El arte de escribir novelas de espías

¿Qué se necesita para lograr una buena historia de suspenso, intriga, crímenes y secretos internacionales? El escritor Adam Lebor revela su receta. Admirable.

Reproducimos el excelente artículo del escritor y periodista Adam Lebor, publicado en el diario elcultural.es.

Miren bajo la superficie de un periodista, sobre todo si es un corresponsal en el extranjero, y la mayoría de las veces encontrarán a un escritor frustrado de thrillers. Cubrimos disturbios, revoluciones y golpes de Estado; nos detienen, nos disparan, nos lanzan gas lacrimógeno, y todo mientras recopilamos experiencias y material que son la esencia misma del drama humano. Que usemos la libreta para crear tanto obras de ficción como textos objetivos parece una evolución natural.

En teoría, escribir una novela de espías es sencillo. La fórmula básica se remonta a la antigüedad, a la Odisea y la Biblia. Tomen un héroe imperfecto pero simpático, envíenlo a un arriesgado viaje en el que se ve obligado a enfrentarse a sus demonios interiores, hagan que el peligro crezca a cada paso, que un aliado o dos lo traicionen, pero asegúrense de que derrota al enemigo y sale magullado, más sabio y triunfante.

En la práctica, sin embargo, es algo más complicado. Al principio, me pareció que mi experiencia como corresponsal era positiva en lo tocante a la ficción. Tras 20 años cubriendo noticias en Europa del Este tenía buen ojo para los detalles reveladores, sabía reconocer una buena cita y había adquirido algunos conocimientos sobre las intrigas internacionales. Pero en muchos sentidos, las seis preguntas del periodismo -quién, qué, cuándo, dónde, por qué y cómo - son un mal entrenamiento para una carrera en la literatura de ficción.

La esencia del periodismo es la revelación y la explicación: presentamos al lector los motivos y las consecuencias de un acontecimiento. Respondemos a las preguntas, transmitimos las complejidades y nos encargamos de las reflexiones para que ustedes no tengan que hacerlo. O no demasiado. La esencia de la ficción, especialmente la de la novela de espías, es justo la contrario: la confusión, el misterio y el engaño serpentean a través de un laberinto de curvas (en el mejor de los casos, sembrado de cadáveres de agentes dobles, víctimas inocentes, mujeres fatales y empresarios siniestros). Una gran parte del placer de quien lee novelas de suspense y crímenes y libros de misterio reside en ser capaz de encontrar el camino y conectar los hechos por sí solo (un susurro en la página 5, por ejemplo, que se repite en la 205).

Mi primera novela de suspense, The Budapest Protocol, se inspiraba en un documento del espionaje estadounidense de 1944 que exponía el plan secreto nazi para el Cuarto Reich: un imperio económico que se asemeja alarmantemente a la actual Unión Europea. El argumento estaba trazado, así que a continuación venía el héroe. Alex Farkas era un corresponsal en el extranjero afincado en Budapest que echa por tierra la conspiración y conquista a la heroína de piernas largas y atractivas. Los primeros borradores eran en esencia versiones ampliadas de lo anterior. Hacia la página 3, había desvelado el argumento. En la 6, había indicado el posible final. No era unthriller. Era un memorándum.

Pronto comprendí que escribir ficción exigía no tanto aprender a marchas forzadas el arte de dominar la trama y el ritmo, los personajes y el pulso narrativo, como una gran curva de desaprendizaje. Y una vez vencido el impulso de explicar, había otros peligros: abusar de la investigación; ofrecer demasiados indicios a unos lectores que suponemos tontos para encontrar las co- nexiones (no lo son); y los diálogos didácticos. Quizás lo peor de todo sea el síndrome de la autobiografía. Como me decía un amigo: “Disfruté de The Budapest Protocol, Adam, pero a lo mejor la próxima vez deberías probar a crear un protagonista que no sea periodista y no tenga un nombre de cuatro letras que empiece por A”.

Pero con tenacidad y trabajo duro, se puede llegar a desaprender. El modelo, por supuesto, es Frederick Forsyth, que trabajó como periodista para Reuters y la BBC. Su primera novela, Chacal, es tensa, apasionante y está escrita con brillantez. “La tensión proviene de la doble persecución”, me explicaba Forsyth hace poco. “Chacal persigue a de Gaulle, mientras que los servicios secretos franceses persiguen a Chacal”. Según Forsyth, el ciclo informativo actual ofrece multitud de fuentes de inspiración a los corresponsales en el extranjero que quieran probar suerte escribiendo novelas de suspense. “Básate en tu propia experiencia”, proseguía. “Si has cubierto los acontecimientos de Irak, Afganistán o Somalia, escribe sobre ellos, porque estabas allí, fuiste testigo de lo que pasó y lo conoces muy bien”.Chacal es un libro cargado de información, lleno de instrucciones útiles, desde cómo conseguir un pasaporte falso -tomen el nombre de un bebé muerto del cementerio de una iglesia - hasta cómo comprar ilegalmente y montar un rifle de francotirador. El libro se publicó en 1971, pero la artimaña del pasaporte seguía siendo válida muchos años después, según Forsyth, hasta que aparecieron los pasaportes biométricos. 

Puede que sea el “factor Forsyth”, pero tener un apellido que empieza por F ayuda. Dan Fesperman, que trabajó como periodista y corresponsal para The Baltimore Sun, ha escrito ocho novelas de espías. El británico John Fullerton fue periodista de Reuters. Alan Furst hizo un viaje en barco por el Mar Negro y a lo largo del Danubio por encargo de Esquire, lo que le sirvió de inspiración para sus novelas. Pero la F no es imprescindible. La exitosa trilogía de Lisbeth Salander escrita por Stieg Larsson se basa en su trabajo como periodista investigando a la extrema derecha de Suecia. Alex Berenson, un antiguo periodista de The New York Times, pasó algún tiempo en Irak en 2003 y 2004, lo que le sirvió de inspiración para su serie de John Wells. “La intensidad de la experiencia fue un combustible potente para mí como escritor”, me decía en un mensaje de correo electrónico. “Algunos pasajes de The Faithful Spy están sacados directamente de lo que vi”. 

Pero la actualidad excesiva tiene sus riesgos. Un ataque aéreo israelí en Irán o un ataque norcoreano en Corea del Sur parecen argumentos perfectos. ¿Pero y si disminuye la tensión en Oriente Próximo o Pyongyang y Seúl vuelven a llevarse bien? Como dice Berenson: “Quiero estar por delante de las noticias y apartarme de ellas”. En la era del ciclo informativo de 24 horas, los escritores de thrillers siguen necesitando pulsar el botón de pausa. 

Seguí leyendo aquí la nota de Lebor y sus libros recomendados.

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3 de Diciembre de 2016|14:16
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