El comentarista invitado: así fue el show de Carl Palmer

Sergio Sánchez es realizador cinematográfico, creador de Proyecto Celuloide y baterista. Fue a ver al legendario batero y nos cuenta su experiencia.

Viernes 5 de abril, cine Plaza de Godoy Cruz, diez de la noche. Con puntualidad inglesa, las luces se apagan, sorprendiendo al público que aún está entrando a la sala. Suena una cortina musical y tres tipos aparecen sobre el escenario. Aplauso cerrado.

Me han propuesto escribir un artículo sobre lo que estamos a punto de ver y escuchar, así que intento ser objetivo. Pero con los primeros acordes de “Peter Gunn” la emoción me ataca por la espalda. A pocos metros, sentado tras la batería, tengo nada menos a Carl Palmer. ¿Te suena el nombre?

Bueno, para entender lo histórica que fue esa noche hay que hacer un poco de historia. Ahí va el flashback. ..................

Fines de la década de 1960. En Europa y en América, una camada de músicos inquietos decide romper las rígidas estructuras del pop y aventurarse por los caminos de la experimentación. Si señores, díganle adiós a los temas de
tres minutos con estribillos pegadizos pensados para la difusión radial.

Ya se sabe, en los mejores jardines los senderos se bifurcan. Jazz, Fussion o Heavy se unen al término Rock, intentando poner rótulosa la revolución musical que se avecina.

Y entonces, a comienzos de los ’70, los ingleses toman por asalto el mercado con el Rock Progresivo. Grupos como Yes, Genesis, Pink Floyd o ELP venden millones de discos con una fórmula impensable: temas conceptuales, estructuras
sinfónicas, métricas irregulares y músicos virtuosos.

Y si de virtuosos hablamos, los que destacan son Emerson, Lake & Palmer.

Desde donde estoy sentado, Palmer aparenta unos cincuenta años y toca con la energía de uno de veinticinco. Pero ya pasó los sesenta.

Durante días me pregunté cómo lo habrá tratado el paso del tiempo. Le tengo miedo a la decepción. Lo recuerdo en mi adolescencia, el poster pegado en la pared de mi pieza, las encuestas de la revista PELO consagrándolo año tras año como
el mejor baterista del mundo.

La respuesta llega pronto. Después del tercer tema se inicia un ritual que va a durar el resto del recital: el público ovacionándolo de pié. Y no exagero, tema tras tema.

Palmer responde dirigiéndose la audiencia desde un micrófono ubicado al frente del escenario. A veces en castellano, a veces en inglés, anuncia las distintas “piezas musicales”.

Hasta se da el lujo de parar y hacer un silencio incómodo para arreglar el pedal del bombo. El público aplaude, tratando de salvar el momento.

Palmer responde (en español): “_ Tranquilos, tranquilos. Es viernes y queda mucho tiempo...”

Ovación.

Y bueno, piensen que a los veinte años ya actuaba ante veinte mil personas.

Carl Palmer está recorriendo el mundo con su gira Twist of the Writs. Los medios han anunciado que vamos a escuchar  temas de ELP, solo que esta vez los teclados son reemplazados por un guitarrista, conservando la formación de trío. Lo
cierto es que casi no hay temas originales de Emerson, Lake & Palmer en el repertorio. Esto es otra cosa. Lo que escuchamos son las versiones que tocaban los ELP de autores clásicos como “Hoedown” o la infaltable “Fanfare for the commonman” de Aaron Copland, versiones propias de “Carmina Burana” de Carl
Orff, “America” de Bernstein o la impresionante “Pictures at an exhibition” de Mussorgsky.

Capítulo aparate merecen los “pibes” que acompañan a Palmer. Paul Bielatowicz en la guitarra y Simon Fitzpatrick en el bajo, no solo sorprenden por su virtuosismo, sino por un extraordinario sentido de la misicalidad. Una prueba de
ello fue la versión de “Starway to heaven” de Led Zeppelin, interpretada únicamente por el bajista. Si chicos, aunque me cueste aceptarlo, la velocidad no lo es todo.

Avanza el concierto y se anuncia el último tema. Y si vas a ver a Carl Palmer en vivo, lo que estas esperando se define en una palabra: SOLO.

Solo de baterista, literalmente. Los otros músicos se van del escenario. El público delira y a esta altura hace rato que mi objetividad se fue al carajo.

Durante unos cuantos minutos soy un adolescente otra vez, las lágrimas me corren por las mejillas y estoy ante un monstruo sagrado sacándole música a sus tambores.

La cosa termina de manera previsible. Fake ending y bis. Nada menos que “El cascanueces” de TchaIkovsky. Ovación de pie.

Los tiempos han cambiado, las canciones de tres minutos han vuelto a dominar el mercado musical.

Pero salgo del Plaza con la sensación de que no todo está perdido. Voy a recordar esta noche cada vez que escuche – por casualidad- una cumbia o un reggaetón.

Una noche en que tres virtuosos se echaron al hombro un puñado de obras clásicas tremendamente complicadas y las tocaron con el fuego sagrado del rock and roll.

Impresionante.

Sergio Sánchez.

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20 de agosto de 2017 | 04:01
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