Che, Flaco, seguimos oyendo como ciegos frente al mar

Intento de homenaje, aunque más no sea oxidado, a ese que nos marcó, ese al que todavía no nos damos cuenta de cuánto lo vamos a extrañar.

“Todavía no nos damos cuenta de cuánto lo vamos a extrañar” (Carlos Fernández, periodista de MDZ Online, febrero de 2012)

 

Hoy, las redes sociales se van a cargar de imágenes del Flaco. Y es muy loco que desde hace exactamente un año nunca, ni un solo día, ha faltado alguien en las redes que recupere algo de él. Un video, una foto, una frase, un recuerdo…

La puta, che, creo que nunca nos dimos cuenta de cuánto lo íbamos a extrañar.

Es probable que, como yo, todos aquellos para los que el Flaco significó algo, todos aquellos que tienen partes de sus vidas marcadas por alguna de sus canciones, mantengan fresco en su memoria lo que estaban haciendo en ese momento en el que se enteraron de eso, ese momento en el que descubrieron en profundidad eso de que “ningún lugar, de hecho, es bueno cuando nadie está”, esa soledad que pudo construir una sola ausencia.

Yo iba caminando por Godoy Cruz, por la vereda de La Parrala, y allí me encontré con el Fito Suden, que estaba tomando un café con un amigo. Nos saludamos, cruzamos un par de palabras, yo iba a pagar el alquiler de la casa en la que vivo, así que fue una frase breve y chau, despedida. Al cruzar la calle me encontré con la Diana Fiore, una amigaza, que venía con la cara desfigurada. “¿Te enteraste, Cano?”, me preguntó. “Se murió el Flaco”, dijo después, y el mundo se paralizó por un instante.

Primero pensé en la Lore, mi compañera (que ese fin de semana se la pasaría llorando ante cada homenaje a Spinetta), después pensé instantáneamente en la Ale Vitale, fanática del Flaco desde siempre. También pensé en la Vero González, otra de esas bestias que se conocían los cancioneros de memoria. Y en el Tutuca, porque cuando éramos pendejos él se enamoró de una piba que no le daba ni bola y, no sé por qué, la canción insignia de esa época fue Mapa de tu amor. Y en muchos más, en muchos nombres que no significan nada para quien pueda estar leyendo esto, pero ya se sabe, son parte de esa masa anónima de la que somos integrantes.

Sí, ni siquiera podía calcular cuánto lo íbamos a extrañar.

Volví a mi casa después de pagar el alquiler y apenas entré recibí el llamado del Diego Heras para preguntarme si sabía lo que debía saber. Y a ese llamado se sucedieron otros. Y varios de esos otros me preguntaban si iba a escribir algo al respecto. Claro que les decía que sí, pero los engañaba, sabía desde el primer momento que los engañaría, no porque no fuera a sentarme a intentarlo, sino porque sabía que me iba a temblar todo. No era una necrológica más. No era escribir sobre una muerte así como así. No.

Uno aprende a escudarse, está obligado, vive de escribir sobre muchas cosas, entre otras, de muertes. Pero con el Flaco era distinto. Es distinto.

Lo intenté. Juro que lo intenté. Pero no pude. Comencé varias veces, y cuando por fin llegó la Lore, que venía del centro con el más chiquito, y cruzó la puerta y vi esa cara que me decía que ya conocía la noticia de mierda que nos tocaba conocer, desistí definitivamente. Entonces borré el último intento de artículo sobre la muerte del Flaco y me di por vencido.

Hoy, exactamente hoy, hace un año que sigo tratando de darme cuenta de cuánto lo vamos a extrañar, y como desde hace un año, me sigue costando lo mismo escuchar Artaud, de la misma manera en que me cuesta escribir un aunque más no sea oxidado homenaje a Spinetta.

Alejandro Frias

Opiniones (0)
22 de agosto de 2017 | 16:16
1
ERROR
22 de agosto de 2017 | 16:16
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes