Un día de campo en Mendoza con Vargas Llosa

El autor de esta nota acompañó al Premio Nobel de Literatura durante toda una jornada en Mendoza, 18 años después de su última visita.

Ocurrió hace 18 años en Mendoza: el hombre llenó el Teatro Independencia, el más prestigioso coliseo local y lo vació rápidamente: había pronunciado un exabrupto que haría que aquel encuentro no pasara inadvertido y quedara grabado en la historia. Hablamos de Mario Vargas Llosa, quien en el caluroso diciembre de 1995 hizo transpirar más de la cuenta a los organizadores de la Fundación Alberdi cuando, apelando a su típica táctica de patear el tablero, originó una ola e críticas desde la intelectualidad, a la que dejó plantada, luego, en sus intenciones de debatir en torno a lo dicho.

El peruano español había sostenido una fuerte defensa, como siempre, del neoliberalismo. Era un tiempo afín para sus ideas en la Argentina, aunque flaco favor le hacía a ellas la corrupción del gobierno de Carlos Menem, su estilo frívolo y las consecuencias sociales de lo que el peronismo de la época también llamó, como siempre, como “el modelo”.

Dijo muchas cosas aquel día. Pero una frase traspasó las fronteras provincianas y abrió un debate nacional:

La obligatoriedad de la enseñanza que yo defiendo puede mantenerse de una manera infinitamente más eficaz con un sistema totalmente privatizado", opinó, suelto de cuerpo, el notable escritor y referente de la Fundación para la Libertad.

“Sí, recuerdo que se armó un gran revuelo”, fue la única afirmación que, 18 años después, se animó a formular Vargas Llosa, de vuelta por Mendoza y a su paso por la esquina del Teatro Independencia, el epicentro de sus afirmaciones, mientras recorría la Ciudad. Mirando por la ventana del transporte, con una gorra deportiva sobre su cabeza y el diario La Nación en sus manos, se mostró neutral: ni incómodo ni feliz. Al fin y al cabo, ese es su propósito cada vez que ofrece una charla pública, conmocionar y abrir debates, como lo hizo en Córdoba hace unos días, al rendirle homenaje, en pleno territorio argentino a Margaret Thatcher.

Lo que había planteando en Mendoza no era otra cosa que cargarle al Estado la responsabilidad de financiar a las empresas educativas, lo que no fue muy liberal de su parte. Sostuvo, como método para emprender su propuesta, que “el Estado debería entregar cupones a las familias para que elijan libremente los colegios donde enviar a sus hijos".

Hoy, ni siquiera quienes comparten sus ideas políticas se animarían a confirmar su propuesta como válida, en aquellos mismos términos. Lo cierto es que Vargas Llosa, hace 18 años, provocó y consiguió respuesta y repercusiones. La gente no supo si aplaudir o no, pero finalmente las repercusiones vinieron después. Lentos de reflejos, en el público cundieron diversas actitudes:

- aplaudir porque estaban de acuerdo;

- aplaudir porque todos los hacían;

- aplaudir porque “queda bien”;

- no aplaudir y mirar al de al lado para tratar de dar crédito a lo que el gran escritor estaba diciendo; o

- pararse, irse y esperar en el hall o sobre calle Chile para comentar el asunto con algún otro el, digamos, “incidente Vargas Llosa”.

Le recordamos que en aquel momento el diario Uno abrió un debate sobre el asunto en el que muchos opinaron y aguardaron su respuesta, cosa a la que se negó. La respuesta del escritor, 18 años después, fue una mirada sonriente, pícara. Nada más.

Rápidamente el tema fue otro: era domingo electoral en Venezuela y el asunto fue sólo interrumpido por exclamaciones tales como “¡Vaya, qué simpático es este lugar!”, no bien entramos al Parque, en el que no se perdió detalle, mientras la gente pasaba a su lado ´trotando alrededor del lago, con sus niños en bicicleta, sin saber que el autor de “La fiesta del chivo”, “Conversación en la catedral” y la “Ciudad y los perros”, entre tantas otras, los estaba escudriñando con interés. De inmediato, quiso saber todo sobre el Parque: que cómo se llama, que quién lo diseñó, que “¡es el doble de grande el Central Park!”. Al girar por el Golf Club, alguien le preguntó si practicaba el deporte. “El golf –dijo, en tono de broma, acusatorio quizá hacia quien le hizo la consulta- es un deporte para ociosos”.

De hecho, Vargas Llosa acredita no perder el tiempo. Pudo venir de vacaciones a Mendoza por los dos días y medio en que lo hizo, y hacerlo en silencio, pero prefirió un encuentro con amigos y gente de las actividades cultural y empresarial. “Yo lo vi, estuvo en la librería”, dijo una trabajadora de Yenny, en la calle San Martín, antes que su visita se difundiera públicamente y nadie le creyó. (Aparentemente, en el tiempo de la hipercomunicación, a nadie se le ocurrió tomar una imagen con el celular del Nobel de Literatura revisando libros en avenida San Martín casi Garibaldi).

“Y dime –requirió en un momento del recorrido por la Ciudad- ¿cómo es que todo el mundo sabe que estoy aquí?”. La noticia había salido en MDZ y en el Uno, y Los Andes se había hecho eco con una mención en su portal digital: ya era vox populi. No hubo respuestas a su requisitoria, solo especulaciones.

“¡Esto es precioso!”, dijo, sorprendido, al ingresar por Los Cerrillos al Valle de Tupungato, lugar en el que, tierras arriba, en Gualatallary, se desarrollaría el almuerzo con el empresario Julio Camsem y su familia como anfitriones. No paró de mirar hacia un lado y el otro. Los viñeros que emergen de entre las piedras, el riego por goteo, la juventud de las cepas y lo valiente de los emprendimientos de alto riesgo y altísimo valor agregado.

Lo esperaba una parrilla completa. No tardó en tomar las herramientas e interrogar al parrillero. Fue el momento de las fotos y la sorpresa por un paisaje omnipresente a los 365 grados. Recorrió el lugar acompañado por Patricia Llosa, su prima y esposa, su hijo Álvaro y su nuera Susana. Fueron llegando las visitas. Que un empresario, que un vecino, que alguien del gobierno. La hora de los artistas, de algunos niños que miraban con sorpresa a ese hombre al que todos miraban con ansias de interrogación. Los anfitriones y su familia, “anchos” y predispuestos.

Bebió la copa de bienvenida con empanada en la mano en un diálogo entusiasta con el empresario Andreu, murciano de nacimiento quien lo desafió, inclusive, a volver a comer una de sus paellas.

Reconoció a uno de los empresarios que lo habían recibido 18 años atrás, en su última visita a Mendoza: Jorge Pérez Cuesta y hablaron sobre su padre español.

El brindis fue con Malbec y fue “por los mendocinos, por los argentinos y por la lbertad”. Previamente, una introducción sentida de los referentes locales de su fundación: el mendocino Daniel Pereyra, el mismo que lo trajera hace 18 años, y el rosarino Germán Bongiovanni, quien preside la Fundación para la Libertad en la Argentina. Solo palabras de rigor y nada de formalismo.

El almuerzo fue intenso, desde todos los aspectos: un asado local bien regado y acompañado con un postre sencillo y mucha charla de sobremesa.

“Vaya, parece que va todo bien en Venezuela”, contó luego de hablar con una diputada que, desde Caracas, fue atendida por su esposa.

La ansiedad por el destino de Capriles se notó a lo largo de toda la jornada. Su optimismo nunca fue desmedido.

Todo lo contrario: cada vez que Venezuela fue puesta sobre la mesa, Vargas Llosa prefirió dar por sentada su opinión política y por alentar una lejana esperanza de triunfo. “Bueno, dan 4 puntos por encima a Maduro”, dirá sobre el atardecer, al comunicarse una vez más con Caracas. “Pero no sabemos si tienen en cuenta la abstención o no”, dijo, preocupado, sabiendo que las encuestas a boca de urna allá estaban prohibidas, pero tanto el gobierno como la oposición las hacían para saber hacia dónde orientar los últimos esfuerzos del día. La noticia del empate virtual entre ambos candidatos, seguramente, lo tomó en pleno descanso en la Ciudad de Mendoza.

Rodeado de jóvenes artistas y emprendedores no tan jóvenes, pero dueños de una esperanza de estar promoviendo un futuro diferente, escuchó y habló. Le gustó el cuidado del paisaje por parte de los emprendedores anfitriones: “La construcción no sólo no invade el paisaje, sino que más bien lo resalta”, observó. Preguntó por unas lonjas de tierra entre viñedos y se le explicó la intención de preservar la flora local.

Habló de su pasado en Europa, de su juventud y de las épocas “gloriosas para el arte en Francia, no como ahora que sufre una crisis tremenda”, según sus palabras. Recordó que “era tan económico y accesible asistir a las actividades culturales, sobre todo el teatro, en la París de los años 60 que uno ahora se sorprende y es difícil advertir una situación similar, salvo en Berlín, en donde se está dando un amplio movimiento artístico, musical”, observó, en un intercambio con Sergio Roggerone y Víctor Boldrini, pintor y diseñador, respectivamente, rodeados por la curiosidad de quienes lo escuchaban con interés.

“Yo empecé a escribir en París. Allí me di cuenta que quería ser escritor. Sí.”, reafirmó, luego de contar que terminó allí “para cumplir con una beca de siete años” y recordar que “viví con una intensidad única el contacto con la cultura”.

“Hoy no es así”, machacó una vez más. Entusiasmado con el recuerdo y con la charla, abundó en su autodefinición: “Yo era un peruano que soñaba en convertirse en un escritor francés, pero, paradójicamente, fue en París en donde empezó a sentir latinoamericano de verdad".

En cuanto al desarrollo actual de su vida, en las últimas semanas ha estado en Brasil, Uruguay y Argentina. Pero normalmente se desarrolla así: “Mira –explicó- yo tengo residencia en España, pero cuando se pone frío, me paso mis tres meses en Lima. Aunque la verdad es que últimamente también estoy repartiendo mucho el tiempo con Washington y Nueva York, tengo mucho trabajo allí”. Contó todo sobre el disfrute que le han dado sus clases en Harvard y Princeton.

Luego, junto a una represa, sentado sobre un camastro al rayo del sol de la tarde mendocina, sele iluminaron los ojos cuando alguien le preguntó sobre la literatura actual latinoamericana. “Bueno, ¡va muy bien! ¡Muy bien!”. Mirando el suelo, buscando nombres en su memoria los frenó: “No puedo dar uno o más nombres, porque hay de todo y en pleno auge. Creo que va muy bien la literatura latinoamericana. En todos los países hay escritores y obras que se destacan. Bueno, lo veo como algo florenciente”.

- ¿Y usted?

- Bueno, yo acabo de terminar una novela. “El héroe discreto” se llama y creo que en septiembre ya estará en las librerías.

Iluminado, se interesó por seguir el tema. “Habla sobre e Perú y su situación actual”, lanzó.

- ¿Es un ensayo?

- No. Novela. Es ficción, pero para ello he trabajado mucho porque realmente el Perú está viviendo un resurgimiento milagroso.

De una pasión pasó a la otra: la política.

“Ya creo que Humala está haciendo las cosas bien”, se alegró y reconoció que años atrás no se hubiera imaginado elogiando al actual mandatario, en sus tiempos de hombre de Hugo Chávez en Lima.

De hecho, alentó a seguir las noticias sobre su país de origen para corroborar un crecimiento que, dijo, “es comparable a la situación de Colombia, a la que también veo muy bien”. Indagado sobre Ecuador, arrugó la cara: “No están bien las cosas allí, ni en Nicaragua, Venezuela ni ninguno de esos países”, dejó traslucir su disgusto antichavista.

El papa Francisco no quedó afuera de la charla. "Sin dudas, es una gran oportunidad para América Latina", dijo.

Vargas Llosa fue, según se supo en la reunión, uno de quienes le produjo “un giro de 180 grados” en Ollanta Humala. “Él es el responsable de que Humala esté de este lado”, dijo alguien del equipo cercano al Nobel. Y él no corrigió. Novela y ficción, pero que no desvincula de sus elogios y admiración a Humala, que deben leerse en clave de promoción de la nueva imagen del ahora mandatario peruano. “Tenemos democracia. Tenemos una política de apertura, de defensa de la propiedad privada, de estímulo a la inversión y a la creación de la riqueza a través de la empresa privada; todo lo que yo creo que empuja una sociedad hacia el progreso”, volvió sobre sus pasos el escritor.

Más tarde, al dejarlo en su habitación, la pregunta fue consecuente a sus elogios a Perú: “¿Es Humala el ´heroe discreto´ al que le dedica su libro?”. Amplia sonrisa y palmada en el hombro. “No –respondió Vargas Llosa-, ya lo podrás leer”. “Yo lo que espero de esta novela es que siga viviendo en 50 años como ha vivido ‘La ciudad y los perros’”, deseó públicamente.

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