El arte de la derrota o historia de la capitulación

El historiador alemán Holger Afflerbach repasa en un libro la evolución de la visión del fin las confrontaciones bélicas desde la Antigüedad hasta nuestros días.

En El arte de la derrota se acepta la capitulación como una posibilidad en medio de la batalla, al modo de un progreso ético que tardó siglos en llegar y que en determinados momentos, como durante la II Guerra Mundial, volvió a ser cuestionado.

En la Antigüedad, el código de honor del soldado sólo le permitía la victoria o luchar hasta la muerte. "O vuelves con el escudo o encima del escudo, pero nunca sin el escudo", le decían las madres griegas a sus hijos antes de la batalla, en una frase citada por Afflerbach.

Además del código de honor, había otro motivo que dificultaba la capitulación, y éste era de naturaleza práctica. Muchas veces, caer prisionero implicaba o bien convertirse en esclavo o bien ser masacrado por el enemigo, por lo que los soldados no pensaban en rendirse durante la batalla.

Durante la Edad Media, se dio el primer giro en la historia de la capitulación. La muerta heroica seguía siendo vista como un ideal, pero la idea cristiana de la misericordia con el enemigo hizo que el destino de los prisioneros empezará a ser menos terrible.

Los manuales militares de la Edad Media, según Afflerbach, empiezan a ver la capitulación como algo aceptable, siempre y cuando se hubiese luchado en la batalla para obtener la victoria, pero el ideal de la muerte heroica, agrega, no era tanto cosa de los manuales como de la épica, y ésta seguía vigente.

El giro radical sólo se daría en los comienzos de la modernidad, y esto se refleja también en un cambio en los valores que se refleja en obras como Don Quijote o el Orlando furioso.

"Las canciones de gesta del pasado, en las que la lucha hasta el hundimiento heroico era idealizada, ya no son tomadas en serio e incluso son ridiculizadas", escribe Afflerbach.

Otros autores, como Montaigne, llegaron incluso a exigir que los líderes militares que siguieran luchando en situaciones desesperadas fueran llamados a responder ante los tribunales.

En la marina, sin embargo, Afflebach constata una tendencia constante a mantener el ideal de la muerte heroica y a rechazar la capitulación a lo largo de la edad moderna.

En el siglo XIX llegaron dos elementos que condujeron a evoluciones contradictorias y que se prolongaron hasta el siglo XX y durante las dos guerras mundiales. Por una parte, la guerra empezó a ser cada vez más objeto del Derecho, con lo que había unas reglas claras para la capitulación.

Pero, simultáneamente, los ejércitos dejaron de ser ejércitos profesionales y pasaron a ser ejércitos de reclutas, con la generalización del servicio militar obligatorio, con lo que, dice Afflerbach, la guerra pasó a ser cosa de toda la sociedad.

Eso hizo que renaciera la idea del honor del soldado, en medio de un código en el que la capitulación sólo se justificaba en casos extremos. En ese contexto, se dio durante la II Guerra Mundial lo que se llamó la "guerra total".

Algo similar se había dado ya, con distinta intensidad por la diferencia de armamento que se tenía a disposición, en la Guerra de Secesión de Estados Unidos, de cuya crueldad Mark Twain responsabilizaba a Walter Scott por haber inoculado, a través de sus novelas, el concepto de honor militar en los ejércitos del sur.

Curiosamente, el tratadista que había cuñado el concepto de "guerra total", Carl von Clausewitz, consideraba imposible que se produjera en la realidad, puesto que en la guerra se buscaban metas políticas y, cuando estas no son alcanzables, es irracional seguir luchando.

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