A 99 años del nacimiento de Aníbal Troilo

Un homenaje a Pichuco, uno de los bandoneonistas más grandes de todos los tiempos.

“El tango es sólo uno. Tal vez la única diferencia está en los que lo hacen bien y los que lo hacen mal”, dijo una vez Pichuco.

Si no fuese por haber oído tantos demonios en el fuelle cuando la noche porteña se desnuda ante los bohemios al ritmo añejo del dos por cuatro, no podría escribir siquiera una línea más en adelante sobre este Aníbal Carmelo. Más, entendiendo que mis ojeras juegan asemejándose a la oscuridad del café que Discepolín dejó enfriar sin beber, de puro lunático nomás y sólo un tango entiende el porqué.

Noventa y nueve años se cumplen de cuando Felisa dio a luz un sueño vivo de bandoneón, allá en el barrio porteño de Abasto, y cuánto sueño vivo habría allí que a los diez años recibía Pichuco, de manos de mamá, el regalo que no soltaría jamás nunca, y digo jamás nunca porque hoy lo vemos a Pichuco en cualquier foto, esquina, café o altar tanguero que nos dejó un pedazo de recuerdo de bohemia eterna al módico precio de dos cuotas pagas y al olvido de las restantes por desaparición del vendedor. Allí comenzaba el asombro ante el sonido que escribe hoy esta historia.

Con tan sólo once años actuó por primera vez en un escenario para nunca más bajar de él. A los catorce formó su quinteto y ya prometía. Vaya si no fue así que a los quince lo contrataron para formar un sexteto. ¿Te digo junto a quiénes? Vardaro, Gobbi, Lucio Demare y un tal Pugliese. ¡Tomá pa´vó, pibe!

Después pasó por orquestas de fenómenos del tango y, cuando digo fenómeno estoy refiriéndome a Maglio, D´Arienzo, Cobián y Julio de Caro. Nada de chamullo. Si te cuesta creerlo, preguntá también por los amigos que supo tener Pichuco; Ciriaco Ortíz, Catulo Castillo o el gran poeta Homero Manzi, acaso su hermano más amado, entre tantos. Todo esto parece un cuento, pero es sólo expresión arrabalera y de ahí no pasa. Si ahora escuchás a Pichuco junto a Piazzola interpretando “Volver” o “El motivo”, vas a comprender que esta es la justa.

Cuando el tango invadía con su congoja las paredes del compadrito cabarute de moda, allá por 1937, Pichuco debuta con su primera orquesta en la boite Marabú desparramando “Tinta verde” junto a “Toda mi vida”. Para que no duerma el arrabal peleando al sueño, llegará “El último granito” en la voz de Edmundo Rivero. Cuando “La medianoche” rió bajo “El último farol”, llegó un “Milonguero triste” de “El conventillo” para soltar las “Tristezas de la calle Corrientes”. Vos dirás: “otra vez Pichuco”. Efectivamente. La guitarra de Greta también lo sella entre “la tablada” y “la trampera”. Pero hay más, yo también “Soy porteño” y “Nuestro Buenos Aires” tiene “Quejas de bandoneón” ahogadas en el “Bulín de la calle Ayacucho” o en el “Café de los Angelitos”, donde el instrumento del gordo abrazaba la poesía de Cadícamo “pa’ que bailen los muchachos” bajo la “Garúa”. ¡Qué nostalgia, la pucha que lo tiró! Si hasta dan ganas de cantar: “Veredas que yo pisé / malevos que ya no son / bajo tu cielo de raso / trasnocha un pedazo / de mi corazón”…

En 1851 murió Homero Manzi y Pichuco entró en un estado de depresión del cual logró salir una madrugada cuando, sintiéndose totalmente ajeno a las mesas del bacará jugado en el cabaret donde estaba, escribió las notas de “Responso”, dedicado al poeta.

La noche llevó a Pichuco al teatro, lugar donde una vez eligió morir por la particularidad de emociones allí encontradas; hablo de la obra “El patio de la morocha”, elogiada con aplausos hasta el hartazgo. Dio una vuelta por el cine nacional con las películas “Mi noche” (1952), “Vida nocturna” (1955) y “Prisioneros de la noche” (1960). Aquel paseo vivió un profundo romance con noches de pichicata sobre sábanas de alcohol desmesurado. Madrugada sin tregua, arduo ambiente y el desvelo de tanto artista queriendo vivirlo todo: fueron haciendo de Pichuco una estrella con brillo propio que nadie ha podido apagar. “Por eso el gordo Troilo tiene tantos pecados con razón, que al lado de Jesús y al lado del ladrón, también ganó su cruz de angustias y alcohol” (Espósito y Francini).

Al cumplirse veinte años de la muerte de Homero Manzi, Pichuco inaugura en Pompeya una plaza con el nombre del poeta. En ese mismo 1971, nada más ni menos que junto al Polaco Goyeneche, da a luz a “El motivo” y “Coplas”. Luego supo atravesar noches enteras sin olfato de sol por un largo tiempo, dentro del célebre Caño 14 de la calle Talcahuano, junto a De Lio, Del Bagno y Colángelo, para resistir la embestida del rock, el boggie italiano y el Club del Clan. Anécdotas sin medida acaparan al gordo; Zita, su esposa, contaba que solía irse al almacén con un bolso en busca de soda y regresaba a los tres días… ¡sin la soda! Aquí vemos la respuesta al porqué de tanta vida bajo un techo nuboso de porteña noche; “en la calle se aprende a vivir. Buenos Aires es tango, Gardel, la noche, la mujer, el amigo, es mi vida”, supo decir Troilo en una entrevista.

Nunca se consideró músico, sí tanguero, acaso de ley. Acompañó la poesía con ritmo propio, deslumbrando a quienes lo escucharon. Los burdeles proclamaron a su bandoneón como emblema a sus noches dulces de bité. Bajo faroles de la vieja Pompeya o en añejos boliches de San Telmo se escuchan tangos del tiempo aquel, donde malevos con solapas entabladas y charol escribían sobre el piso un ritmo emberretinado del bandoneón de Pichuco. No hay bohemio que no añore verlo dándole vida al “Sur” que resurge a diario desde un disco embriagado del alma o del corazón penoso bañado en tinta roja que nunca morirá.

El 17 de mayo de 1975 brindó su última actuación, en el Odeón, y por escasa horas no cumplió su anhelo del final. Somos todos testigos de “La última curda” de Pichuco y es un ícono nunca ausente cuando los demonios del fuelle dejan escapar un tango hacia la noche bohemia y desnuda. Se marchó físicamente el 18 de mayo de aquél 75, quedándose para siempre en el recuerdo, porque sin Pichuco no hay luna ni estrella que abrace las notas del tango, y sin Troilo no hay bandoneón.

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