Confieso que he bebido y otras crónicas del buen comer

El libro reúne las notas gastronómicas del gran poeta chileno Jorge Teillier. Bares, bodegones y restaurantes, autobiografía, viajes, chismes y literatura.

El libro de cuidada edición, publicado por el Fondo de Cultura Económica -su forma apaisada recuerda los álbumes de estampas y los relatos acompañados con dibujos para niños-, lleva originales collages de la ilustradora chilena Pati Aguilera.

La obra de Teillier (1935-1996), que incluye, entre otros libros Para ángeles y gorriones y Para un pueblo fantasma, es un referente de la poesía chilena posterior a nombres tutelares como Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Gonzalo Rojas, entre muchos.

La producción de Jorge Teillier podría resumirse en unas pocas líneas: una  poesía anclada en un sur mítico, un relampaguear de imágenes para contarlo, y cruzando esos pueblos polvorientos un desfile de jinetes furtivos, fantasmas que conducen trenes nocturnos y enmascarados, escribe en su nota para Télam el poeta y periodista Jorge Boccanera.

Confieso que he bebido... (el título parodia al de las memorias de Neruda: Confieso que he vivido), reúne 19 crónicas escritas por Tellier entre 1980 y 1982 para el suplemento de gastronomía del diario El Mercurio, más algunas traducciones de poemas de Rimbaud, Baudelaire y Ponge.

Poeta de buen beber, aparece Teillier aquí inusualmente asociado al buen comer, rubro abonado ya por diversos poetas latinoamericanos, entre ellos el ecuatoriano Julio Pazos, el peruano Rodolfo Hinostroza -destacados cocineros ambos y con libros escritos y publicados de gastronomía- y el Neruda de Oda al caldillo de congrio.

Prologando el libro, el narrador Ramón Díaz Eterovic -integrante de la mesa de Teillier en el bar la Unión Chica, junto al dibujante Germán Arestizábal y al poeta Rolando Cárdenas- señala que allí "se recibían cartas de países remotos, recados telefónicos o de amadas anónimas y se celebraban los cumpleaños o las publicaciones de los compañeros".

Jorge Teillier, poeta y gastrónomo.
El mismo Teillier en su crónica "Los bares metafísicos de un poeta" indica que La Unión Chica es un bar "sobreviviente": "Curiosamente los viejos bares desaparecen junto a las librerías de viejo", y con fervor recomienda el plato de la casa: un "excelente" puchero a la española.

Frecuentado por empleados públicos, "eternos jugadores de dominó" y escritores enfrascados en su tertulia, confiesa que era habitual que algunos parroquianos de ese bar se precipitaran "en el Triángulo de las Bermudas báquico"; en reuniones excesivamente prolongadas.

Según su amigo, el escritor Enrique Lafourcade, Teillier "no tenía excesiva devoción por la calidad de los vinos. Le daba casi igual el vino tabernícola, lijoso, amargo, ácido (…) que el vino de familia sagrada, añoso, con crianza en cuna de roble francés".

Otros cafés que desfilan en este libro son el Isla de Pascua ("un bar como debe ser y no de esas especies de servicentro que nos están invadiendo") y el Sao Paulo, donde se practicaba una costumbre -"el arte de la conversación"- perdida según el poeta "tras la llegada de la televisión".

Entre otros datos gastronómicos anotados en el libro, señala que Chile "es el nombre del ají en los países más allá del Trópico de Capricornio", y que el término "bucanero" viene de boucan, especie de carne o tasajo con el que se alimentaban los piratas.

No faltan en el libro las referencias a algunos viajes del poeta, como excusa para mención de platos típicos como el tamal en Honduras, el gallopinto (arroz y porotos rojos) en Panamá y en Perú el cebiche de pescado con su correspondiente ají rocoto y cebolla roja.

Tras adherir a la propuesta de Neruda de que el poeta debe visitar un mercado popular por lo menos una vez por semana, Teillier recomienda el mercado de uno de los barrios santiaguinos, Vitacura: "tal vez el más hermoso de Santiago", que seguramente, dice, "le hubiera encantado a ese flaneur de las dos orillas que era Apollinaire".

No podía faltar en un libro como este el poeta Pablo De Rokha, autor de la Epopeya  de las comidas y las bebidas de Chile, a quien recuerda devorándose a modo de picada una fuente para seis personas de cecina de cerdo, quesos, aceitunas y cebollas en escabeche: "Cuando quiero abrir el apetito leo a Pablo de Rokha", expresa.

Ramalazos de nostalgia cruzan este libro, especialmente cuando Teillier expresa su deseo de visitar su pueblo, Lautaro, ubicado al sur del país en el territorio conocido como La Frontera, para tomar allí un plato típico mapuche, "ñachi": "es la sangre del cordero recién degollado y se come temprano en la mañana… se sirve una vez coagulada con jugo de limón y abundantemente condimentada".

Aunque en general el poeta se inclinaba por la comida casera: papas con mote (maíz), porotos con rienda (con tallarines), cochayuyo (algas de las costas de Chile) con cebolla, salmón a la manteca y mariscos, especialmente el erizo, el piure y la macha.

Confieso que he bebido alterna el itinerario culinario con un registro de sus lecturas preferidas: Tom Sawyer, García Lorca, Dylan Thomas, Blaise Cendrars, Holderlin, George Brassens, Ramón Gómez de la Serna y, entre otros, el novelista estadounidense Richard Cunningham, a quien conoció justamente en la Unión Chica. 

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