El "secreto de la vida" cumple 60 años

En 1953, Francis Crick y James Watson publicaron en Nature un artículo que revolucionó la biología: habían descubierto la estructura del ADN.

El 23 de febrero de 1953, Francis Crick entró en el pub Eagle de Cambridge y soltó el titular del milenio: “Hemos descubierto el secreto de la vida”. Es posible que el físico y biólogo británico subestimase entonces la complejidad de la vida, pero sin duda él, junto a James Watson, había realizado uno de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XX.

Dos meses después, el 25 de abril de 1953, publicaron en Nature su hallazgo. Una estructura para el ácido desoxirribonucleico (ADN), un artículo de 120 líneas que ponía la base para comprender cómo se copia y se transmite de una generación a otra el material hereditario de los seres vivos.

Hasta poco antes del descubrimiento de Crick y Watson, buena parte de los científicos de la época creían que eran las proteínas, mucho más complejas y diversas, las que transportaban esa información. La receta química del ADN era conocida y se sabía que era bastante simple. Sin embargo, nadie había logrado proponer un mecanismo que explicase cómo los pocos elementos que componían esa molécula se podían combinar para contener el libro de instrucciones de algo tan complejo como un ser vivo.

Los dos investigadores, desde el Laboratorio Cavendish de Cambridge, como si estuviesen haciendo un trabajo para una clase de Secundaria, trataban de responder a esa pregunta con recortes de cartón y modelos de alambre y metal. Sus avances con este método recibieron un empujón fundamental durante un viaje a Londres.

Allí, a pocos kilómetros de Cambridge, en el King’s College, Rosalind Franklin había triunfado donde muchos científicos con los microscopios más potentes de la época habían fracasado. Con una técnica muy novedosa había cristalizado la molécula de ADN y, después de someterla a haces de rayos X  y estudiando sus distintos modos de difracción, había logrado fotografiar su estructura revelando la, ahora conocida, forma de doble hélice.

Durante una visita de Crick y Watson a Londres, Maurice Wilkins, un colega de Franklin, les enseñó la fotografía sin el conocimiento de la investigadora. Los científicos de Cambridge confirmaron así experimentalmente lo que ya habían planteado con sus modelos. En 1962, los tres hombres recibieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por este descubrimiento. Franklin, que había muerto cuatro años antes de cáncer de ovario, no vio reconocida su aportación.

Desde el anuncio fenomenal de Crick en el pub Eagle el conocimiento del genoma humano ha experimentado progresos notables. A mediados de los 70, Frederick Sanger, uno de los pocos humanos que han recibido el Nobel en dos ocasiones, desarrolló el método de secuenciación del ADN. Esta forma de extraer la información genética se fue perfeccionando hasta permitir la secuenciación completa del primer genoma humano.

El 26 de junio de 2000, Bill Clinton presentó en la Casa Blanca “el libro genético de la vida humana” y anunció una revolución en el diagnóstico y tratamiento de gran parte de nuestras enfermedades. Como sucedió con las promesas del descubrimiento de Watson y Crick, años después, muchos piensan que, pese a la importancia del avance, fueron fruto de un exceso de optimismo.

Sin embargo, los resultados tangibles de aquellos descubrimientos han acabado llegando. Quince años después de la publicación del artículo de Nature, se recordaba que ningún niño se había curado de ninguna enfermedad genética hereditaria con la sustitución de genes defectuosos en sus células ni se había tratado la leucemia. Ahora, el cumplimiento de esas promesas parece de verdad cercano y los sistemas de diagnósticos de varias enfermedades ya son posibles.

En otros campos distintos de la medicina, como laagricultura, el conocimiento acumulado durante las últimas décadas ha permitido, por ejemplo, crear organismos transgénicos como el arroz dorado en el que se introduce por medio de ingeniería genética la capacidad de producir vitamina A. Así, se podría solucionar una carencia que deja ciegos al año a cerca de medio millón de niños en todo el mundo.

Seguí leyendo aquí la excelente nota de Daniel Mediavilla para el portal es.materia.com

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