El texto de Vicente Battista en la apertura de la Feria del Libro

Bajada de línea: "El gobierno nacional acaba de anunciar la compra de trece millones de libros nuevos para que sean distribuidos en todas las escuelas públicas del país".

No hace mucho, un periodista, tal vez harto de repetir la clásica pregunta: “¿qué cinco libros llevaría a una isla desierta?”, la modificó, sin cambiar la cifra, y me preguntó: “¿cuál de sus cinco sentidos lamentaría perder?”.

Sin vacilar, afirmé: la vista. El periodista señaló: “es natural, dejaría de ver los amaneceres, el mar y las montañas”, y, ya lanzado en la tremenda pérdida, repitió aquella célebre copla que aún se escucha en la Alhambra: “Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada / como la pena de ser ciego en Granada”. Si alguna vez sufriera la desgracia de perder la vista, dije, no lamentaría dejar de ver los jardines de la Alhambra, como el ciego de la copla, tampoco los amaneceres, los truenos, los mares y las montañas; simplemente mi pena, mi gran pena, sería dejar de leer.
 
No hablo de ver sino de leer, aunque, claro está, para leer es necesario ver. ¿Por qué establezco una diferencia entre ver y leer? Se puede explicar así:

Mirar televisión no exige mayores esfuerzos, basta con elegir una buena butaca y apretar el control remoto. El resto queda a cargo de la pantalla, de lo que miremos en la pantalla. Ese gánster que aparece en mitad de la noche tendrá la crueldad que el actor que lo interpreta sepa darle. La música se encargará de marcar los momentos esenciales, ya sea para el romance o para el misterio; el chirrido de una puerta invariablemente señalará que es el instante de sentir miedo, y los tiros, que vendrán de inmediato, se oirán como si realmente fuesen de verdad. Nada queda para nuestra imaginación, somos espectadores y como tal nos comportamos: la pantalla piensa por nosotros.
 
Leer, en cambio, exige otra conducta. No basta con mirar. En la página del libro aparecerá un conglomerado de palabras que sólo comenzarán a ser, a tener sentido, a partir de su lectura. Tuvimos que aprender a leer, de la misma manera que aprendimos a caminar. No solemos recordar esa experiencia, aunque fue maravillosa. Letra a letra formamos la palabra y un día descubrimos que podíamos descifrar voces como “madre” o “amigo” o “amor”. Desde el mismo momento en que supimos leer dejamos de ser meros espectadores: leer es un acto de creación constante. Las palabras reunidas en un libro le ponen música al silencio, dibujan mujeres bellas y paisajes desolados, muestran galaxias desconocidas y batallas que se disputaron hace miles de años; o tal vez nunca. Poco importa, porque comenzarán a ser a partir del momento en que las leemos: nosotros las hacemos posibles, ciertas. No es fácil entrar en un libro, pero si ese libro vale la pena, una vez que entramos se nos hace difícil salir. Y cuando se trata de un libro esencial, puede ser El Quijote o puede ser Huckleberry Finn o puede ser el Martín Fierro, afortunadamente, contamos con muchísimos títulos, entramos infinidad de veces en ellos y cada vez que salimos llevamos algo nuevo en nuestras alforjas.
 
Suele decirse, con razón, que un texto tiene sentido, comienza a ser, a partir de su lectura. Claro está que esa lectura sólo se producirá si previamente existe el texto: sin lector no hay texto, pero sin texto no habrá lector. Según se mire, una disyuntiva similar a la del huevo y la gallina. Si aún no se resolvió esta, no creo que se resuelva aquélla. Personalmente, pienso que el escritor es el primer eslabón de la cadena editor-impresor-librero-lector, ya que sin un texto previo esa cadena no tendría sentido. No tendría razón de ser esta Feria.
 
Diversas calles y plazas de la ciudad llevan el nombre de algún escritor o de alguna escritora, circunstancia que se repite en los salones de esta Feria. Es una costumbre nacional honrar a los artistas... post-mortem. Aunque cueste reconocerlo, aún aceptamos aquel viejo arquetipo, alentado por el romanticismo del siglo XVIII, que ofrecía la imagen del artista bohemio, minado por el alcohol barato y al borde de la tuberculosis. Cervantes y Mozart sepultados en fosas comunes. Esa historia de desolación y pobreza lamentablemente se repite con muchos artistas argentinos contemporáneos. Elijo dos: Antonio Di Benedetto y Bernardo Kordon. Estos dos grandes escritores, cuyos textos se repiten en libros de las escuelas primarias y secundarias y cuya obra se estudia en la cátedras universitarias, murieron en la absoluta pobreza: Di Benedetto en 1986, en una sala del Hospital Italiano, Kordon en 2002, en un geriátrico de Chile. Sabemos que hasta último momento, Di Benedetto intentó en vano cobrar una mínima jubilación que le permitiera sobrevivir. No lo consiguió.
 
En su discurso de apertura del actual año legislativo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner señaló: “El 94,3 por ciento de nuestra gente en capacidad de ser sujeto jubilatorio está hoy con cobertura, (a diferencia) de aquel 63 por ciento que había en 2003”. Es cierto, en estos últimos diez años la jubilación en la Argentina aumentó en casi el mil quinientos por ciento. Sin embargo, hoy tampoco Di Benedetto hubiera logrado esa jubilación mínima que buscaba en 1986; los escritores integramos el 5,7 por ciento que carece de cobertura.
 
Hace tres años, el diputado nacional por Nuevo Encuentro Carlos Heller presentó ante la Cámara un proyecto jubilatorio, alentado por la SADE y el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. En la actualidad, es el diputado nacional Juan Carlos Junio quien lo impulsa. Sé que obtuvo el dictamen unánime de la Comisión de Cultura, y que ahora aguarda el tratamiento y la aprobación de las restantes comisiones. Es necesario que se apruebe este año, de no ser así, perdería estado parlamentario; por lo cual persistiríamos, un año más, una vez más, con el hábito de honrar a nuestro escritores después de muertos, pero seguiríamos ignorándolos en vida. 
 
A la hora de hablar de escritores, necesariamente hay que hablar de la SADE. Tal vez convenga recordar qué la Sociedad Argentina de Escritores se creó, como otras muchas instituciones argentinas, en la sobremesa de un banquete. La noche del 8 de noviembre de 1928, un vasto número de escritores celebraba con alegría y buen vino el éxito que había tenido la primera Feria Nacional del Libro llevada a cabo en el país. Ahí, en ese restaurant, del que ignoro el nombre y no sé si aún existe, se dispuso la creación de un organismo que se ocupara en defender los intereses legales y económicos de los escritores. En 1931 la SADE ya era una realidad. Su primera comisión directiva estuvo presidida por Leopoldo Lugones y entre sus miembros se encontraban Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Leónidas Barleta, Baldomero Fernández Moreno, Ezequiel Martínez Estrada, Ricardo Rojas y Enrique Banchs, quien se ocupó de redactar los estatutos. Los principales nombres de la literatura argentina alguna vez la presidieron o integraron su comisión. Como todo organismo, la SADE tuvo sus días de gloria y sus días de desaliento. En este momento, la nueva comisión, presidida por Alejandro Vaccaro, que tengo el gusto de integrar, se ha dispuesto recuperar aquellos buenos tiempos. Un modo de demostrarlo es efectivizando un ambicioso proyecto: la puesta en marcha del sistema de recaudación de los derechos colectivos de autor. El propósito es utilizar ese dinero en obras de acción social que beneficiarían a los muchos escritores que hoy necesitan asistencia. De esa manera, al poeta pobre y desamparado, mencionado hace un instante, sólo lo encontraríamos en las obras de ficción.
 
Hablé del lector y del escritor, es hora de hablar del elemento que invariablemente los une: el libro. Borges alguna vez dijo: “Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros”. Efectivamente, resulta imposible imaginar un mundo sin libros; de ahí que nos haya conmovido tanto “Fahrenheit 451”, novela en la que Ray Bradbury narraba de qué modo los libros eran sistemáticamente quemados. En esa sociedad del futuro alucinada por Bradbury, escribir y leer era una acción subversiva. La última dictadura cívico-militar se ocupó de hacer cierta esa alucinación. El 29 de abril de 1976, un mes después de que la Junta Militar usurpara el poder, el general Luciano Benjamín Menéndez declaró: “de la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta el intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina”, y ordenó una quema colectiva de libros. Títulos de Marcel Proust, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda y Saint-Exupéry, entre otros muchos, fueron reducidos a cenizas. Cuatro años más tarde, el 30 de agosto de 1980 en un potrero de Sarandí fueron quemados un millón y medio de libros y fascículos publicados por el Centro Editor de América Latina. Un número que estremece y que vale la pena enfrentar a otro, también millonario. El gobierno nacional acaba de anunciar la compra de trece millones de libros nuevos para que sean distribuidos en todas las escuelas públicas del país. Esa cifra se sumará a los sesenta y cuatro millones de volúmenes que desde el año 2004 se han adquirido y distribuido por toda la nación. Las dictaduras queman libros, las democracias alientan su lectura.
 
Ante esa efectiva acción de gobierno, entiendo que se hace preciso reflotar la Ley Nacional del Libro, un proyecto alentado por el entonces diputado Jorge Coscia, hoy Secretario de Cultura de la Nación, que lamentablemente ha perdido estado parlamentario. Esa ley, conjuntamente con la creación del Instituto Nacional del Libro, sin duda reforzarían las políticas públicas que actualmente se llevan a cabo en torno a la difusión de ese objeto que hoy celebramos: el libro.
 
Sé que hay voces agoreras que vaticinan su final. Dicen que tal como se lo conoce, el libro se encuentra en franca vía de extinción. En esta oportunidad, no como consecuencia de los dictadores incendiarios sino por la acción de Internet y todos sus derivados. El libro electrónico ya es una contundente realidad, no sólo para contener al relato, también para generarlo. Diferentes tipos de escritura se han puesto en marcha; pienso en los Blogs y en los textos con imagen y sonido que actualmente se proponen. Otra vez nos enfrentamos a una pantalla, pero a diferencia de la del televisor, ésta te obliga a pensar, porque si bien se alimenta con música y con gráficos, esencialmente se apoya en la escritura, en las palabras que le dan verdadero sentido a un relato.
 
El premio Nobel J. M. Coetzee (quien en este momento está ofreciendo una conferencia en la sala Victoria Ocampo) en una carta que le enviara a Paul Auster, mencionaba un artículo que celebraba la inauguración de una nueva biblioteca en la universidad de Sudáfrica “con terminales informáticas, cubículos para estudiar, salas para seminarios e incontables espacios de trabajo”, decía y se quejaba: “pero en ningún momento aparecía la palabra libro”. Seguramente, antes de que termine este siglo tanto los libros, como las bibliotecas que los contengan, serán objetos históricos que las nuevas generaciones observarán con la misma curiosidad con que los jóvenes de hoy observan los discos de pasta. La voz de Enrico Caruso, que habían logrado captar aquellos antiguos discos, ahora podemos escucharla en los más recientes CDs, ha cambiado el soporte, pero no el contenido: la música sigue sonando. Con los E-Books pasará, ya pasa, lo mismo: en sus pulcras y prolijas páginas, Raskolnikov continúa atormentado por aquella culpa existencial, Bartleby insiste en que preferiría no hacerlo y Gregor Samsa una vez más se despierta convertido en un monstruoso bicho. La escritura persiste, más allá del soporte que la contenga. La aventura de escribir y de leer se mantienen inalterables. 
 
Aunque lamentablemente no voy a estar para confirmarlo, tengo la certeza de que dentro de cien años, en un día como hoy, la Feria del Libro abrirá una vez más sus puertas para darle la bienvenida a sus miles y miles de lectores. Sé que lo hará con el mismo vértigo y la misma alegría con que ahora, ya mismo, se dispone a hacerlo. Es tiempo de cortar la cinta. 

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