El sangriento "Plan de Operaciones" de Mariano Moreno

Durante los días de mayo Moreno redactó un plan en el que detallaba la "purga" revolucionaria: fusilamientos, ahorcamientos y decapitaciones para todos.

En su serie “La historia argentina que no nos contaron” que ya suma los títulos El grito sagrado, El águila guerrera, El Rey Blanco y Los héroes malditos, el escritor, político y médico especializado en psiquiatría y psicoanálisis, Mario “Pacho” O'Donnell (Buenos Aires, 1941) repasa desde el neorrevisionismo algunos momentos de nuestra historia.

Compartamos un fragmento de su libro Historias argentinas. De la Conquista al Proceso (Sudamericana) referidos a la Semana de Mayo:

El plan de operaciones

Mariano Moreno, quien pasó el 25 de Mayo de 1810 en la casa de un amigo, desinteresado de lo que sucedía en el Cabildo, se transformó rápidamente en un apasionado protagonista de la revolución contra España. Fue el equivalente de Robespierre en el Río de la Plata, convencido de que el terror era el único medio que garantizaba el éxito a una situación tan precaria como la de la Junta de Mayo.

A su pluma se debe el "Plano de Operaciones" en el que se detallaban los medios revolucionarios (aunque se sospecha que el borrador inicial también corrió por cuenta de Belgrano): "Debe observarse la conducta más cruel y sanguinaria con los enemigos de la causa; la menor semiprueba de hechos, palabras, etc. contra la causa debe castigarse con la pena capital, principalmente si se trata de sujetos de talento, riqueza, carácter y alguna opinión; a los gobernadores, capitanes genera]es, mariscales de campo, coroneles, brigadieres que caigan en poder de la causa debe decapitárselos”.

En cambio a los amigos había que disimularles "si en algo delinquiesen que no sea concerniente al sistema pues en tiempos de revolución ningún otro delito debe castigarse sino el de infidencia y rebelión contra los sagrados derechos de la causa, todo lo demás debe disimularse”. Los jueces “deben ser personas de nuestra entera satisfacción que sean adictos para estorbar el apoyo de los ambiciosos y perturbadores del orden público; aun en los juicios particulares debe preferirse siempre al patriota, a quien se le debe proporcionar mejor comodidad y ventajas".

Se completa la estrategia montando una oficina de "seis u ocho sujetos que escriban cartas anónimas, fingiendo o suplantando nombres y firmas para sembrar la discordia y el desconcierto, cuidándose de indisponer los ánimos del populacho contra los sujetos de más carácter y caudales pertenecientes al enemigo".

Que había decisión en la Junta para cumplir con tan severos postulados se confirmó cuando la insubordinación de Córdoba forzó el envío de una fuerza militar al mando de Ortiz de Campo e Hipólito Vieytes, con la orden de conjurar la contrarrevolución encabezada por Liniers y fusilar sumariamente a los cabecillas.

Capturados los sublevados, Vieytes, el 1º. de agosto de 1810 se dirigió a la Junta: “V.E. conoce mejor que nadie la necesidad que todos nos hallamos de ganar afecto de estos oprimidos sanguinarios déspotas que se complacían anteriormente en derramar su sangre, se ponen en ejecución todos los medios de dulzura para hacer conocer las ventajas del suave y sabio gobierno que unánimemente confiesan en V.E”.

Moreno, indignado por la vacilación, destituyó a los delegados porteños. En una carta a Feliciano Chiclana, gobernador interino de Salta, fechada el 17 de agosto de 1819, le cuenta: “Pillaron nuestros a los malvados, pero respetaron sus galones y cagándose (sic) en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta ciudad. No puede usted figurarse el compromiso en que nos han puesto. ¿Con qué confianza encargaremos grandes obras a hombres que se asustan de una ejecución?”.

Fueron entonces Castelli y Balcarce los responsables de cumplir la orden que rezaba: “La Junta manda que sean arcabuceados don Santiago de Liniers, don Juan Gutiérrez de la Concha, el doctor. Victorino Rodríguez, el Coronel Allende y el oficial real Joaquín Moreno. En el momento en que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fuesen las circunstancias, se ejecutará esta resolución sin dar lugar a minutos que proporcionen ruegos. Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema”.

Esta vez Castelli cumplió al pie de la letra, como después lo haría en Chuquisaca, y Liniers y sus cómplices, con la solo excepción del obispo Orellana al que se le perdonó la vida, fueron fusilados en el paraje de Cabeza de Tigre el 26 de agosto de 1810. Domingo French fue el encargado de los tiros de gracia.

Años después Nicolás Rodríguez Peña le escribió al historiador Vicente F. López: “Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque estábamos comprometidos a obrar así todos, lo habíamos jurado todos y hombres de nuestro temple no podían echarse atrás. ¿Qué fuimos crueles? ¡Vaya el cargo! Salvamos a la patria como creíamos que debíamos salvarla. ¿Había otros medios? Así será: nosotros no lo vimos ni creíamos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo hicimos”. Y adelantándose a los críticos los desafiaba: “Arrójennos la culpa al rostro y gocen los resultados, nosotros seremos los verdugos, sean ustedes los hombres libres”.

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