado de la 18.a dinastía. Consideraciones más prácticas (coste y seguridad) también debieron influir en la decisión. Mientras los complejos de pirámides habían resultado ser extremadamente caros de construir y mantener, las tumbas al nuevo estilo no requerían prácticamente materiales y empleaban una fuerza de trabajo mucho más pequeña: un puñado de artesanos especializados solamente, a diferencia de las decenas de miles de trabajadores temporales no especializados necesarios para construir una pirámide. El problema de alimentar y acoger a todos esos trabajadores (una pesadilla logística para los constructores de pirámides) se resolvió rápidamente.

En el reinado de Tutankamón, los trabajadores de las tumbas reales, conocidos como «Sirvientes en el Lugar de la Verdad», eran empleados estatales a tiempo completo, que recibían un salario generoso. Ellos y sus familias vivían una vida modesta en Deir el-Medina; una ciudad en la orilla oeste construida ex profeso para acomodar a los trabajadores más eventuales empleados en las primeras tumbas de la 18.a dinastía. Mientras tanto, los muchos cientos de trabajadores requeridos para construir los templos conmemorativos de piedra se podían alojar a plena vista del público en general, junto al templo, al lado de las tierras cultivadas y el agua y los suministros de comida, y lejos del precioso cementerio.

La seguridad de la necrópolis sería siempre un tema importante en una tierra en que la élite insistía en ser enterrada con una gran variedad de objetos valiosos. Ineni, arquitecto de Tutmosis I, el primer rey que se sabe que fue enterrado en el Valle, subraya esta preocupación cuando nos dice en la pared de su propia tumba (TT81) que «supervisó la excavación de la tumba en el acantilado de Su Majestad, solo, sin que nadie le viera y nadie le oyera».

El Valle era la ubicación ideal para un cementerio secreto: remoto y de difícil acceso para un forastero, había que llegar hasta allí o bien a través de la estrecha y protegida entrada del Valle, o bien bajando por una pendiente endiablada y cubierta de guijarros. La debilidad principal siempre procedería de los trabajadores de la tumba, que tenían tanto el conocimiento como las habilidades prácticas para robar a los reyes a los que acababan de enterrar. La reducción del número de trabajadores fue, por tanto, una gran ventaja: cuantas menos personas supieran de las tumbas y su contenido, mejor. Se aplicaron unas estrictas medidas de seguridad: la entrada y salida del Valle estaba controlada, y se entregaban todas las herramientas de metal al final de cada turno. Después de que se bloqueasen las puertas de la tumba, se cubrían de yeso y se sellaban con uno o más sellos oficiales de la necrópolis. Ningún sello podía evitar que los ladrones entrasen en la tumba (aunque, como el sellado era un acto ritual, podía causar dudas debido a la superstición), pero cualquier manipulación resultaría obvia para los inspectores que patrullaban regularmente el cementerio buscando señales de daños. Las tumbas violadas se hacían aparecer intactas superficialmente de nuevo. Si no se podían evitar los robos, al menos se podían ocultar, permitiendo así a los funcionarios de la necrópolis fingir que todo iba bien.

Como autoproclamado devoto de Amón, Tutankamón desearía sin duda ser enterrado junto a sus antepasados o bien en el Valle de los Reyes o en su filial, el Valle Occidental. No era simplemente una cuestión de acomodarse a la tradición de la 18.a dinastía, aunque ésa habría sido sin duda una importante consideración para un rey que se promocionaba como restaurador de los valores religiosos y reales tradicionales. Los cementerios tenían su propia y potente magia, y los reyes muertos, ahora con los dioses, tenían espíritus poderosos que podían beneficiar a otros.

El enterramiento entre sus divinos antepasados, por tanto, ayudaría al recién difunto Tutankamón a conseguir su propia vida después de la muerte. Podemos suponer que Tutankamón habría deseado construir su tumba en el Valle Occidental, junto a la de su reverenciado abuelo, Amenhotep III (KV 22) y podemos esperar razonablemente que se hubiesen empezado los trabajos de su tumba lo antes posible en su reinado: ningún rey quería correr el riesgo de morir sin tener un hogar seguro para su cuerpo. Como Tutankamón inicialmente gobernó desde Amarna, una ciudad con su propio cementerio real, eso sugeriría que los trabajos en su tumba tebana empezaron durante los años 2 o 3 de su reinado, poco después de abandonar Amarna. Como había habido un lapso de veinticinco años en el programa de construcciones del Valle, las cosas quizá se iniciaran muy despacio, pero sus trabajadores debieron de tener siete u ocho años para construir su último lugar de reposo.

Fuera cual fuese su intención, ahora sabemos que Tutankamón no fue enterrado en una espléndida tumba real en el Valle Occidental. Fue enterrado, por el contrario, en una estrecha tumba no real excavada en el suelo del valle principal (KV 62). La explicación más aceptada es que Tutankamón sencillamente murió demasiado joven para realizar sus ambiciosos planes. La tradición sólo permitía setenta días en la casa de embalsamar antes del funeral, y ese tiempo no bastaba para hacer practicable su tumba todavía inacabada. Tutankamón, por tanto, tuvo que ser enterrado en una tumba sustitutoria... probablemente la tumba que su sucesor, el anciano cortesano Ay, había estado preparando para sí mismo.

Sin embargo, podemos cuestionar esa suposición de que los constructores de Tutankamón no tuvieron tiempo para hacer habitable la tumba que él había elegido. Tres décadas después de la muerte de Tutankamón, Ramsés I, de la 19.a dinastía, gobernó sólo durante dos años, y sin embargo sus arquitectos pudieron adaptar su tumba inacabada (KV 16) para acomodar su entierro de manera apropiada y regia; el bisnieto de Ramsés, Merenptá, gobernó sólo diez años (el mismo tiempo que Tutankamón) y fue enterrado en una tumba magnífica (KV 8). Parece mucho más probable que Ay, tras heredar el trono ya de anciano, y dándose cuenta de que se le acababa el tiempo, hizo un movimiento estratégico. Sólo cuatro años después de la muerte de Tutankamón, Ay fue enterrado en una tumba espléndida pero inacabada, en el Valle Occidental (KV 23), cerca de la tumba de Amenhotep III. Parece razonable suponer que igual que Tutankamón fue enterrado en la tumba destinada a Ay, éste fuese enterrado en la tumba destinada a Tutankamón. Es posible incluso que la KV 23 fuese iniciada originalmente para Amenhotep IV, hijo de Amenhotep III, antes de que éste cambiase su nombre a Ajenatón y trasladase su corte y su tumba a Amarna.

La tumba era el aspecto oculto de la disposición funeraria de Tutankamón. El aspecto visible (su templo conmemorativo) habría estado situado entre la hilera de templos que se encontraban en la orilla occidental tebana, al borde del desierto. Pero ese templo, junto con muchos otros, se desvaneció hace mucho tiempo, y sus valiosos bloques de piedra fueron reciclados en posteriores edificios. Docenas de bloques dinásticos se han recuperado de casas medievales en la orilla oriental, junto al templo de Luxor. Algunos de ellos datan del reinado de Tutankamón, y quizá tuviesen su origen en su templo conmemorativo, aunque es posible también que llegasen de un edificio aparte de la orilla este, la «Mansión de Nebjeperura en Waset [Tebas]», que ahora sabemos que fue construida por Ay en memoria de Tutankamón, y que ha desaparecido. Los bloques tallados muestran a Tutankamón en acción: yendo en procesión por el río, haciendo ofrendas, purificando estatuas y conduciendo a sus tropas en campañas contra los enemigos tradicionales de Egipto, los nubios (al sur) y los asiáticos (al este).

El ruinoso Templo de Ay y Horemheb proporciona una valiosa clave para situar el templo perdido de Tutankamón. Situado en la orilla occidental, cerca de los restos del templo conmemorativo de Tutmosis II y del templo mucho más intacto del rey Ramsés III de la 20.a dinastía, contenía un par de estatuas colosales de cuarcita roja estropeadas, talladas originalmente para Tutankamón y luego inscritas por Ay y usurpadas finalmente por el sucesor de Ay, Horemheb. Hoy en día esas estatuas se encuentran en el Museo de El Cairo y en el Instituto Oriental de Chicago. Es probable que Ay cogiese esas estatuas del templo de Tutankamón que, dado el tamaño y el peso de los colosos, presumiblemente estaría cerca: o bien en el edificio en ruinas conocido hoy en día como «Templo Norte», o bien en el «Templo Sur», igualmente en ruinas. Sin embargo, dada la complicada historia de la tumba de Tutankamón, resulta tentador sugerir que el templo de Ay y el de Horemheb podría haber empezado su vida como templo conmemorativo de Tutankamón, antes de ser usurpado por Ay. Aunque se han recuperado del templo unos pocos depósitos de fundación que tienen escrito el nombre de Ay, éstos podrían pertenecer perfectamente a una fase posterior de edificación.

El lugar de descanso de Tutankamón era una tumba no regia excavada en la roca típica de finales de la 18.a dinastía, una de las tres (las otras dos son la KV 55 y la KV 63) talladas en el suelo de caliza del valle principal. Se accedía a ella por un tramo de dieciséis escalones que descendían. Al fondo de las escaleras se abría una puerta a un estrecho pasadizo inclinado (con unas medidas de 8,08 de longitud, 1,69 de ancho y 2 m de alto), que conducía a una segunda puerta.5 Ésta a su vez conducía a una cámara rectangular (7,85 × 3,55 × 2,68 m), tallada unos 7,1mpor debajo del suelo del Valle, y orientada norte- sur. Esta primera cámara de almacenamiento, llamada «Antecámara » por Carter, permitía el acceso mediante una puerta sellada a una cámara de almacenamiento subsidiaria llamada «Anexo» (4,35 × 2,6 × 2,55 m, orientada norte-sur). El suelo del Anexo estaba casi un metro por debajo del suelo de la Antecámara. La Cámara de Enterramiento (6,37 × 4,02 × 3,63 m) estaba separada de la Antecámara por un tabique de piedra seca enyesada que contenía una puerta oculta. La Cámara de Enterramiento estaba orientada este-oeste, y su suelo también se encontraba casi un metro por debajo del suelo de la Antecámara. Al abrir la Cámara de Enterramiento se encontraba una cámara de almacenamiento secundaria, el «Tesoro» (4,75 × 3,8 × 2,33 m, orientado norte-sur).

Las tumbas reales de la 18.a dinastía estaban decoradas tradicionalmente con textos exclusivamente reales y escenas tomadas de una colección de escritos religiosos llamada Libros del Más allá o Guías para la Otra Vida. Éstos proporcionaban ayuda al rey en su viaje a la vida eterna, recordando la aventura nocturna del dios sol Ra. Cada día, el joven y vigoroso Ra navegaba con su barco por el plácido cielo, llevando la luz a Egipto. Cada noche, ya viejo y frágil, Ra pasaba a su barco nocturno y entraba en el Duat, el mundo oscuro y oculto del sol nocturno. Si todo iba bien, podría renacer en el este al amanecer.

En la tumba a pequeña escala de Tutankamón, el pasadizo, la Antecámara, el Anexo y el Tesoro seguían sin enyesar y sin decorar. Sólo la Cámara de Enterramiento estaba enyesada y pintada. Los daños por humedad sufridos por un cierto número de objetos de la tumba sugieren que ese yeso quizá no estuviese seco del todo cuando se selló la tumba; una indicación más de que la tumba se preparó para el rey en el último minuto. La decoración es similar en composición y estilo a la decoración de la tumba de Ay; esto no resulta sorprendente, ya que las tumbas son casi contemporáneas, y parece probable que ambas fueran construidas por el cortesano Maya, «capataz de obras en el lugar de la eternidad», y «capataz de obras en occidente».

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