Maldición eterna para quien lea a Dan Brown

Los críticos lo destrozan por sus errores históricos, afirmaciones inverosímiles y prosa desprolija, pero al escritor estadounidense, sólo le importa el dinero.

Si Dante Alighieri descendió al Infierno para retratar el sufrimiento de los pecadores, Dan Brown escribió Inferno, su nueva novela, como si se tratara de una guía de turismo.

Alighieri compuso La divina comedia para escarmentar; Brown fabricó su sexto libro para distraer. Por eso el autor estadounidense dice con certeza que no le interesa la opinión de los críticos sino el número de ejemplares que ha vendido.

No busca la gloria literaria sino el éxito. Lo intentó primero con la música. Quiso ser una estrella pop y fracasó. Pero capturó la fama inventando modernas tramas de misterio con abundantes referencias históricas accesibles a un amplio público, escribe Ángel Páez para larepublica.pe.

El propio Brown lo admite. En una entrevista al diario londinense The Sunday Times confesó que era esclavo de la escritura porque necesitaba publicar títulos superventas.

"Cada mañana me levanto a las cuatro para escribir, pero a veces antes de esa hora. Ayer, por ejemplo, lo hice a las 3 y 45 de la mañana. Si hubiera acumulado una fortuna de 100 millones de dólares, ajustaría mi alarma a las seis de la mañana. Para mí, las cuatro de la mañana es normal. Duermo entre cinco y seis horas, nada más. No importa lo que haga o pase en mi cama, después de cinco a seis horas me despierto. No pongo el despertador", explicó. "Escribir es una cosa terrible, es algo inhumano. Antes me gustaba escribir, me daba placer hasta cierto punto, pero ahora me resulta muy agotador".

Brown se ha convertido en la presa favorita de los críticos. Uno de los más feroces es Umberto Eco. En un principio lo repudiaba. Decía que los lectores de Ulises de James Joyce jamás tocarían una página de las novelas de Brown. Pero ante la arrolladora popularidad del autor de El código Da Vinci (2003), Eco ironizó sobre el éxito del norteamericano.

En una entrevista con la prestigiosa revista Paris Review, reconoció que "era culpable" de haber leído dicha novela y dijo que "el autor, Dan Brown, ¡es un personaje de El péndulo de Foucault! Yo lo inventé. Brown tiene la misma fascinación que mis personajes por el mundo conspirativo de los rosacruces, masones y jesuitas. Por el papel de los caballeros templarios. Por el secreto hermético. Por el principio de que todo está conectado".

De no haber sido por la lectura de La conspiración del fin del mundo (1991), de Sidney Sheldon, Brown podría haber insistido en su carrera musical (quería ser el Barry Manilow de su generación). Hasta ese momento había grabado tres álbumes, que no sonaron ni tronaron. La novela lo animó a escribir su primer título, La fortaleza digital (1998) sobre las operaciones de espionaje contra ciudadanos comunes y corrientes por parte de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés). Le llovieron críticas negativas por errores en la información, defectos e incongruencias, pero el libro se vendió, que era lo que más le importaba.

Brown relató a The Sunday Times cómo dio el salto de la música a la literatura: "Yo estaba en el lugar correcto, pero en el momento equivocado. En Hollywood muchos me dijeron: `Si hubieras llegado hace diez años, te convertías en una estrella´, pero en ese momento reinaba Milli Vanilli. Era el amanecer del rap. Una mañana me senté en la cama y me dije: Voy a escribir una novela. Cuando llegué a la mitad, se la hice leer a mi esposa, Blythe Newton, y me dijo: `Está buena, termínala. Tardé casi un año y medio. Me pagaron 10 mil dólares".

Tardó menos tiempo con Ángeles y demonios (2000), título que robó a uno de sus discos. En la novela aparece por primera vez el profesor Robert Langdon, su alter ego. El hombre que descifra los más desafiantes códigos secretos, los símbolos más recónditos, las conspiraciones más descabelladas.

El hijo de un profesor de matemáticas y una organista de iglesia episcopal comenzó a probar el éxito con La conspiración (2001), que alcanzó la lista de los más vendidos. La cumbre estaba a un paso. Dos años después, lanzó El código Da Vinci (2003), en la que reapareció Langdon. Lo que Brown no consiguió con la música, lo conquistó con el thriller.

Sin embargo, las ventas extraordinarias, la rutilante exposición mediática del autor, el estrellato hollywoodense, no impidieron el surgimiento de una ola de cuestionamientos por las imprecisiones geográficas, afirmaciones sin sustento histórico y los gruesos errores argumentales, que podrían superar en páginas a El código Da Vinci.

La reputada crítica literaria del diario The New York Times, Janet Maslin, cuestionó que la trama de la novela de Brown se basara "en suposiciones asombrosas que llegan al borde de la exageración" y que el autor solía referir hechos "sobre los que la evidencia empírica y la fe religiosa chocan".

La siguiente novela, El símbolo perdido (2009), en la que Langdon se enreda en una conspiración masónica en Washington, aunque menos popular que la anterior, no le ahorró controversias por la persistencia de Brown de pretender convertir en verdades sus ficciones.

Inferno (2013), con el profesor Robert Langdon poseído por la idea de que en La divina comedia existen recónditos indescifrados y se lanza a Florencia en busca de las respuestas, tampoco es una excepción a las severas objeciones, especialmente de los italianos.

Elizabeth Longo, de la revista Tempi, escribió: "Aburrido. Sólo pude llegar hasta la mitad. (...) Nos hizo bostezar la trama descuidada y poco convincente. Por 25 euros (el valor del libro), mejor es comprar una montaña de crucigramas para pasar la semana".

Mientras Brown anunciaba que le gustaría que Roberto Benigni, el consagrado actor y director italiano ganador del Oscar, dirigiera la versión cinematográfica de Inferno, la prensa italiana lanzó a la hoguera de la controversia el libro inspirado en La divina comedia.

Abbiati Daniele, crítico del diario Il Giornale, hizo un recuento de los gravísimos errores del escritor. Mencionó, con la paciencia de un perito, que -entre las decenas de gazapos- Brown aseguraba que el David de Miguel Ángel mide 5,20 metros de altura, cuando en realidad es 4,10 metros. Refuta al novelista cuando dice que Sandro Botticelli pintó un cuadro sobre el infierno, pero lo cierto es que hizo varios dibujos. El escritor indica que la iglesia de Santa Sofía se fundó hace 360 años, pero fue en el año 537. Y así sucesivamente, página por página.

La respuesta de Dan Brown a sus detractores fue: "Escribo por placer y los críticos tienen gustos distintos a los míos, así que nada puedo hacer".

Los italianos son amables en comparación con los ingleses. Peter Conrad, crítico del influyente diario londinense The Guardian, apuñaló: "Solía creer que Dan Brown era malo. Ahora, después de leer la última versión de su thriller apocalíptico que cada cierto tiempo reescribe, sospecho que podría estar loco. La Academia Hogwarts de Magia y Hechicería -donde estudió Harry Potter-, en comparación con el cerebro de Brown, es un lugar bien iluminado, limpio y muy lúcido".

Michael Deacon, del periódico The Telegraph, se burló de la situación. Escribió que Brown llamó a su representante literario preocupado porque los críticos fustigaban que Inferno estaba mal escrito. "A quién le importa lo que dicen los críticos, estúpido. Su libro vende millones de ejemplares", le contestó.

Aunque la verdad es que Brown ha terminado por convertirse en el mejor publicista que Dante Alighieri haya tenido en siglos. Ahora todo el mundo quiere leer La divina comedia porque, como diría Jorge Luis Borges, en ese libro "no hay palabra injustificada".

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