Ritos, manías y supersticiones de grandes escritores

¿Sabías que Simenon usaba siempre la misma camisa, que Mark Twain contaba las palabras y que Hemingway escribía con una pata de conejo en el bolsillo?

Las costumbres diarias que terminaron convirtiéndose en una especie de ritual que dio origen a grandes obras de la literatura universal son rastreadas por el escritor italiano Francesco Piccolo en su libro Escribir es un tic, que reúne manías de autores como Marcel Proust, Thomas Mann, Franz Kafka o Mark Twain, entre otros.

Así como la historia tiene su intrahistoria, como definió alguna vez Miguel de Unamuno a la vida cotidiana de la gente común que transcurre al margen de los grandes hechos, los escritores tienen también hábitos consolidados que se vuelven imprescindibles a la hora de sentarse a escribir.

Escribir es un tic, editado por Ariel, trabaja sobre esta consigna pero se permite ir más allá. ¿Cuestión de disciplina o cuestión de inspiración? ¿Escribir es reescribir? ¿Por qué escriben los escritores? ¿Es la escritura un oficio solitario? ¿Qué horas son las más propicias para buscar la inspiración? ¿Quién es el escritor más extravagante en cuanto a ritos?

La obra reúne jugosas anécdotas sobre los métodos y las manías de escritores de todos los tiempos y nacionalidades, de Honoré Balzac a Ken Follett, de Francisco de Quevedo a Martin Amis, de Charles Dickens a Michael Crichton, de Juan Ramón Jiménez a Isabel Allende, de Thomas Mann a John Grisham, de Marcel Proust a Miguel Delibes, de T.S. Eliot a Umberto Eco, y de Benito Pérez Galdos a William Faulkner.

El libro, según plantea Piccolo en el prólogo, nació de un deseo íntimo: “Sentía la necesidad de reunir una documentación práctica para mostrar que el oficio de escribir tiene sus reglas y no se parece en nada a esa imaginería de colegial tan falsa”.

Se le atribuye al compositor Ludwig van Beethoven la frase “el genio se compone de un dos por ciento de talento y un 98 por ciento de perseverante aplicación”, que habría oficiado como respuesta categórica ante la pregunta de una mujer sobre la naturaleza de su talento musical.

“No es talento, señora. Tampoco magia. Usted puede ser tan buena como yo: todo lo que tiene que hacer es sentarse al piano y estudiar ocho horas diarias durante cuarenta años”, habría contestado en aquel entonces el genial músico.

En sintonía con esta idea, Piccolo recopila costumbres, manías y supersticiones de los escritores a la hora de escribir, como si conocer en detalle los hábitos y las técnicas de trabajo permitiera explicar los alcances de la creación literaria.

Escribir es un tic evoca, por ejemplo, que el belga George Simenon usaba siempre la misma camisa o que Gabriel García Márquez suele escribir hasta que el agente literario le imprime el manuscrito a la fuerza: “Un libro no se termina, se abandona”, ha explicado varias veces el autor de Cien años de soledad.

García Márquez señala que su maestro fue Hemingway. ¿Qué aprendió de él?: “El descubrimiento de que el trabajo de todos los días sólo debe interrumpirse cuando ya sabes cómo reanudarlo al día siguiente. No creo que se haya dado nunca un consejo mejor para escribir. Es el remedio absoluto contra el fantasma más temido por los escritores: la agonía matutina ante el papel en blanco”.

Hay escritores que necesitan silencio y soledad para concentrarse, como es el caso de León Tolstoi, y algunos como Jean Paul Sartre y Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que escribían en un café, rodeados de gente. A otros, como a la francesa Marguerite Duras, les bastó con tener al lado una botella de whisky.

Los hay noctámbulos, como Marcel Proust, que escribía sólo de noche y en la cama, o mañaneros como Paul Valery que lo hacía sólo de 4 a 7 de la mañana. Otros multifacéticos, como Alberto Moravia, que dedicaba las mañanas a sus actividades literarias y las tardes a trabajar como periodista.

El escritor italiano Claudio Magris prefiere la soledad más urbana: “En casa no puedo escribir, necesito aislamiento, y la cafetería es un aislamiento especial, es el sitio donde la soledad se verifica en medio de los demás”.

Por su parte, al crítico Harold Bloom le ocurre algo parecido, pero en su casa: “Puedo escribir donde sea, incluso en la cocina mientras preparan la cena. Mejor aún si la vida sigue su curso a mi alrededor, sin mí”.

Kafka confesaba que el ritmo de su vida estaba organizado exclusivamente con visitas a la escritura: “Si experimenta cambios, lo hace para adaptarse lo mejor posible al escritor, porque el tiempo es corto, las fuerzas son escasas, la oficina es un espanto, la habitación es ruidosa, y hay que salir del paso con artificios, cuando no se puede hacer con una buena vida recta”.

Mark Twain, con precisión obsesiva, llevaba la cuenta de las palabras que había escrito durante el día: “En sus manuscritos se pueden ver pequeños números escritos a lápiz cada cierto número de páginas”, consigna Piccolo.

Entre las manías, las hay también de carácter supersticioso: Hemingway cuando escribía, llevaba como amuleto en el bolsillo derecho “una castaña de Indias y una pata de conejo raída, con los huesos y los tendones relucientes de tanto sobarlos”.

El libro está dividido en capítulos que dan cuenta de los distintos pliegues del oficio de la escritura: los primeros abarcan cuestiones más metódicas -la diferencia entre oficio y expresión, ejemplos de corrección, rutinas y disciplina- y los últimos reflejan, por el contrario, los matices que convierten a la literatura en una disciplina imposible de encasillar.

Finalmente, y luego de pasear al lector por anécdotas, citas y viñetas, una cosa está clara para Piccolo: no importa cómo, pero lo importante es escribir, porque escribir es un tic.

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4 de Diciembre de 2016|21:11
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