¿Por qué la perversión es cada vez más frecuente?

Un libro asegura que la sociedad de consumo nos vuelve un poco perversos. Evolución de un término que pasó al lenguaje corriente.

De tanto que se usa el calificativo “perverso” se puede llegar a pensar que todos lo somos un poco. De hecho, es la tesis de un libro, según revela Infobae.
 
La revista francesa Slate se pregunta, a partir del análisis del empleo cada vez más corriente de esta palabra, si Josef Stalin y Dominique Strauss Kahn, por ejemplo, compartían la misma condición.
 
¿Se parece el ex director del Fondo Monetario Internacional al autócrata ruso o, más bien, por sus inclinaciones sexuales, a Christian Grey, el protagonista del libro más vendido del momento: Cincuenta sombra de Grey?, se preguntan Pierre Ancery et Clément Guillet, los autores del artículo.
 
Recientemente, la revista L’Express publicó un nuevo diagnóstico psiquiátrico de Stalin. El médico y psicoanalista Paul Fuks considera que es un error el calificativo de paranoico que tradicionalmente se usó con el dictador soviético porque “el paranoico está íntimamente persuadido de la realidad de sus persecuciones, (cuando) se sabe que Stalin no era ingenuo acerca de sus acusaciones”.
 
El diagnóstico de Fuks es el de una “perversión narcisista” algo que estaría confirmado por dichos del propio Stalin, que prueban “el sádico deleite de un perverso seguro de su impunidad”: “Mi mayor placer es elegir una víctima, preparar mis planes minuciosamente, cumplir una venganza implacable y luego irme a dormir”, habría dicho el dirigente soviético.
 
Fuks advierte que no hay que confundir esta perversión narcisista con la sexual. Esta última no existió en el caso de Stalin. 
 
En concreto, dice el informe de Slate, la palabra perversión abarca un espectro muy amplio de significados, aunque en su origen “tenía un significado médico y psiquiátrico bien preciso, que designaba comportamientos desviados respecto a la norma”.
 
Hasta hace apenas poco más de un siglo, el término todavía abarcaba a “los homosexuales, los fetichistas e incluso los onanistas”. “Algo que debía representar a un buen número de personas”, ironiza el artículo.
 
Adelantado a su tiempo, Napoleón excluyó de su célebre código (1810) toda conducta sexual privada siempre que implicase a adultos consintientes. Sin embargo, a posteriori, a partir de la segunda mitad de ese siglo, la medicina empezó a inmiscuirse en las prácticas sexuales de la gente y a medicalizar las que consideraba “desviaciones” del comportamiento.
 
 
Desviaciones de lo "natural"
 
Eran los tiempos en que la psiquiatría hacía furor y empezaba a constituirse en ciencia y por ende a clasificar patologías. En 1886, por ejemplo, se publicó el estudio Psychopathia Sexualis de Richard von Krafft-Ebbing, un psiquiatra austro húngaro que consideraba la perversión como una sexualidad cuyo fin no respondía al que dicta la naturaleza, es decir, la reproducción. A él debemos la popularización de los términos sadismo y masoquismo.
 
De esta época vienen también otras palaras “nuevas” para nombrar otras tantas “desviaciones”: homosexualidad (1869), exhibicionismo (1877) o fetichismo (1887).
 
La palabra perversión viene del latin, pervertere, un verbo que significa “dar vuelta” o “poner patas para arriba”: los perversos, por lo tanto, son los que actúan contra el orden natural. En particular desde el punto de vista sexual.
 
Para explicar estos comportamientos, se formulan diferentes teorías, dice el informe. 
 
Una es la de la monomanía, es decir, la de un individuo poseído por sus pulsiones, que lo dominan y lo llevan a actuar compulsiva y obsesivamente.
 
Otra es la degeneración: la sexualidad humana es resultado de una evolución respecto a la cual los perversos serían una excepción, una desviación.
 
Finalmente, la psicología sexual aportará una explicación de otro orden: en individuos con cierta predisposición, un accidente o trauma puede quedar asociado definitiva e irremediablemente a sensaciones genitales infantiles que determinan luego una orientación –o desviación- de la sexualidad.
 
Leopold von Sacher-Masoch (1836-1895), el escritor austríaco cuyo apellido inspiró a Richard von Krafft-Ebbing la palabra masoquismo, cuenta en su libro Cosas vividas como, siendo niño, se escondió en un placar y presenció una relación sexual adúltera entre su tía y un amante. Al ser sorprendido en su escondite, recibió una paliza, que lo llevó a asociar dolor con placer y a descubrir “la misteriosa afinidad entre crueldad y voluptuosidad”.
 
De esa experiencia infantil surgieron sus fantasías sexuales y varias novelas y cuentos en los que, habitualmente, la heroína era una mujer dominadora o sádica.
 
Al casarse, Sacher-Masoch firmó un contrato prenupcial con una cláusula que decía: “Me comprometo, bajo palabra, a ser el esclavo de Wanda de Dunajew, tal como ella me lo pide, y a someterme sin resistencia a todo lo que ella me imponga”. Pese a todo, el escritor protestó contra el uso de su apellido para nombrar una perversión sexual, la suya, concretamente; evidentemente, no tuvo éxito.
 
Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, divide la clínica psicoanalítica en tres ramas: neurosis, psicosis y perversión. Para él, la perversión es un paso obligado en el desarrollo de toda persona.
 
El niño, dice, es un perverso polimorfo: sus deseos se fijan en una multitud de objetos y partes de su propio cuerpo y es al mismo tiempo onanista, exhibicionista, sádico, etcétera. De acuerdo con esta teoría, entonces, el perverso sería una persona cuya sexualidad queda fijada en la infancia y focalizada en objetos –un pie, una prenda…-, niega al otro y sólo cuenta su goce personal.
 
 
Las 8 categorías de parafilia, según la psiquiatría
 
En la actualidad, las perversiones ya no aparecen en los manuales de psiquiatría. Se habla de parafilia, lo que significa “amar de otra manera” y ya no se analiza el origen, sólo el síntoma, con lo cual se hace abstracción de las referencias culturales y morales.
 
Según las clasificaciones de la psiquiatría moderna, las parafilias son “fantasías imaginativas sexualmente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos reiterados e intensos”, que “causan una perturbación clínicamente significativa, una alteración del funcionamiento social, profesional o en otros campos importantes”.
 
Estos comportamientos sólo son considerados patológicos “si llevan a una perturbación del funcionamiento (disfunción sexual, participación de sujetos no consintientes), conducen a complicaciones legales, interfieren con las relaciones sociales”.
 
Aunque no patológicos, estos comportamientos han merecido sin embargo una clasificación, ni más ni menos, en ocho categorías: exhibicionismo, fetichismo, frotismo (deriva del francés frotteurisme, excitación erótica mediante el rozamiento del órgano genital u otra parte del cuerpo, con el cuerpo de otra persona sin su consentimiento), travestismo fetichista, voyerismo, sadismo, masoquismo sexual y pedofilia. Existe una novena categoría que abarca varios comportamientos como la escatología telefónica (eufemismo por el gusto de hacer llamadas obscenas), la klismafilia (pasión por los lavajes) o la acrotomofilia (atracción por las personas amputadas), entre otros.
 
Vale aclarar que las parafilias sólo se refieren a las perversiones de orden sexual. Las perversiones psíquicas son capítulo parte. Y, aunque en las clasificaciones psiquiátricas ya no se usa el término, sí es frecuente en el psicoanálisis y en el lenguaje corriente. Un término muy usado es el de perverso narcisista, la patología estalinista, según Fuks.
 
El psiquiatra Dominique Barbier, autor de La fabrique de l'homme pervers (La fábrica del hombre perverso) sostiene que la actual sociedad de consumo es propicia para la aparición de estas patologías, de las cuales la versión más suave es lo que llama “perverso ordinario”.
 
"Se trata, explicó el propio Barbier en una entrevista con Le Nouvel Observateur, de la situación en la cual la relación con el otro tiene a volverse esencialmente utilitaria. El otro, muy frecuentemente, no sería más que un objeto en una estrategia de plenitud, de felicidad, en sentido único o de reparación de un ego mal construido. Así, los perversos serían como vampiros que, sin parecerlo, sacan al otro su vitalidad, creando en éste un malestar duradero y difuso”.
 
“Para Barbier, la sociedad de consumo, cuya instalación es concomitante con el desdibujamiento del rol de los padres, funciona como un gran seno materno que impide a los individuos dejar el estadio perverso. Como los padres no juegan más su rol, que es el de enseñar los interdictos, los individuos son impulsados a buscar, cada vez más, el goce egoísta e inmediato”, dice Slate.
 
Y cita al propio Barbier, para quien el goce “es esencial a nuestras sociedades porque tensiona el crecimiento”, pero coloca a los individuos en “una relación inmediata con el objeto, sin pasar por la prueba de la carencia –carencia que abre a la alteridad, al deseo, a la aceptación de lo imposible, que implica el renunciamiento, pero también la duración, que necesita diferir, esperar”.
 
El término “perverso” no pasa de moda, es la conclusión del artículo de Slate.
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8 de Diciembre de 2016|19:07
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