Ni mitos ni complots: las mentiras de la historia

Las mujeres que invadieron Versalles en 1789 eran hombres, España no hundió el "Maine", Wyatt Earp no sabía disparar y Nelson le pidió un beso a su capitán.

Destruir mitos se ha convertido en una de las obsesiones de la sociedad contemporánea, empeñada en transformar historia y actualidad en una suerte de conspiración universal.

Desmontando la historia. Un libro que desmitifica las falacias tradicionalmente aceptadas de la historia contemporánea (Volter) sirve a ese fin a la perfección. Sus autores, Ed Rayner y Ron Stapley, dos profesores británicos de Historia Contemporánea, intentan desenmascarar a granujas disfrazados de héroes, zanjar controversias de siglos y aclarar las tergiversaciones históricas más persistentes en la memoria colectiva.

Fieles a su origen, su trabajo desmitificador se centra sobre todo en capítulos de la historia de Gran Bretaña y Estados Unidos, además de dedicar especial atención a la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y Stalin.

En otros episodios al lector extranjero le parecerá que pecan de anglocentrismo, al dedicar capítulos a personajes del calibre del sheriff Wyatt Earp -que ni fue sheriff, ni un justiciero, ni sabía manejar el revólver-, al sitio del Álamo -ponen en duda la heroicidad de David Crockett y los suyos frente al ejército mexicano- o al general Custer. En los tres casos, Rayner y Stapley derriban de un plumazo la imagen que Hollywood se ha esforzado por dar de las leyendas de la corta historia estadounidense.

Sobre Pearl Harbor ponen en duda la versión oficial sobre el "traicionero" ataque japonés y no conceden credibilidad a la teoría conspiratoria de que Roosevelt se dejó bombardear para entrar en la guerra.

Del hundimiento del Maine, aseguran que sirvió de excusa a Estados Unidos para declarar la guerra al Gobierno de Madrid el 25 de abril de 1898. En contra de las múltiples informaciones publicadas entonces por los periódicos de Estados Unidos, el barco fue volado antes por insurgentes cubanos que por soldados nacionales. No se descarta la posibilidad de una explosión accidental, provocada por el mal estado de la munición que se almacenaba en el buque, o por la mezcla casual de oxígeno y polvo de carbón.

También confirma el libro que el bombardeo de Guernica durante la Guerra Civil española fue obra de la aviación alemana e inspirada por el bando nacional, pese a los múltiples intentos franquistas de negar su responsabilidad, durante y después de la contienda.

Finalmente, Rayner y Stapley niegan que la Guerra Civil española sirviera de ensayo general de la Segunda Gran Guerra a las potencias mundiales. Aseguran que la participación de Italia y Alemania, de un lado, y Francia, Reino Unido, Unión Soviética y Estados Unidos, de otro, fue más bien limitada. Ni estaban especialmente interesados ni su aporte bélico fue significativo. Y las brigadas internacionales no llegaron a enviar los 80.000 hombres de que se ha hablado. Dicen, fueron sólo 35.000.

Entre los mitos modernos, los autores analizan si Ronald Reagan mereció su reputación, si Mijaíl Gorbachov causó verdaderamente el hundimiento del comunismo y de la Unión Soviética y si Margaret Thatcher fue en verdad la esperanza blanca del conservadurismo británico.

Más sabrosas resultan al profano las anécdotas de la historia, pequeñas mentiras que han perdurado durante siglos en el imaginario colectivo. Por ejemplo, la Marcha de las Mujeres, que sacó del palacio de Versalles a la familia real francesa en 1789, estaba integrada por un puñado de hombres disfrazados. Y el primer ministro británico conocido como Pitt El Joven no dijo en el lecho de muerte "Mi patria, cómo voy a dejar mi patria", el 23 de enero de 1806. Su frase fue, por el contrario, mucho más prosaica: "Ahora me comería ese pastel de carne de cerdo de Bellamy".

Rayner y Stapley también echan por tierra el legendario final del almirante Nelson, quien antes de morir se dice que susurró a su capitán: "Kismet [destino, del persa qismat], Hardy". Nada más lejos de la intención del héroe británico, porque sus deseos eran otros: "Kiss me [bésame], Hardy".

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