Lo que el dinero no puede comprar

El politólogo Michael Sandel alerta sobre el avance de la mercantilización en la vida cotidiana y propone fijar límites para proteger los bienes inmateriales.

¿Existe algo que dinero no pueda comprar? El interrogante articula el nuevo trabajo del autor de El liberalismo y los límites de la justicia, que en esta ocasión analiza la expansión de los mercados y su impacto en campos sociales que hasta hace un tiempo se regulaban por normas ajenas a la lógica mercantil.
 
Sandel asegura que frente al fracaso del socialismo, en las últimas tres décadas el capitalismo se expandió sin límites y comenzó a definir no sólo el valor de los bienes de consumo y de capital, si de todo aquello tradicionalmente asociado a lo inmaterial, como la maternidad, la amistad, la lealtad y la dignidad, entre otros valores.
 
La costumbre de ponerlo todo en venta -sostiene el autor- se ha propagado a escala planetaria: en las guerras de Afganistán e Irak hubo más mercenarios que soldados nacionales, en ciertas escuelas del estado norteamericano de Texas se pagan dos dólares a un niño por leer un libro y por 500.000 dólares se puede conseguir una visa de inmigrante en Estados Unidos, enumera.
 
Para el analista, las razones de este fenómeno radican en la suposición de que la mejor garantía para la prosperidad es el mercado y no el Gobierno -el mercado corrige sus propios errores si se le da libertad absoluta, sin intervención del Gobierno-, lo que ha significado el viraje de una economía de mercado a una "sociedad de mercado".
 
¿Cuál es la diferencia? Sandel explica que una economía de mercado es un sistema para la producción de bienes materiales, en tanto que una sociedad de mercado es un sistema en que el mercado interviene en toda conducta humana.
 
En Lo que el dinero no puede comprar, editado por Debate, el autor sostiene que el problema de esta forma de ver el mundo es que hoy el mercado lo convierte todo en comercializable: así, los productos o servicios que se venden acaban corrompidos y degradados como consecuencia de este proceso.
 
En esa línea, Sandel cita el caso de la prostitución, ya que según su visión el sexo vendido y comprado representa una práctica agradable que se corrompe y se degrada, además de otros efectos colaterales como los problemas legales, las enfermedades y la violencia.
 
La adquisición de la maternidad -vía el alquiler de vientres de mujeres pobres del mundo subdesarrollado-, la posibilidad que los reclusos mejoren sus condiciones carcelarias pagando un plus por el uso de celdas privilegiadas, la compra monetaria de la ciudadanía, la adquisición de bebés y el arriendo del cuerpo humano como objeto de experimentación médica y como espacio publicitario, son otros de los ítems que explora la obra.
 
Sandel es un conocido profesor de Ciencias Políticas cuyas clases en la Universidad de Harvard suelen ser transmitidas por televisión y sus obras son muy difundidas fuera del mundo académico, entre ellas Contra la perfección, Filosofía pública: ensayos sobre moral en política y Justicia. ¿Hacemos lo que debemos?.
 
¿Deberíamos pagar a los niños para que lean libros o saquen buenas notas? ¿Deberíamos permitir que las empresas compren el derecho a contaminar el medio ambiente? ¿Es ético pagar a gente para probar nuevos medicamentos peligrosos o para donar sus órganos? ¿Y vender la ciudadanía a los inmigrantes que quieran pagar? La obra avanza a partir de estos interrogantes y plantea todo un abanico de dilemas éticos.
 
Pero además de redoblar su prédica en favor de poner límites morales a los mercados, el ensayista plantea otras cuestiones a resolver, como enfrentar las desigualdades, potenciar la ciudadanía y discutir sobre las distintas concepciones del confort.
 
"La democracia no necesita de la igualdad perfecta, pero sí requiere de ciudadanos que compartan una vida en común. Lo que importa es que gente con orígenes y posiciones sociales diferentes se encuentren, se topen a diario en el curso de la vida común. Así es que aprendemos a negociar y aceptar nuestra diferencias, y así llega a importarnos el bien común", indica Sandel.
 
La conclusión del autor es que los mecanismos de compraventa de ciertos intercambios sociales fracasan en la consideración de justicia social -generan más desigualdad- y no contribuyen a una mejor calidad de sociedad.

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