García Márquez, 1982: "El destino de los embalsamados"

Este texto fue escrito por Gabriel García Márquez en 1982 y a raíz del embalsamamiento y exhibición del cadáver de Lenin en Moscú.

Como uno de los chismes periódicos que divulgan las agencias de Prensa, ha surgido ahora la versión de que el cuerpo de Lenin que se exhibe en la plaza Roja de Moscú es, en realidad, una estatua de cera. Se dice que un sobrino de Stalin llamado Budu Svakadze reveló el secreto en ufi libro que el KGB no pernlitió publicar en 1952, pero que una copia del manuscrito logró llegar a Israel por correos clandestinos, y desde allí ha sido difundida al mundo por el Jerusalem Post. Todo esto es tan difícil de comprobar, que tal vez el método más útil sea tomarse el trabajo de viajar a Moscú, hacer la cola de tres horas bajo las nieves de enero y entrar en el glacial y denso edificio de mármoles incandescentes para tratar de averiguar con ojos propios qué puede haber de cierto en este folletín trasnochado.Yo lo hice en las dos únicas ocasiones en que he estado en la Unión Soviética -en 1957 y en 1979-, y en ambas tuve la impresión de que el cuerpo de Lenin estaba hecho de su materia natural, aunque es fácil entender que un visitante distraído, o demasiado incrédulo, se sienta inclinado a pensar que es una estatua de cera. La primera vez, el cuerpo de Lenin yacía en su urna de cristal, a la derecha del cuerpo de Stalin, que todavía entonces se consideraba digno de aquella gloria de formaldehído. Lenin había muerto 33 años antes, y Stalin, apenas cuatro, y la diferencia se notaba. Este último parecía irradiar un aura de vida, y su bigote histórico de tigre montuno apenas si ocultaba una sonrisa indescifrable. Lo que más me llamó la atención -como ya lo dije en los reportajes que publiqué en aquella ocasión- fueron sus manos delgadas y sensibles, que parecían de mujer. De ningún modo se parecía al personaje sin corazón que Nikita Jruschov había denunciado con una diatriba implacable en el vigésimo congreso de su partido. Poco después, el cuerpo sería sacado de su templo glorioso y mandado a dormir un sueño sin testigos, y tal vez más justo, entre los muertos numerosos de los patios del Kremlin. Muy cerca de la tumba de Jdhn Reed, el único norteamericano que alimenta las rosas de aquel jardín quimérico.

El cuerpo de Lenin era menos impresionante, porque estaba menos conservado. En efecto, 33 años son muchos, aun para los muertos, y también en ellos se notan, a través del tiempo, los artificios del embalsamamiento. Al lado de la cabeza de Stalin, enorme y maciza, la de Lenin parecía tan frágil como si fuera de vidrio, y su semblante oriental parecía llegarnos de muy lejos. Tal vez buena parte de esa degradación había sido heredada de sus dos últimos años de vida, que para Lenin habían sido de sufrimientos. En 1922 había sido operado para sacarle una bala que le quedó en el cuello del atentado de agosto de 1918, y el brazo izquierdo le quedó sin vida. El año siguiente sufrió varias recaídas, perdió el habla, se redujo a la nada su fabulosa capacidad de trabajo, y el 21 de enero de 1922 murió devastado por la arterioesclerosis cerebral. Su cerebro, extraído para embalsamar el cuerpo, tenía la consistencia árida de una piedra. La inutilidad del brazo izquierdo se notaba aun después de embalsamado, y la erosión general del cadáver, que ya era evidente la primera vez que yo lo vi, lo era mucho más la segunda, cuando ya habían transcurrido 55 años de la muerte. Pero en ningún caso me pareció una estatua de cera, entre otras cosas, porque la cera no tiene la buena virtud de envejecer. Terminá de leer el texto en El País haciendo clic aquí.

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3 de Diciembre de 2016|06:34
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