La "Piraña" mendocina que Evita echó de la cama de Perón

El libro de Marcos Aguinis sobre Evita resulta ser un ensayo finamente enmascarado sobre el peronismo. Leé un capítulo del libro aquí.

La furia de Evita, de Marcos Aguinis. Buenos Aires, Sudamericana, 2013. 352 págs. $139

Después de Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez, La furia de Evita, de Marcos Aguinis resulta ser un retrato fiel, apasionante y vívido de la mujer que conquistó las ansiedades de Juan Domingo Perón, que le dio un marco verdaderamente popular (y por fuera de su ámbito estrictamente militar) y el corazón de millones de argentinos. Así lo demuestra el autor cordobés, quien -siendo un reconocido antiperonista- tuvo que ponerse en el lugar de la protagonista de su última novela para hilar el relato en primera persona de un libro que, por momentos, parece demostrar la propia furia del autor contra los excesos de Perón, Evita y el peronismo en toda su dimensión.

Una de las escenas más fuertes de este volumen que bien podría ser la base de una gran película, la protagoniza una mendocina, "Piraña", la joven estudiante que vivía en el departamento de Perón inclusive en la noche de su debut sexual con quien fuera considerada luego como "la abanderada de los humildes", según el relato novelado de Aguinis. No es -además- el único, digamos, "episodio mendocino" que muestra el libro: entre las muchas escenas sexuales de una joven e inexperta Eva Duarte que quería ser famosa, aparece una que se desarrolló durante una gira por Mendoza de un elenco y que se produce, forzadamente, con el productor de la obra.

La muerte de su padre, aquel que mantuvo a su madre y hermanas en secreto "por vergüenza" es uno de los capítulos más destacados. Cuando el libro comienza a fundir la cronología histórica de la Evita pobre con el "presente" exitoso de la Primera Dama, Aguinis logra el cenit del relato.

Una piraña mendocina

"Piraña", la joven estudiante que vivía con Perón antes de conocer a Evita, cuenta el autor, fue echada a patadas a la mañana siguiente de la primera noche con el futuro líder del Justicialismo en su departamentito de Arenales y Coronel Díaz, en Buenos Aires.

Se trata de María Cecilia Yarbel y, aunque La furia de Evita no se encarga de identificarla, sí lo han hecho otros autores. Araceli Bellotta, en Las mujeres de Perón, contó que Eva le dijo a Perón: “¡La fleté!”.

"Es más: tejió un cerco para que ninguna persona del entorno de la Piraña se acercara a él, e hizo echar al padre y a las hermanas, que trabajaban en dependencias del Estado mendocino", contó la autora.

La mitología ha agregado muchas versiones en torno al pseudónimo de la mendocina de 17 años que dormía con el por entonces cuarentón Coronel Perón. Pero se indica como la más acertada que así se la llamó porque, cariñosamente, le hacía mordeduras en la intimidad al futuro líder.

La Evita de Aguinis

Aguinis nos deja una Evita con más poder popular que Perón; ingenuamente poderosa. Pero nos habla de un peronismo que representó, en su nacimiento, la versión vernácula de los movimientos fascistas europeos.

El autor deja en claro en boca de Eva Duarte, que Perón refugió a los nazis y que simpatizó con ellos; que hizo negocios turbios y que él mismo y su esposa fueron los testaferros del dinero fugado de Europa por los seguidores de Hitler.

La furia de Evita es la de la joven marginal que ascendió "de prepo" socialmente y una vez en la cumbre, se vengó de las señoras de la "alta sociedad" bonaerense y porteña. Literariamente brillante, políticamente polémico.

Leé un capítulo del libro: "A cuerpo de reina"

Al inclinarse el avión hacia tierra me estranguló un ataque de náuseas. Sábanas de niebla refractaban los rayos. Bajé la cabeza y Lilian me alcanzó una toalla. Sugirió que respirase hondo. El descenso trotaba como un caballo salvaje y me hizo asomar el estómago por la boca. Por fi n golpeamos el suelo y correteamos por la pista, que me fue tranquilizando pese a los sacudones que generaban las irregularidades del asfalto. Contemplé por la ventanilla un edificio engalanado con banderas, ante cuyo frente aguardaban muchas personas. Estaba en territorio español. La tripulación me rodeó para auxiliarme.

—No hace falta —agradecí.

El marqués y el conde que venían en los asientos del medio me hicieron llegar un mensaje: entre la densa multitud estaba el señor canciller de España. ¡Había volado desde Madrid para recibirme! ¿No era demasiada galantería para mi acotada importancia? Me inundó una felicidad que pocas veces obtuve del público cuando me aplaudían en el teatro. Y sentí también el miedo de estar soñando. Que todo fuera falso. Estaba segura de que iba a cometer alguna torpeza, de esas que pondrían de manifiesto mi primitivismo.

Me llamó la atención que el conde Torres y Torres tomara apuntes en una pequeña libreta fosforescente con su lapicera de oro. ¿Era un espía de Franco? ¿O de los contreras argentinos?

Descendí prendida de la baranda. Los tacos altos que había comenzado a usar pocos años atrás se torcerían para hacerme la esperada broma negra. Una ola de aire caliente me informó que pisaba por primera vez un territorio del África que, por otra parte, era posesión española. Me recibieron al pie, con sonrisas y besos sobre el dorso de mi mano. Al lado del canciller ocupaba un amplio espacio el redondo capitán general de las islas Canarias. Una guardia de honor marcaba mi senda. La formaban soldados morenos con turbante blanco, capa roja y una lanza sostenida con la mano izquierda mientras la derecha pegada a la sien me saludaba con marcial empaque. ¿Esta era la legendaria Guardia Mora? Parecían personajes de un circo. Atardecía y el cielo se disolvía en celeste amatista con algo de rubor.
Se acercó un gran automóvil y detrás se encolumnaron otros diez. Fuimos a un sencillo alojamiento adjunto al aeropuerto. Debería ser el mejor de ese lugar. Mantuve abierta la ventanilla para disfrutar el aire seco del desierto. Percibí un aroma dulzón, que imaginé mezcla de arena y dátil.

Ayudada por mis asistentas me di un apetecido baño, cambié la ropa, mi peinador hizo retoques a mis cabellos, elegí varias joyas y me perfumé. Tenía que disimular el cansancio porque representaba a un país y era la mujer de su presidente. Me latían las sienes y me dolía la nuca.

Los mismos gigantescos automóviles nos condujeron al Casino de Oficiales. Tenía que llegar el esperado papelón, estaba segura. Ya habían pasado demasiadas horas sin contratiempos.

Al recibirme, el canciller anunció que comeríamos langosta. ¿Langosta? —me pregunté sin abrir los labios—. ¿Se comen esos insectos que son una plaga, que caen como nubes negras y devoran las cosechas? ¿Esa asquerosidad es un plato valioso? Se me cerró la boca del estómago y no solté palabra.

Sillas tapizadas rodeaban las mesas cubiertas con manteles blancos y servilletas celestes: la bandera argentina. Cerca de mí se sentaron las principales autoridades, Lilian, Dodero y los dos nobles españoles que me acompañaban desde Buenos Aires (el conde Torres y Torres no me sacaba los ojos de encima). Cuando instalaron el enorme y rosado bicho, lo reconocí como la monstruosa reproducción de una langosta prediluviana, de esas que se comen hasta las vacas. Advertida de mi estupor, Lilian susurró que era un producto del mar, no del aire ni de la tierra, y me explicó que se lo comía con unas pinzas especiales. Empecé a sudar ante la inminencia del inevitable primer traspié de mi gira. Entonces ella resolvió el conflicto.

—Señora, si no le molesta —dijo en voz alta—, me ofrezco a extraer las porciones más ricas, que usted podrá saborear con un tenedor.

Mientras Lilian realizaba la compleja maniobra como si fuese un mecánico en su taller, divisé por la ventana una fortaleza de piedra recortándose contra la noche clara. Durante los postres empezaron a lanzar fuegos artificiales desde esa fortaleza engalanada con banderas españolas y argentinas. Rompí el protocolo al empujar mi silla antes de que el camarero la retirase y caminé hacia la ventana para gozar de los fuegos. ¡Maravillosos! Pero en dos segundos se produjo un terremoto a mis espaldas, porque los comensales se levantaron al unísono por respeto a la invitada. ¡Por mí se pusieron de pie, sonriéndome como otarios! Al capitán general la satisfacción le ensanchó aún más la panza. Después trajeron bandejas llenas de dátiles carnosos que chorreaban almíbar. El inquietante conde extrajo con disimulo su libretita y volvió a escribir algo.

Lilian murmuró al oído del canciller que yo estaba muy fatigada y debía retirarme a descansar. Lo entendió de inmediato. Menos mal, porque me habían dicho que los españoles jamás se levantan de la mesa antes de pasada la medianoche.
Pero no pude dormir. Giraba como un rodillo sobre la cama mullida, daba vuelta las almohadas, sacaba un pie, luego el otro. Orinaba. Volvía a acostarme. En la penumbra se dibujaban los perfiles de quienes me habían hecho daño, para que no me imaginase tan valiosa ni tan segura. Eran los monstruos de mi sucia historia.
Mandé llamar a Lilian, que apareció de inmediato envuelta en una bata. Ahuyenté a las demás asistentas y le pregunté en voz baja si debía consultar al médico personal de Dodero para que me diese algo que indujese el sueño.

—¡Estoy asustada, Lilian! —confesé con un timbre de voz que me avergüenza recordar.

—Pero ¿por qué, señora? Nos cuidan como si fuésemos un tesoro.

—Tengo miedo… —me enrollé bajo las sábanas.

—Cerraré la puerta con llave.

—Pero quédese conmigo —rogué—. Pida que le instalen otra cama junto a la mía.
—No es necesario, este sofá es enorme, mejor que una cama.

La buenaza de Lilian se recostó en el sofá para demostrarme que era confortable. Ahí se quedaría. Su presencia me tranquilizaba, pero no rápido. Al final conseguí relajarme. Después del aseo y un abundante desayuno servido en la habitación, volví a encontrarme con la espléndida Guardia Mora.

Pero mi sorpresa mayor se produjo cuando enfrenté un batallón de moros sobre camellos de verdad, a los que pasé revista como si protagonizara una película exótica: ahí estaban la fortaleza árabe, la arena infinita, los flexibles camellos y sus jinetes provistos de lanzas. El canciller y el capitán general me escoltaron hasta la escalerilla del avión. Me saludaron con un beso en el dorso de la mano, el modo como los caballeros saludan en Europa.

Antes de perderme en el agujero de la puerta giré hacia la explanada y, desde lo alto del avión, realicé un semicírculo con mi brazo a modo de despedida. Percibí que la emoción de la multitud era sincera, algunos caballeros también levantaron la mano, otros agitaron un pañuelo y los pintorescos animales ondularon de felicidad mientras los moros tironeaban de las riendas. Un par de horas nos llevó alcanzar la Gran Canaria, última escala. Contemplé desde el avión el azul intenso del mar, apenas salpicado por copos de espuma. También en esta isla recibí una bienvenida inolvidable, con alfombra roja, engalanadas autoridades y soldados con uniformes multicolores. Me llevaron a un palacio. Sí, un palacio. Explicaron que era famoso y tenía un nombre largo: Palacio del Conde de la Vega Grande de Guadalupe… ¡Ufa! Qué laburo recordarlo. En un coche descubierto recorrí un trozo de la isla, donde cada paisaje competía con los demás. Océano de zafiro y montañas de esmeralda, playas de oro y bosques frondosos, pequeñas casas blancas desparramadas por las laderas y limpios caminos: escenarios de postal. Me excitaba conocer esto, yo, nacida en la polvorienta aldea de Los Toldos.
Esa noche fui agasajada en el salón dorado del Cabildo. Le dije a Lilian:

—Espero que no me engorden tantas comidas.

—No se preocupe, señora; tiene suficiente delgadez como para saborear lo que quiera.

Después nos llevaron a un concierto en el teatro Pérez Galdós. Pérez Galdós es uno de los más célebres escritores de España, me desasnó Lilian. Tocaron música de autores españoles. Aunque culta, era la más digerible para mi gusto. Reconozco que los clásicos me desesperan. Hasta en el concierto me seguía el conde Torres y Torres que, de vez en cuando, hacía una rápida anotación en su libreta fosforescente. ¿Qué escribía?

Por la mañana fuimos a la antigua catedral, donde me aguardaban el obispo con un ropaje opulento y los miembros del Cabildo en pleno. Fui recibida en el atrio con un gran ramo de flores. Me sentí agobiada: tantos honores para alguien que sólo había ingerido desprecios parecía una trampa; en algún momento mi cabeza estallaría contra una roca en el fondo del abismo. Habían instalado un palio, bajo el cual entré. ¡Un palio, como si fuese una reina! Un mareo fugaz me hizo tambalear y casi se me torció un zapato.

Los murmullos que hervían en torno a mí me hacían recordar el zumbido de las abejas. La misa me serenó. Pero no registré ni los detalles arquitectónicos más notables de ese templo. Lilian seguía a mi lado y anunció el momento en que debíamos levantarnos. Detrás de mí, como siempre, venía el conde. Después siguió un almuerzo en un salón decorado con fl ores y banderas; en mi memoria no se grabó el lugar, porque tantos agasajos me habían convertido en una zombi. Antes de sentarme fui conducida hasta una mesa donde se exhibían los regalos típicos de las islas Canarias. Deseaban que me los llevase de recuerdo.

—¿Todo esto?

Asintieron y yo no pude pronunciar una frase, porque las palabras se me trababan en la lengua. Estaba confundida, no podía ser real. Era sólo la esposa de un presidente, no una emperatriz. Por suerte mis lágrimas no llegaron a las mejillas; evité poner al descubierto mi turbación. Nunca me habían entregado tantas maravillas de una sola vez. Estaba enredada por una cadena de alucinaciones de la que no sabría cómo escapar.

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