Coetzee: "La censura era el telón de fondo en Sudáfrica"

El Premio Nobel de Literatura 2003 dedicó su conferencia magistral a este áspero tema en la apertura de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

"Para los escritores sudafricanos la censura fue un hecho corriente hasta alrededor de 1990, cuando se empezó a desmantelar la legislación creada por el gobierno del apartheid", dijo John Maxwell Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003, en una conferencia magistral ofrecida esta noche en la apertura de la 39º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

El sudafricano, nacionalizado australiano, explicó que bajo dicha legislación, "para que un libro se pusiera a la venta debía contar con la aprobación de un comité anónimo de censores —anónimo en el sentido de que sus identidades no se daban a conocer—. La censura era el telón de fondo sobre el que se movía todo artista sudafricano: novelistas, dramaturgos, poetas, cineastas". 
 
"Como era de esperar -continuó el autor- desarrollé un interés por la censura; no sólo por el sistema sudafricano, sino por la censura como fenómeno histórico general. En su momento escribí un libro sobre el tema, que se publicó en Estados Unidos con el título Giving Offense (y más tarde en castellano comoContra la censura)".
 
"Allí me refería a los efectos de la censura estatal no sólo en Sudáfrica sino también en la entonces Unión Soviética y en Europa del Este", señaló el escritor ante más de 350 personas reunidas en la Sala Victoria Ocampo del Predio Ferial de Palermo.
 
Y apuntó: "Mi interés en el tema resurgió recientemente cuando apareció un libro sobre el sistema de censura sudafricano llamado The Literature Police, de Peter McDonald, que es profesor en la Universidad de Oxford".

"La investigación que McDonald y un colega sudafricano llamado Hermann Wittenberg realizaron en los archivos de los censores ha sido toda una revelación —afirmó Coetzee—. No sólo para mí sino para otros escritores sudafricanos de mi generación, ya que nos brindó una perspectiva íntima de cómo fueron observadas nuestras actividades por las autoridades de la época".
 
El autor de Desgracia contó que "en la década de 1970, cuando empecé a publicar, el estado sudafricano estaba pasando de lo que yo llamaría la fase utópica del apartheid a lo que llamaría su fase realpolitik".
 
"En la fase utópica —explicó—, el partido gobernante creía que podía construir un muro alrededor del país para aislarlo del mundo, y luego, dentro de ese muro protector, organizar y dirigir una sociedad que se adaptaría lo más cercanamente posible —dado que el hombre es descarriado por naturaleza— a lo que dicho gobierno entendía como el mandato de Dios (siendo su Dios el Dios protestante de Calvino)".
 
En la fase realpolitik, continuó el narrador, "el partido bajó sus pretensiones. Se vio implicado en el escenario africano de guerra mundial —a veces guerra fría, a veces guerra abierta—, una guerra en la que la Sudáfrica blanca todavía podía a llegar a usar sus recursos minerales estratégicos para negociar un lugar en el bando ganador, que por supuesto sería el bando de Estados Unidos".
 
"Uno de los instrumentos de control estatal, durante estas dos fases, fue la censura —aseguró Coetzee—. Recordemos que estamos hablando de una era pre-electrónica, en la que el único método de transmisión de textos era la impresión; un método incómodo, como vemos ahora en retrospectiva, que puede ser fácilmente interrumpido o suspendido". 
 
Para el escritor, "los objetivos de este sistema de censura eran dos: primero, asegurar que la nación —refiriéndose en primer lugar a la nación blanca— no fuera infectada por lo que se consideraba la decadencia moral de Occidente, sino que por el contrario permaneciera fuerte, viril y confiada".
 
Y segundo: "Asegurar que la propaganda comunista no ingresara al país para brindar ayuda, consuelo e instrucciones a las fuerzas de la oscuridad". 
 
"Sospecho que el antiguo sistema sudafricano fue más representativo de los regímenes de censura que lo que solemos pensar, o al menos más representativo que lo que dictan nuestros estereotipos. El censor típico, en Sudáfrica o en cualquier otra parte, no tiene por qué ser un pequeño burócrata anodino", indicó el escritor.
 
Sostuvo: "Por el contrario, él o ella pueden ser personas inteligentes con un trabajo en la vida real, que en sus ratos libres se dedican a reseñar-censurar porque eso les aporta un beneficioso ingreso suplementario".
 
Y, continuó, "que creen en la censura porque tienen inclinaciones conservadoras: no quieren que el país se vea inundado de pornografía, no quieren que el orden socio-político en vigencia sea derrocado, y porque se han dicho a sí mismos que si no son ellos los que hacen el trabajo, lo hará algún funcionario estatal, alguien incapaz de discernir la literatura seria de la basura comercial".
 
"La verdad es que no existe el progreso cuando se trata de la censura: llevamos el impulso censor en lo más profundo de nosotros. Cuando se nos niega un objeto de deseo, encontramos otro. Cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen", concluyó el autor de La edad de hierro.

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