100 enigmas que la ciencia (todavía) no ha resuelto

Un ensayo repasa un centenar de preguntas a las que la ciencia aún no ha sido capaz de dar respuesta y que quizá nunca logre. Leé aquí algunos de estos misterios.

Desde el origen del Universo hasta el motivo por el cual bostezamos. Desde los terremotos hasta la fibromialgia. Estamos tan acostumbrados a que la ciencia nos de respuestas, que de vez en cuando, viene bien recordar aquellos enigmas que todavía no tienen una respuesta clara, completa o aceptada.

En 100 enigmas que la ciencia (todavía) no ha resuelto (Lectio Ediciones), el doctor en biología e investigador Daniel Closa i Autet plantea un centenar de problemas a los que la ciencia se enfrenta actualmente, como hasta qué edad podemos vivir los humanos, cuántas personas pueden vivir en la Tierra o hasta dónde puede llegar el calentamiento global. Los límites de los ordenadores, el lenguaje de los animales y los siete problemas del milenio son algunas de las abstracciones a las que hace frente.

A continuación pueden leerse cinco de los enigmas.

El origen del universo

De hecho, esta es la gran pregunta. ¿Cuál es el origen de absolutamente TODO? Y el mero hecho de que nos la planteemos es un buen indicativo de hasta qué punto la mente de los humanos es osada. Durante muchos siglos se recurrió a diferentes leyendas o directamente a los dioses como creadores. Pero esto resulta poco satisfactorio. Si Dios creó el Universo, ¿quién creó a Dios? Al final, lo único que se hacía era cambiar el enunciado de la pregunta, pero la incógnita principal seguía presente.

El caso es que, poco a poco, los astrónomos fueron descubriendo estructuras dentro del Universo. Los planetas giran alrededor de estrellas, que se agrupan en galaxias y que se mueven en distintas direcciones. Y precisamente este movimiento dio una pista importante. Parecía que todas las galaxias se alejaran de nosotros. Esto se podía deber a que la Tierra es un lugar particularmente repelente o, más probable, a que en realidad las galaxias se alejan unas de otras. Entonces, las mires desde donde las mires, siempre parecerá que las estrellas huyen de ti. Por este motivo se dice que el Universo está en expansión. Ahora mismo, mientras leemos esto, la distancia que nos separa de otras galaxias se va haciendo más y más grande.

Pero esto quiere decir también que hace un rato estaban más cercanas, y que hace un millón de años todavía estaban más cercanas. Si seguimos el razonamiento, llegamos a un punto donde todo lo que se encuentra en el Universo estaba junto, comprimido en un único punto. Un punto de distancia nula donde se concentraba toda la materia y toda la energía del Universo, pero que también contenía el mismo espacio y el tiempo. Fuera de este punto no existía nada. Ni siquiera espacio o tiempo. Y este punto, por algún motivo, estalló en una inimaginable explosión, lo que llamamos Big Bang.

Muy bien, pero, antes de aquel punto, ¿qué? Pues ni idea. El problema es que podemos comprender cómo era el Universo instantes después de la explosión, pero cuando llegamos al punto donde todo está en un punto de tamaño cero, aparecen cosas muy extrañas: el tiempo se detiene, el espacio deja de existir, la densidad de la materia es infinita... Y con el infinito, los cálculos de los físicos dejan de tener sentido.

Durante un tiempo se pensó que podía existir un ciclo infinito: el Universo se expandía hasta que la gravedad detenía la expansión, y después se volvía a comprimir hasta colapsarse completamente, de manera que podía dar lugar a otro Big Bang. Así, el Universo sería una seria infinita de ciclos. Pero ahora parece que la expansión no se detiene, sino que cada vez va más deprisa y nunca volverá a colapsarse. De manera que, por lo que sabemos, el Universo sí tuvo un origen hace unos catorce mil millones de años. Pero la explicación de este origen todavía está más allá de las teorías cosmológicas actuales. De momento parece que necesitamos más datos o bien nuevas teorías realmente revolucionarias.

Cuántas personas pueden vivir en la Tierra

A finales del siglo XVIII Thomas Malthus puso de manifiesto un hecho preocupante. La población humana tiene tendencia a crecer exponencialmente, y cada pocos años duplica su número. Por el contrario, los recursos de que disponemos no pueden crecer a este ritmo. En consecuencia, si no se aplican estrictas medidas para mantener la población en un número controlado, el desastre será inevitable. Faltará terreno para vivir, comida, agua potable, energía... Todo esto nos llevará a episodios de gran mortandad.

Pero el caso es que este punto no acaba de llegar. Y la población ha aumentado increíblemente. Ya somos más de siete millones de humanos los que nos movemos por el planeta y todavía seguimos creciendo.

Se puede argumentar que actualmente ya se pueden percibir signos que indican que somos demasiada gente. Hay guerras por el agua, grandes hambrunas que causan terribles mortalidades, guerras por territorios limitados… Pero si se observa atentamente, descubrimos que todos estos hechos están causados por factores más prosaicos. Guerras de poder, por dinero, por odios raciales y poca cosa más. Lo cierto es que actualmente todavía producimos suficiente comida para alimentar a toda la humanidad. Otro tema es que la comida y los recursos se repartan correctamente.

Pero que todavía no hayamos llegado al punto de saturación no quiere decir que este no exista. Ya está claro que el planeta entero no sería suficiente para mantener la población actual si todos pretendiéramos vivir al nivel de vida de los Estados Unidos. Y quizás esto sí será un problema real y no teórico muy pronto, a medida que las economías de China e India despierten como lo están haciendo.

Por tanto parece que ya llega la hora de que los sociólogos, los economistas y los ingenieros encuentren la manera de calcular cuántos podemos vivir y bajo qué parámetros. De cuántos recursos disponemos y cómo los podemos utilizar de manera razonable. Y para ello habrá que tener claro cuál es el estándar de vida que queremos (y podemos) llevar. También debemos saber cuánto terreno útil queda todavía para edificar, para la agricultura, para la generación de recursos, qué fuentes de energía podemos utilizar y con qué eficiencia, cómo se puede minimizar la generación de residuos y cómo se pueden eliminar los inevitables. Y no únicamente variables físicas. El componente humano también es importante. ¿Hasta qué punto podemos vivir amontonados en urbes monstruosas? ¿Qué precio económico, sanitario y ecológico tienen estros grandes hormigueros humanos? Sabemos que la ecuación está planteada, pero todavía nos falta conocer muchas de sus variables. Y el tiempo de que disponemos para conocer la respuesta es cada vez menor.

Otro tema será si hacemos caso de estas cifras o no. Los humanos no siempre destacamos por hacer caso de los hechos, y nos guiamos mucho más por las emociones.

Vida extraterrestre inteligente

Al hablar de extraterrestres, en seguida nos vienen a la cabeza imágenes de naves espaciales llegando a la Tierra con intenciones hostiles. Quizás se trata todavía de los efectos secundarios causados por la emisión radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles. Esta imagen suele ignorar las distancias reales en el espacio y hasta qué punto es insignificante nuestro planeta. Pero aunque no sea a través de una visita, hostil o de cortesía, la pregunta también es inevitable. ¿Existen seres inteligentes en algún otro planeta?

Porque ciertamente el hecho de encontrar aunque fuera una única célula de un vegetal extraterrestre representaría toda una revolución. Pero si lo miramos desde un punto de vista social, ¿qué gracia tendría? Si los extraterrestres fueran una cosa parecida a un seta, ¿qué gracia tendría? El gran impacto sería dar con otra cultura, una forma de vida inteligente distinta a la nuestra. Entonces sí, las implicaciones serían inmensas. Podríamos tratar de comunicarnos con ellos o, al menos, detectar sus comunicaciones. Lo más seguro es que no entendiéramos demasiadas cosas, pero al menos sabríamos que están allí. Y esto sería ya muchísimo.

Y para lograr esto se están utilizando todo tipo de estrategias. La más obvia es la de escuchar el Universo con la esperanza de detectar emisiones provenientes del espacio lejano que no puedan ser atribuidas a causas naturales. No es necesario que sean señales enviadas expresamente a nosotros. Hay que pensar que la Tierra está emitiendo muchas señales al espacio, ya que parte de las emisiones de radio y televisión no va de vuelta hacia nuestros receptores, sino que se pierden por el espacio y se alejan de aquí en todas direcciones a la velocidad de la luz.

Ya contamos con programas destinados a escuchar el ruido que hace el Universo. Lo que pasa es que no sabemos ni dónde, ni qué buscar. De manera que se siguen distintas estrategias. Algunos científicos buscan señales provenientes de estrellas que creemos que tienen mayor probabilidad de tener planetas parecidos al nuestro. Otros siguen la estrategia de barrer todo el cielo y analizar metódicamente las señales recibidas a distintas longitudes de onda.

De momento todavía no se ha encontrada nada, salvo alguna falsa alarma. Esto tampoco es sorprendente. Nuestra especie tiene unos cinco millones de años de antigüedad, y hace solo unas pocas décadas que conocemos las emisiones de radio. ¿Qué tecnología deben de utilizar hipotéticas civilizaciones extraterrestres? Es muy posible que para ellos la radio sea una reliquia abandonada desde hace muchos milenios. Esto, sin embargo, no detendrá la búsqueda. Lo que debemos hacer es utilizar siempre la última tecnología conocida. Y cruzar los dedos.

La genética del carácter

Conocemos personas simpáticas y otras profundamente antipáticas. Algunas son desesperadamente tontas, mientras que a otras las podemos catalogar de genios. Las hay amables y otras que son cínicas sin escrúpulos. Cada ser humano tiene un carácter, una personalidad particular y única que tal vez nos costará definir con palabras, pero que podemos captar sin problemas.

Durante el siglo XIX la división de la sociedad en clases era radical. Por un lado estaba la nobleza, rica, educada, sana. Por otro, los obreros, pobres, incultos, groseros, enfermos y muchos de ellos alcoholizados. La diferencia era tan notable que supusieron que los nobles heredaban la nobleza de carácter, el físico saludable y la capacidad intelectual. Se consideraba que los linajes nobles tenían que engendrar criaturas sanas e inteligentes, mientras que de los pobres y los obreros no podía salir nada bueno.

Esta tendencia no era irrelevante. Si las personas de clase baja no tenían que dejar de ser groseras y estúpidas por su herencia genética, invertir en escuelas y mejores condiciones sanitarias era malgastar el dinero. No se podía mejorar aquello que, por su propia esencia, era limitado. Naturalmente esta filosofía tuvo buena aceptación entre las clases altas.

Pero la realidad es completamente diferente. Las condiciones ambientales o sanitarias, la alimentación y la escolarización condicionan extraordinariamente el desarrollo físico e intelectual de las personas. Ahora ya nadie, salvo que sea un fanático del peor tipo, defiende que estemos totalmente condicionados por la genética. Pero esto no quiere decir que la herencia no tenga ninguna importancia. Como decía Ortega y Gasset, yo soy yo (los genes) y mis circunstancias (el ambiente).

Lo que todavía no se ha podido hacer ha sido establecer qué parte de nosotros podemos atribuir a cada uno de los dos factores. Se dan discusiones encarnizadas sobre el tema, pero con frecuencia sirven solo para aclarar cuál es la política o la ideología que más gusta a quienes defienden que los genes o el ambiente es el factor más determinante. A veces incluso se puede leer que tal o cual porcentaje se debe al ambiente o a los genes. Pero la verdad es que son cifras sin demasiado valor. Hoy por hoy, todavía no se sabe.

Y quizás el problema es que la pregunta está mal planteada. Al fin y al cabo, es muy difícil definir una personalidad, una inteligencia o una salud. Que podemos hablar de estos aspectos no quiere decir que sean entidades físicas bien determinadas, y quizás muchas personas hablan de cosas distintas utilizando las mismas palabras. Sin saber exactamente de qué hablamos resulta muy complicado intentar medirlo.

Orientación sexual

Cuando en algún tema se mezclan las opiniones morales, políticas o religiosas, en seguida se empiezan a oír opiniones que afirman que la ciencia ha demostrado que tal o cual cosa no es normal y, por tanto, se debe hacer lo posible para corregirlo. El problema aparece cuando se pide en qué momento la ciencia ha hecho esta afirmación. Entonces descubres que o no es verdad lo que dicen, o se basan en datos insuficientes, fuera de contexto o tendenciosamente incorrectos.

Y el caso de la orientación sexual humana es un ejemplo magnífico de la cantidad de barbaridades que se pueden llegar a decir. Durante mucho tiempo se consideró que cualquier tendencia sexual que no fuera la establecida (heterosexual) era, en el mejor de los casos, una enfermedad que era necesario curar, pero también había quien lo consideraba una aberración que había que exterminar. A fin de cuentas, conocíamos los comportamientos “normales”, ¿no? Y la fisiología nos explicaba que el sexo servía para la reproducción, por tanto, cualquier cosa que se apartara de esta finalidad era “antinatural”. Por algún motivo, fumar, ir vestidos o cantar no se consideraba antinatural. Pero ya se sabe que se recurre a la ciencia únicamente cuando interesa y con los ejemplos que nos van bien. El resto, sencillamente, los ignoramos.

En cualquier caso, ahora ya está claro que la tendencia sexual de cada persona no es una elección que se haga en un momento dado, ni el resultado de ninguna patología. Pero tampoco están claros los factores que determinan si alguien será heterosexual, homosexual, asexual o bisexual.

De vez en cuando aparecen informaciones que afirman que han identificado un gen que predispone a la homosexualidad. Normalmente es porque una determinada variante de aquel gen se detecta en proporciones más altas de lo esperado en poblaciones homosexuales. Pero pensar que un único gen puede determinar cosas tan complejas como el comportamiento humano referido al sexo es simplificar las cosas de una manera extraordinaria.

Como siempre, la orientación final será el resultado de las interacciones entre la base genética, diferente para cada persona, y el ambiente. Y aquí debemos ir con cuidado al definir el ambiente. Quizás no tiene tanta importancia el ambiente familiar o social como se nos quiere hacer creer. Quizás los niveles de hormonas a que el embrión está sometido durante la gestación pueden ser mucho más importantes. Posiblemente un ambiente familiar determinado hará que cada persona se acepte con más o menos facilidad. Pero lo que determina qué tipo de individuos nos atraen y cuáles no, no es un factor sencillo. Y hoy por hoy, cualquier información que diga que sabe por qué debemos tomarla con mucho cuidado. Todavía existe demasiada ideología detrás de estos temas.

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