Cuando las obras maestras (y Harry Potter) eran garabatos

Faulkner, Mailer, Talese... Todos comenzaron sus novelas con un borrador. Hasta para escribir "best-sellers" hace falta un plan y "Harry Potter" es la prueba.

William Faulkner y su plan para "Una fábula".

Para escribir una novela y que pase a la historia hay que ser especial. Pero no basta con sentarse frente al teclado del ordenador -o de la máquina de escribir, que es más bohemio- y dejar que las ideas broten por sí solas.

Detrás de cada obra maestra de la literatura hay un minucioso plan que probablemente comenzó, como casi todos los grandes planes, siendo poco más que un puñado de garabatos en un cuaderno viejo.

El compañero ideal de un escritor de éxito puede ser una monísima Moleskine, un bloc de notas, como el de J.K.Rowling, o incluso las paredes de casa, como en el caso del premio Nobel William Faulkner.

Los hay desordenados y caóticos, meticulosos y complejos, e incluso ilegibles. Pero todos ellos sembraron el germen de grandes clásicos que han terminado en las estanterías de todo amante de las letras. Bueno... Y también está Harry Potter.

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