Arnold Böcklin, el pintor simbolista que atrapó a Hitler

Sus paisajes oníricos y sus alusiones clásicas fueron usadas como metáforas del idealismo nacionalista germánico. El "Führer" compró todas las obras que halló.

"Autorretrato", de Arnold Boecklin (1872).

La fascinación de Hitler por las creaciones de Böcklin era más que notable y, de hecho, reunió al menos once obras, contando pinturas y dibujos, del pintor suizo que había muerto en 1901 obsesionado con el tema de la muerte.

El artista suizo Arnold Böcklin tuvo, entre 1855 y 1876, hasta once hijos -algunos autores hablan de catorce- con su esposa Angelica, a quien había conocido durante uno de sus viajes a Roma. Por desgracia, al menos cinco de ellos murieron cuando todavía eran unos niños.

Conociendo estos trágicos antecedentes vitales, no es de extrañar que la pintura que hoy se considera su obra maestra tenga a la muerte como principal protagonista, escribe Javier García Blanco en su blog Arte secreto.

La obra en cuestión, titulada La isla de los muertos -llegó a realizar cinco versiones, de las que se conservan cuatro- alcanzó tal fama en su tiempo que no sólo causó furor entre las élites intelectuales y artísticas de media Europa, sino también a nivel popular, hasta el punto de que a comienzos de siglo XX eran muchas las casas en Berlín que contaban con una reproducción.

Aunque nació en Basilea (Suiza), en 1827, Böcklin realizó la mayor parte de sus estudios artísticos fuera de su patria. Primero en la Escuela de Pintura de Düsseldorf, más tarde en Bruselas y Amberes, después en París -llegó a trabajar en el Museo del Louvre- y finalmente en Roma.

De este modo, y aunque en sus primeros años su obra se caracterizó por una clara influencia del paisajismo romántico, Böcklin tuvo ocasión de “empaparse” con las obras de los artistas flamencos y holandeses durante su estancia en los Países Bajos, de los grandes maestros europeos al trabajar en el Louvre y de recibir el influjo de los genios del Renacimiento al vivir en Italia.

Poco a poco su estilo fue transformándose hacia el simbolismo, con pinturas en las que mezclaba escenarios y paisajes oníricos y fantásticos con temas mitológicos y arquitecturas clásicas. En este estilo, precisamente, es en el que se encuadra la ya icónica La isla de los muertos.

Böcklin estaba trabajando en la primera versión de la obra -encargada por su mecenas Alexander Günther- cuando en abril de 1880 recibió en su casa de Florencia la visita de Marie Berna, condesa de Oriola.

Berna había enviudado recientemente y, al contemplar la pintura que el artista estaba rematando, quedó tan impresionado que le rogó a Böcklin una copia para ella. Hasta ese momento la primera versión era un mero paisaje, pero el pintor añadió la barca con el ataúd blanco y las figuras humanas a petición de la mujer, que quería una obra en recuerdo de su esposo, una “pintura con la que soñar”.

La obra no tuvo título definido hasta 1883 -Böcklin prefería no titular sus cuadros, pues creía que influían demasiado en la interpretación que los espectadores hacían de las obras-, y fue el marchante de arte Fritz Gurlitt -quien le encargó una tercera versión-, el responsable de la autoría del título que todos conocemos, refiere Javier García Blanco.

Las distintas versiones de La isla de los muertos gozaron de tal éxito que Böcklin llegó a disfrutar de una enorme popularidad en los últimos años de su vida, especialmente en Alemania, y su obra atrajo la atención de intelectuales, músicos y artistas de su época. Entre estos últimos se contaban Max Klinger o Ferdinand Keller y, algunas décadas más tarde -con Böcklin ya fallecido- influyó de forma notable en pinceles de la talla de Kandinsky, Munch, Dalí o De Chirico.

La sugerente y evocadora obra de Böcklin, sin embargo, no sólo fascinó a representantes de la cultura y el ambiente intelectual de su época. Paradójicamente, aunque el artista había nacido en Suiza y había pasado buena parte de su carrera en Italia, sus paisajes oníricos y atmosféricos y sus alusiones clásicas acabaron por ser empleados como metáforas del idealismo nacionalista germánico.

Por esta razón, no es de extrañar que en el año 1933 fuese el mismísimo Adolf Hitler -entonces recién nombrado canciller de Alemania- quien se hiciese con la tercera versión de la pintura (la encargada por Gurlitt) durante una venta de la obra.

La fascinación del Führer por las creaciones de Böcklin era más que notable y, de hecho, hasta su muerte reunió al menos once obras suyas, contando pinturas y dibujos. Su favorita, sin embargo, fue siempre La isla de los muertos, que en un primer momento decoró los muros del Berghof en Obersalzberg, y más tarde colocó en la Nueva Cancillería de Berlín.

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial la pintura pasó a formar parte de los fondos de la Alte Nationalgalerie de Berlín, donde continúa hoy. El destino de las otras versiones fue dispar: la primera versión cuelga en las salas del Kunstmuseum de Basilea, la segunda se encuentra en el Metropolitan de Nueva York, la cuarta fue destruida durante los bombardeos de la segunda ‘gran guerra’ y la quinta se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Leipzig, detalla Javier García Blanco.

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