Anticipo: leé desde aquí un capítulo de "Amalita"

MDZ te anticipa un capítulo completo del libro "Amalita", de Marina Abiuso y Soledad Vallejos, editado por Sudamerica y que salió hoy a la venta.

Hoy salió a la venta el Libro "Amalita", la biografía de Amalia Lacroze de Fortabat escrito por Marina Abiuso y Soledad Vallejos y editaro por Sudamericana.

La mujer más rica de la Argentina, fallecida hace un año exactamente, retratada en sus aspectos públicos e íntimos por dos periodistas que se metieron de cabeza a escarbar en la vida de una mujer secreta, con momentos de brillantez y glamour, que supo coquetear con las estrellas, el arte y la política.

Las autoras

Marina Abiuso Nació en Buenos Aires en 1983. Estudió Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires y se recibió en TEA. Actualmente es redactora de la revista "Noticias". Fue redactora del diario "Perfil" y colaboradora de "Clarín". Trabajó en la revista chilena "Luna" y en la argentina "Susana". Participó de la antología de crónicas "Punteros", fantasmas y criminales de la Universidad Nacional de La Plata (2012).

Soledad Vallejos Nació en Buenos Aires en 1974. Cursa el doctorado en Ciencias Sociales y es licenciada en Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. También es productora y directora de radio y TV por el ISER. Actualmente es redactora en "Página 12". Fue redactora y subeditora del suplemento #Las 12#. Colaboró en revistas nacionales ("Debate", "Hombre") e internacionales ("Correo de la Unesco"). Fue becada por el Fondo Nacional de las Artes por su investigación La rara. Una biografía de "Silvina Ocampo" (2009). Participó de compilaciones como Cielo dandi y de la revista Artefacto. Es autora de una serie de biografías de escritoras ("Virginia Woolf", 2003; "Colette", 2002; "George Sand", 2001).

Capítulo IX: La Candidata

Premoli nunca había sido un hombre sutil. Su gusto por la poesía no alcanzaba a morigerar sus modales marciales, su estilo tosco; apenas había agregado cierto vuelo romántico a la manera de expresarse, todavía tan similar a la que había hecho que lo eligiesen como vocero de Onganía y su golpe militar. A Amalita le gustaba así, con convicciones claras, definiciones propias. El coronel había tenido paciencia. Con ella y con el país.

Le pesaba haber quedado al margen del poder. Estaba retirado del Ejército y apenas era decano de la Universidad Argentina John F. Kennedy. Con afán de influir, había fundado el Centro de Estudios de Relaciones Internacionales y Estrategia Nacional, desde donde insistía en que la guerrilla argentina era una expresión del "terrorismo internacional" y que la Tercera Guerra Mundial ya había comenzado. Pero lo que comenzaba era 1983: las Malvinas eran inglesas y el final de la dictadura resultaba inminente.El coronel no quería quedarse afuera: "Sí, quiero", dijo a los periodistas con ilusión de novia y ambición de candidato. Quería que lo tuvieran en cuenta para las elecciones de octubre pero apuntaba alto. "Cualquier ciudadano responsable se siente convocado en la medida de su capacidad para conducir el país. Aquí existe pudor ante el poder, pero si me preguntan si yo quiero ser presidente, diré que sí, quiero". No era tan sencillo.

Premoli no tenía pasado democrático. Peor aún: no tenía pasado peronista y ese verano todavía costaba pensar que en los comicios fuese a imponerse otro partido. El coronel tenía que actuar rápido, construirse una historia a medida. Sacó a la luz su amistad con Augusto Timoteo Vandor, que se hacía más y más estrecha en cada nueva entrevista. "Era un gran dirigente peronista, muy inteligente. Nuestra relación fue muy constructiva". De todos modos, el "Lobo", muerto desde junio de 1969, no podía negarlo. Premoli se encendía ante los micrófonos y aseguraba que le preocupaban los obreros "por una cuestión de orden cristiano, humano, de sensibilidad". Decía: "Quiero a los obreros por una sola razón, más allá de su ideología política: porque juegan permanentemente su capital biológico para hacer las casas que nunca van a habitar y para construir los automóviles que nunca van a tener". Hizo correr la versión de que había sido esa relación tan estrecha con el sindicalismo la que le había costado la carrera militar: "Yo era el primero de promoción, dos veces diplomado en el Estado Mayor, era abogado… No había razón para que no fuera general. Sin embargo, me dieron la baja prácticamente después del golpe que derroca a Isabel". Insistía, repetía, enmendaba.

Era en vano. Los periodistas le recordaban su rol escoltando al general Julio Alsogaray hasta el despacho del presidente Arturo Illia para exigirle la renuncia. "No es algo de lo que esté orgulloso", decía él. Había sobradas pruebas de su fervor por la Revolución Argentina, como se llamó a sí misma la dictadura que derrocó a Illia en 1966. Los más memoriosos lo ponían ante una contradicción flagrante: quería ser el candidato del partido de Perón pero se había levantado contra el General en 1951.

"Está claro que obedecí órdenes. El que mandó la revolución no fui yo. ¿Usted alguna vez, de joven, no se volcó la sopa encima? Y sin embargo yo no digo que usted sea un maleducado", desafiaba a un periodista.

—He vivido intensamente la situación política del país desde el año 30. Entonces, yo me pregunto quiénes son los que pueden ser candidatos a Presidente de la Nación, qué vara mágica los toca. Si yo amo a mi país, si yo siento pasión por mi país, si yo lo siento en la piel, ¿por qué no puedo decir en un momento determinado "por qué no yo"? ¿Quiénes son los dioses, quiénes los privilegiados, quiénes son los sangre azul?

Amalita. A ella todo le resultaba más fácil. Su nombre sonaba siempre en los despachos correctos, aun en dictadura. Había tenido buen vínculo con el ministro del Interior Albano Harguindeguy; José Alfredo Martínez de Hoz seguía siendo invitado a su casa a pesar de que la economía estaba en crisis, ya no era ministro y su prestigio estaba lastimado; tenía también su foto con Emilio Massera, con el gobernador Ibérico Saint Jean y con su par fallido de Malvinas, Mario Benjamín Menéndez.El intendente de la Capital, brigadier Osvaldo Cacciatore, había estampado su firma para que Amalita obtuviese un crédito de 25 millones de dólares que le permitiera concretar su máximo sueño filantrópico: un hospital de niños para la ciudad. La empresaria proyectaba 250 camas en una superficie de 18 mil metros cuadrados. Su colaboración durante la guerra había sido profundamente apreciada y, una vez terminada, le ofrecieron un cargo. Ella jamás dejo trascender cuál y sólo dijo que lo había rechazado. "Como particular puedo hacer mucho más por mi país que como funcionaria", fue la única explicación que dio. La presidencia del general Reynaldo Bignone atravesaba los últimos meses camino a las elecciones y la empresaria sabía bien que no tenía nada para ganar sumándose en esas condiciones.

Había aprendido de Alfredo que el verdadero poder estaba en el dinero. La viuda lo tenía y lo usaba sin temor. El desempeño del Club Loma Negra la había hecho conocida para nuevos sectores sociales y el trabajo de la Fundación Alfredo Fortabat la convertía en una suerte de Evita privatizada. La comparación con la difunta esposa de Perón estaba instalada: "Ella contaba con otros medios para ayudar a la gente necesitada. Yo sólo cuento con el dinero de mi empresa", explicaba la empresaria en abril de 1983. Si su auto se detenía en un semáforo y Amalita veía a alguien pidiendo limosna, le pedía al chofer: "Baje y dele algo". Había dos conductores, pero el que más tiempo trabajó para ella fue Elio, empleado de los Fortabat desde tiempos de Alfredo. Amalita le mandaba comprar dos trajes cada año: uno de verano y otro de invierno; exigía que estuviese siempre impecable. El hombre bajaba del coche, un Mercedes Benz verde con cambios automáticos, y entregaba algunos billetes a los necesitados antes de que la luz verde volviera a darles paso. "¿Le dio? ¿Cuánto?", preguntaba Amalita y seguían viaje. La respuesta le daba lo mismo: jamás llevaba billetera porque los choferes manejaban una "caja chica" para pequeños gastos repentinos, propinas, limosnas. O podían ser cubanitos, como la vez que, detenida por el semáforo, la viuda miraba de reojo la rutina de un vendedor ambulante y terminó tentándose.

—¿Serán ricos? —preguntó de repente al chofer de turno.

—Sí, yo he comprado; no están mal.

—Cómpreme.

Un paquete de cubanitos terminó en la cartera de la empresaria.

Su dinero no era solo para los pobres. Se acercaban las elecciones para el regreso democrático. El departamento de avenida Del Libertador era un desfile de operadores, amigos, candidatos. Antonio Cafiero, Fernando de la Rúa, Álvaro Alsogaray, Víctor Martínez, José María Dagnino Pastore, Adalbert Krieger Vasena, Arturo Frondizi. Cuki, a veces asistente, a veces dama de compañía y siempre persona de confianza puertas adentro de la residencia, los anotaba en la agenda del día para recibirlos en el living donde Amalita los dejaba siempre algunos minutos de más observando sus pinturas, su gusto, su lujo, su opulencia. En las reuniones sociales se divertía revelando la lista de poderosos que habían esperado en su sillón. "Debería ponerle una plaquita de bronce", se reía.

Amalita escuchaba, hacía pocas preguntas, jugaba a dispersarse; gozaba con el esfuerzo de su interlocutor por mantenerla entretenida.

A veces, los despedía con sobres de papel madera bajo el brazo; sólo variaba el volumen que lo inflaba, la generosidad del aporte. En la casa había siempre mucho efectivo. "¿Sabe qué habría que hacer? Meterlos a todos en una coctelera y sacar lo mejor de cada uno. Si todos hicieran un sacrificio personal y ofrecieran lo mejor de sus ideas, ¡qué diferente sería todo! ¡Qué distinto si el partido ganador tuviese la suficiente personalidad para llamar a gente que no fuera partidaria pero sí brillante!", dijo ese verano a La Semana. Podía interpretarse casi como un llamado público a que la convocaran, y el periodista Julio Petrarca quiso señalarlo: "Por ejemplo, usted…". La mirada gélida de Amalita le hizo poner la piel de gallina.

La entrevista se publicó en tapa de la revista con un título que era, a la vez, especulación y anuncio: "La compañera Amalita en el balcón". No asomaba por el de la Casa Rosada sino al de su residencia del barrio Los Troncos, en Mar del Plata. Decía que el caserón, ubicado en Matheu 1743, había sido casi un capricho: "Se la compro ahora mismo, cash. Tiene cuatro minutos para pensarlo", contaba que había desafiado al dueño anterior. Pero la casa era suya desde 1973 y en realidad la había comprado Alfredo Fortabat. Detalles.

Diez años después importaban poco. Con un vestido amarillo, Amalita sonreía a gusto mientras se especulaba sobre su eventual afiliación al peronismo.

—¿Usted va a hacer política?

—¿Partidista? No creo.

—¿Nunca?

—Yo hago política. Todos los días.

—¿Se va a afiliar alguna vez?

—No creo que sea necesario afiliarse para manifestar simpatía. Yo tengo mucha simpatía por los máximos dirigentes de todos los partidos.

Premoli era presa de esa disyuntiva. En enero de 1983, había dicho a Convicción —el diario con el cual el marino Emilio Eduardo Massera procuraba preparar el terreno para su proyecto político personal— que no iba a afiliarse a ningún partido.

Pero en marzo, La Nación, Tiempo Argentino y otros diarios publicaban declaraciones del coronel anunciando que evaluaba hacerse del carnet peronista: "Cuando dije ‘no me afiliaré’, no dije ‘nunca’". El equilibrio era

delicado, no podía seguir adelantándose a las ofertas, pero una negativa demasiado enfática podía dejarlo fuera de juego antes de tiempo.

Ese marzo fue un mes de versiones, rumores, gestiones y negativas. La escena política argentina bullía. Los diarios insistían en que Isabel Perón planeaba terminar con su exilio español: volvería a pisar la Argentina como huésped de Amalita. Versiones más cautas la daban por invitada no al país —todavía bajo control militar— sino a Punta del Este, en Uruguay, donde la cementera tenía casa de toda la vida. En rigor, entonces tenía dos: un departamento frente al puerto y una mansión en el Barrio del Golf, ambas con el confort suficiente para la presidenta derrocada. Mientras la comparaban con Evita, de pronto aparecía asociada a la otra mujer de Perón. Viuda, como ella. La empresaria estaba en Nueva York y esquivó a la prensa para no tener que desmentir la noticia. Opinaba que la viuda era una "excelente señora" a la que le había "caído encima" la presidencia. Pero Isabelita era más que eso: era la última esposa de Perón, la última presidenta constitucional y un ícono ante quien, aún, muchos dentro del Partido Justicialista rendían pleitesía. Tenía, todavía, poder de veto.

Premoli —una vez más— actuó de vocero: desmintió la visita, que recién iba a darse en 1988, sin previo aviso y sin que Amalita tuviera que oficiar de anfitriona. Fundado o no, el rumor de un viaje de Isabelita había dado al coronel una nueva excusa para atender a los medios y hacer una demostración de fuerza al peronismo. También a él el fútbol le había dado relieve; era un regalo que le había hecho Amalita. Ante los jugadores del club, Premoli no ocultaba sus intenciones de usarlos como trampolín político. Ella lo permitía; dejaba hacer, pero hablaba más bien con la Unión Cívica Radical. Le habían hecho el pedido de que fuese candidata a vicegobernadora en la provincia de Buenos Aires. No lograron que se interesara. Cada vez que la consultaban sobre sus preferencias de cara a las elecciones, Amalita remarcaba sutilmente que no existían sólo dos partidos. Álvaro Alsogaray, un viejo conocido, era candidato de la más conservadora Unión de Centro Democrático.

El radical Raúl Alfonsín recorría el país y cerraba cada acto con un gesto que se volvía especialmente poderoso después de siete años de desaparecidos y dictadura militar: recitaba el Preámbulo de la Constitución Nacional. El 26 de octubre fue martes: el candidato nacido en Chascomús hizo su cierre de campaña en el Obelisco ante una multitud histórica. Amalita estaba tan inquieta que sacó charla a sus mucamos: "¿Les parece que gana? ¿Se viene el zurdaje?". Al día siguiente, Tiempo

Argentino dedicaba una pequeña columna con foto a Amalita y anunciaba que el peronismo bonaerense planeaba darle la cartera de Acción Social. El candidato a la gobernación de la provincia de Buenos Aires era Herminio Iglesias, un sindicalista que había sido hombre de Vandor, el amigo que Premoli se jactaba de haber tenido. Si fue cierto que iban a convocarla, no tuvieron ocasión de cumplirle.

El radical Alejandro Armendáriz se impuso sobre Iglesias, ahogado bajo su error histórico de cerrar la campaña remitiendo a la violencia al prender fuego un ataúd con el logo de la UCR.

El 10 de diciembre Alfonsín prestaba juramento en la Casa Rosada. Había regresado la democracia.

AHORA, ALFONSÍN

Calculaba el cemento per cápita: en 1980, la cuenta le daba que Loma Negra había vendido 250 kilos por argentino. Amalita misma citaba las cifras: decía que entre 1977 y 1981 había invertido 250 millones de dólares solamente para reformar los hornos.

En los primeros meses de democracia, de pronto parecía demasiado. La economía estaba en jaque y el sector del cemento sufría una crisis aguda con los precios fijados por el Estado y una industria de la construcción paralizada. "Trabajamos a pérdida", se quejaba la empresaria. El 15 de octubre de 1984, Amalita se reunió con el ministro de Economía, Bernardo Grinspun, y le exigió medidas paliativas.

Ni ella ni Premoli eran parte del gobierno. Premoli, además, era cada vez menos parte de su vida. Amalita había perdido interés en la aventura deportiva del Club Loma Negra, que comenzaba a desdibujarse a pesar del fuerte gasto y de las grandes figuras. Quizá la empresaria notó que tenía demasiados jugadores, más que otros equipos, hasta más que Boca, que River. Le echó la culpa al coronel por esa sobredimensión en la que habían ganado todos menos ella. No había servido siquiera como trampolín electoral, pero muchos amigos estaban convencidos de que eso —para ella— era un alivio. "Amalita tenía más para perder que para ganar siendo candidata. Yo creo que jamás lo hubiese hecho", especula Bartolomé Mitre, que fue su amigo durante 60 años.

El coronel oficiaba de asesor en Loma Negra y estaba a cargo de los campos, que tampoco rendían lo esperado. Las peleas se hicieron frecuentes, Amalita comenzó a tratarlo con frialdad y lo desterró de las entrevistas que daba. Ya no figuraba en los comentarios ni aparecía en las

fotos. En lo sucesivo, salvo alguna excepción, iba a posar sola, aun cuando Premoli siguiese muchos años más en su vida.

El año 1985 fue el momento del Plan Austral. La novedad —implementada por un nuevo ministro de economía, Juan Vital Sourrouille— se había gestado en el más absoluto secreto. Implicaba un cambio de moneda y un programa agresivo para cumplir con lo que el presidente Alfonsín, ante una Plaza de Mayo repleta, había anticipado como "economía de guerra". Lo criticaron duramente: Onganía —antiguo jefe de Premoli— lanzaba pronósticos funestos sobre el devenir del gobierno; lo mismo hacía Frondizi anticipando inflación, recesión, anarquía. Ambos ex presidentes habían sido amigos de Alfredo Fortabat y conocían bien a Amalita. Ella quedaría al margen del grupo de empresarios que Alfonsín invitaría a la gira que él y su ministro de Economía emprendían por Estados Unidos. En realidad, Amalita ya estaba ahí, con lugar garantizado en la cena de honor que la Casa Blanca brindó para el argentino. A ella no la había invitado el presidente argentino, sino el norteamericano Ronald Reagan. La primera dama, Nancy Davis, sentó a la empresaria en la mesa de Alfonsín, junto al tenista Guillermo Vilas. En el libro 7 ministros, Ezequiel Burgo asegura que fue durante esa gira, y en el más estricto secreto, que el Plan Austral comenzó a gestarse.

Amalita sabía. No tenía detalles pero estaba al tanto de que se avecinaba un cambio. El gobierno —revelaría con el correr de los años— había recurrido a ella y a algunos otros referentes para que sugirieran propuestas. "Yo hablé de una concertación entre gobierno, empresa y gremio", explicaría eventualmente. Conocía al secretario de Hacienda, Mario Brodersohn, de una vez que le pidió entrevista cuando él era presidente del Banco Nacional de Desarrollo. "Recuerdo esa entrevista porque a ella le gustó el té que el ordenanza del banco le sirvió y me sorprendió cuando mi secretaria me dijo que llamó para pedir la marca. No sé cómo reaccionó cuando le dijeron que era una marca común en cualquier organismo oficial", recuerda el funcionario.

El gobierno que había temido comenzaba a resultarle simpático.

"Yo soy alfonsinista", se definió ese año en Tiempo Nuevo, el histórico ciclo de Bernardo Neustadt que todavía salía por Canal 13. El conductor era su amigo; ella estaba a gusto: "Sos un tonto", le dijo entre risas y al aire, aunque les daba lo mismo que alguien los filmara; jugaban, divertidos, iban y venían de un tema al otro. Neustadt le pidió que

levantara su mano derecha y que repitiera lo que él decía; quería arrancarle una promesa. Amalita simulaba obedecer y estuvo a punto de hacerle caso y decir que sí, que iba a lograr una reunión entre su amigo David Rockefeller y la Coordinadora radical. Pero se frenó justo y siguieron las risas. "¿Son zurdos? ¿Te asustan?", consultó el periodista. "Creo que Alfonsín tiene en ellos un grupo de colaboradores brillantes", contestó.

En el mismo programa, esa misma noche, opinó también sobre el Juicio a las Juntas, que era un tema excluyente en diciembre de 1985. La sentencia a los sucesivos gobiernos del Proceso de Reorganización Nacional se había leído tres semanas antes: a Jorge Rafael Videla le correspondía cadena perpetua por 66 homicidios doblemente calificados por alevosía, cuatro tormentos seguidos de muerte, 93 tormentos, 306 privaciones ilegales de libertad calificadas por violencia y amenazas, y 26 robos; a Emilio Massera le habían probado tres homicidios agravados por alevosía, 12 tormentos, 69 secuestros con violencia y amenaza. También le correspondía cadena perpetua. Roberto Viola, Armando Lambruschini y Orlando Ramón Agosti recibieron penas menores: 17 años, 8 y 4 años y seis meses respectivamente por delitos como tormentos, robos y privación de la libertad. Desde el estudio de TV, con el periodista a su lado, Amalita vio el informe sobre las condenas al mismo tiempo que la audiencia, y dijo que no entendía. "No entiendo por qué hay penas tan severas para los que fueron responsables, pero no para otros que pudieron cometer delitos. Los que fueron juzgados podrían ser responsables parciales, porque a lo mejor pasaban cosas que ellos no conocían", relativizó la empresaria. El beneficio de la duda, la teoría del exceso. Era el último programa de 1985 y se despidieron brindando con champagne.

No lo prometió ese día en televisión, pero la reunión con Rockefeller se hizo. Fue a instancias de Enrique "Coti" Nosiglia. Con 35 años, seguía siendo un referente de la juventud radical aunque pesaba más como hombre de confianza del presidente, asesor, brazo ejecutivo, línea directa. Era un buen amigo para tener, y Amalita lo tenía. Para él, también implicaba beneficios.

Uno fue David Rockefeller. Estaba en Buenos Aires, y no iba a decirle que no a Amalita. La reunión fue un asado, por supuesto en Olavarría, y tuvo un carácter más que informal. El magnate llegó a Aeroparque cual turista, con una cámara de fotos colgándole del cuello.

Vestía camisa blanca y pantalón liviano; era un verano agobiante. Algunos de los jóvenes radicales iban mejor ataviados; se sintieron ridículos. Esperaban en el sector VIP del aeropuerto, ansiosos por una jornada que se prometía singular. Eran demasiados para el avión privado de Amalita. Alquiló además un DC9 para sus invitados. No eran sólo los radicales: 120 comensales disfrutaron de los 80 kilos de carne que se asaron en la parrilla. En la estancia San Jacinto el servicio estaba acostumbrado a esa espectacularidad. Se contrataban mozos extras —obreros de la fábrica, siempre— y se entretenía con estilo típico. La tropilla del Fortín Tradicionalista era parte del show que Amalita montaba para impresionar a sus visitantes. Los jóvenes de la Coordinadora no necesitaban tanto: observaban la casa, el lago, el puente, la compañía y sentían —sabían— que estaban ante un poder menos efímero que el de la política. Las copas se llenaban todo el tiempo con vino tinto. Ya se habían relajado, aun sentados a la mesa de embajadores y viejos funcionarios. Estaban el ex ministro de Economía Roberto Alemann, pero no Martínez de Hoz, que era también amigo de Rockefeller; Bulgheroni, Federico Zorraquín, del grupo Garovaglio-Zorraquín; los hermanos Carlos y José Rohm, quienes terminarían el siglo señalados por lavado de dinero; Guido Di Tella y el hombre de Bunge y Born, Miguel Roig, el mismo que iba a ser ministro de Carlos Menem durante apenas unos días, culpa de un infarto mortal. En ese asado estaba también José Estenssoro, padre de la actual senadora María Eugenia, entonces presidente de la petrolera Hughes Tools, el mismo cargo que tendría luego en YPF. A Premoli no se lo vio.

Los hombres de la Coordinadora estaban ante una mesa inmejorable.

En El Coti, la biografía de Nosiglia, Darío Gallo y Gonzalo Álvarez Guerrero recogen una anécdota particular. Amalita había pedido que sacaran al parque su sillón preferido, para estar más cómoda, y en un rapto de nostalgia suspiró:

—Me trae tantos recuerdos…

Ricardo Mazzorín, que aún no había tenido la idea de importar pollos y se desempeñaba como secretario de Comercio, no pudo aguantarse la acotación.

—Eróticos, seguramente.

Amalita tenía 64 años y era atractiva. Sexy, incluso. No era sólo que tuviera piernas esbeltas sino que sabía exactamente cómo cruzarlas. Era una seductora implacable, esmerada, constante, de una audacia casi masculina. Estaba convencida de que podía conquistar al hombre que

quisiera. Aun si era menor, aun si era casado, aun si su esposa estaba delante. "Si lo quiero, lo tengo", desafió a una secretaria que la descubrió mirando mucho a un señor acompañado y —bastante incómoda— había pretendido romper la tensión comentando "qué pena".

Resultaba curioso que fuese igual de infalible cuando no se lo proponía. Amalita tenía una manera de conducirse, siempre cómoda consigo misma, que atraía a las personas como un imán. El poder o el encanto.

En eso, Nosiglia era igual. Sabía usar el poder y aprovechaba su encanto, mezcla de elocuencia y porte de rugbier, que conservaba camino a los 40. Tenía una debilidad: era incapaz de hablar en público, se ponía colorado, transpiraba. El protegido de Alfonsín venía de Misiones y conservaba el acento en las elles marcadas que se atropellaban cuando estaba nervioso. No importaba, podía prescindir de los discursos ante multitudes porque su vocación era moverse en las sombras. Y porque en el diálogo directo era infalible.

El operador más eficaz del radicalismo había conocido a Amalita durante la campaña del 83 y había conseguido un aporte, aunque ella siempre lo negara. La viuda lo eligió como su emisario ante el gobierno y recurría al joven como correo con Alfonsín, que nunca se desveló por impresionarla. Esa languidez presidencial ante la empresaria era un error a ojos del vicepresidente, Víctor Martínez, que para remediarlo se esmeraba ante ella al punto del ridículo. El Coti no necesitaba esforzarse: Amalita confiaba en él y lo seguiría haciendo durante la década siguiente, entrado el menemismo. Los biógrafos del radical pudieron saber que hasta viajaban juntos: en 1992 se los vio en Nueva York; en 1994 un viejo dirigente de Boca se sorprendióal encontrarlos juntos en un hotel del sur de Italia. Tomaban sol como dos turistas despreocupados.30 Aun en esa tierra en la que eran anónimos llamaban la atención: Amalita le llevaba casi treinta años.

LA FELICIDAD

Ocurrió una noche, sin que nadie lo esperara. Amalita llegó a su departamento cansada después de una fiesta, o tal vez fuera un cocktail. Una cosa es segura: había bebido de más. Caminó hasta su habitación —rosa, como siempre—, se encerró en el baño, intentó quitarse los lentes de contacto. Eran las 3 de la madrugada. Hubo que llamar al chofer de emergencia, despertar al oftalmólogo, llevarla hasta el consultorio en mitad de la noche. Salió de la consulta con un parche en el ojo que la obligó a recluirse durante días; se había lastimado la córnea.

Por fortuna en la residencia había, siempre, un chofer disponible. Estaba a la espera de lo que pudiera pasar, aunque la mayoría de las noches no sucedía nada. En la cochera del edificio de Libertador tenía una habitación especialmente destinada para quedarse de guardia, esperando lo inesperado. Tenía un pequeño placard, una cama, un teléfono que sonaba a cualquier hora para que la gobernanta comunicara la alerta: "Prepare el coche que ya sale la señora". Los hombres a su servicio estaban acostumbrados: a veces los saludaba y había que responderle, pero cuando subía al auto callada era mejor no hacerlo. Sólo se sentaba atrás cuando era llevada a reuniones o eventos; para el día a día prefería el asiento del acompañante. La seguía siempre un Ford Falcon con los hombres de la custodia.

El Mercedes Benz tomaba avenida Del Libertador hasta que se convertía en Leandro N. Alem. Seguía. A la altura del Correo Central, doblaba en Cangallo —la actual Perón—, subía la barranca para tomar la Diagonal Norte. En el cruce de Diagonal y Maipú bajaba Amalita. Segundos antes había comenzado todo un operativo: las puertas de Loma Negra se habían abierto para ella, se despejaba la vereda de peatones para que la empresaria atravesara esos pocos metros sin cruzarse con nadie. El camino era siempre el mismo, la banda de sonido dentro del Mercedes Benz también: un casete de Frank Sinatra con sus clásicos New York, New York y My Way. En días de buen humor, Amalita cantaba sobre la cinta; otras veces escuchaba en silencio, casi nostálgica.

Sinatra había estado en la Argentina en agosto de 1981, alojado en la suite presidencial del Hotel Sheraton. La comitiva del cantante —47 personas, 125 valijas, tres toneladas en equipos— ocupaba todo el piso 23 con vista al puerto y la Plaza Británica. Pagaba los gastos Ramón "Palito" Ortega, que había hecho el peor negocio de su vida. No sólo había acordado un contrato en dólares en tiempos de inflación. Además, al momento de firmar los términos de la estadía, había preferido pactar el pago de una suma fija por el alojamiento en vez de contratar él mismo el hotel. Por culpa de la devaluación, el dinero convenido —y que Palito pagó puntualmente— le hubiese alcanzado a la producción de Sinatra para comprar las habitaciones en lugar de alquilarlas.

Palito y su empresa, Chango Producciones, tenían a Sinatra para cuatro noches de gala en el Sheraton y otros dos conciertos en el Luna

Park. Las entradas que habían proyectado a 300 dólares tuvieron que ofrecerlas a 100. Incluso —reconoció él— se encontró rematando localidades por apenas 10 dólares. Se habían caído hasta los anunciantes: el tucumano pedía un millón de dólares y le respondían que había apenas 300 mil. Estaba ojeroso, tenso, agotado; vivía en un búnker que había instalado en el hotel para estar cerca de Sinatra. Su ruina económica era una visita histórica para el país: el presidente Roberto Viola recibió al cantante de ojos azules en la Quinta de Olivos. "Ya un buen amigo mío, el presidente Reagan, me había hablado largo y muy bien del general Viola. Incluso me mandó un saludo personal para él", declaró "La Voz" a la revista Gente. También dijo que si la visita no se había concretado antes, había sido por temor a la "subversión". Sinatra tenía hasta custodia de Interpol.

Al norteamericano le cayó bien Palito Ortega. Lo consideró un hombre serio; mejor aún: un hombre de palabra que había honrado el contrato firmado aunque perdiera dinero. Según declaró el mismo Palito, con la devaluación y sus propios errores de cálculo, la aventura de Sinatra le terminó costando un millón de dólares.

Había sido pobre una vez y no estaba dispuesto a serlo de nuevo. No era ya el muchacho que vendía café en la puerta de los canales y había tenido la suerte de sumarse al Club del Clan. Ahora estaba casado con Evangelina Salazar, que por pedido de él había abandonado su carrera como actriz. Era un padre de familia. Entonces montó una gira por el interior del país, en ciudades pequeñas, a veces en pueblos. Palito tocaba allí donde alguien estuviese dispuesto a pagar por una entrada. Su actitud conmovía.

Amalita lo conoció formalmente un año después, en agosto, para su cumpleaños. Era, como siempre, un festejo espléndido al que Palito llegó acompañado por el locutor Antonio Carrizo, que casi había tenido que llevarlo a la rastra. El cantante se lo iba a agradecer toda la vida. La viuda no era lo que él esperaba; se sorprendió ante una mujer que sabía parecer sencilla sin resignar elegancia. Se cayeron bien, se citaron para almorzar. Les gustaba el restaurante Veracruz, ubicado en la calle Uruguay, entre Lavalle y Corrientes. La especialidad eran las langostas, que se exhibían vivas para que el comensal se acercara a la pecera y eligiera en persona cuál quería comer. A Amalita eso la divertía.

Congeniaban aunque no parecían tener nada en común. Se hablaban por teléfono. Ella le daba una prioridad absoluta: si estaba reunida, se excusaba para atenderlo. "Volvía sonriendo como una quinceañera",

recuerda una mujer que alguna vez tuvo que esperarla mientras la empresaria charlaba con el cantante, 21 años menor y en pleno proceso de recuperar su fortuna. Amalita lo ayudó en todos los sentidos posibles, aun cuando se quejaba de atravesar un mal momento. Desde 1981, con los precios fijados por el gobierno, la rentabilidad de Loma Negra caía todos los años. Se había reducido la obra pública, que representaba —en el cálculo más conservador— el 30 por ciento de la facturación de la empresa, que entonces sólo proveía cemento para las represas de Yacyretá y Piedra del Águila.

La adversidad no asustaba a Amalita. En octubre de 1986, la fábrica cumplía 60 años; había sobrevivido a crisis peores. Organizó un festejo para 1.600 personas en el Plaza Hotel. Encargó a Palito la realización de un video con la historia de Loma Negra y su difunto esposo, Alfredo Fortabat. Palito contrató a Antonio Carrizo para la narración. El locutor también ofició como conductor del evento, que reunió a todo tipo de personalidades. Amalita hizo que sus nietos recibieran uno a uno a cada invitado.

Soñaba con el día en que uno de ellos estuviese al frente de la empresa: Amalita Amoedo tenía apenas 10 años, pero Alejandro estaba por cumplir 22 y Bárbara ya pasaba los 20. Su peso la acomplejaba; se había internado en la clínica cordobesa de El Diquecito para adelgazar. Inés tampoco era siempre esbelta, pero ella juraba que le daba lo mismo estar delgada o gorda. "Sé que mamá sufre por eso", decía. Mamá Amalita sufría.

Ese viernes 24 de octubre, Inés y Amalita habían llegado al Plaza vestidas prácticamente igual: mismo estampado, distinto diseño, comprado por ambas en Saks Fifth Avenue de Nueva York. Inés corrió a cambiarse mientras Amalita seguía en el besamanos. Pasaron el futbolista Carlos Salvador Bilardo y el titular de la AFA, Julio Grondona. El cantante Piero desentonó con jeans y morral en una reunión de ilustres como el Premio Nobel Luis Federico Leloir. La viuda sabía mezclar sus mundos. No le importaba que el peluquero Miguel Romano, el diseñador Gino Bogani y la actriz China Zorrilla rieran a carcajadas cerca del ex ministro Bernardo Grinspun o del gobernador de Corrientes, José Romero Feris. Pero aun sus invitados podían depararle sorpresas: Bogani la asombró cuando saludó con un efusivo abrazo a Nasir, el embajador de Arabia Saudita. María Julia Alsogaray tenía un peinado impactante y estaba en compañía de su padre, el ingeniero Álvaro. A pocos metros, se notaba que Vicente Leonides Saadi estaba a sus anchas: tenía una relación inmejorable con Julio Amoedo, el yerno de la anfitriona. El vicepresidente

Víctor Martínez no cesaba de perseguir a Amalita para retomar una charla permanentemente interrumpida. El presidente Alfonsín no estaba; se había disculpado con un telegrama. Sí, en cambio, se podía ver en el lugar a Arturo Frondizi y al ex ministro Adalbert Krieger Vasena. La revista Somos registró una curiosidad: esa noche casi no se hablaba de otra cosa que de la Ley de Divorcio, recién aprobada. Por primera vez desde la efímera decisión peronista que había permitido casarse a Amalita y a Fortabat, las segundas nupcias eran una posibilidad en la Argentina.

El retorno de la democracia traía derechos y nuevas libertades, pero también tensiones. El 14 de abril de 1987, la casa no estuvo en orden: el coronel Aldo Rico había tomado la Escuela de Infantería de Campo de Mayo y transformaba la calma del Jueves Santo en una de las jornadas más tensas desde diciembre de 1983. Al igual que algunos de sus compañeros de levantamiento, Rico se había pintado la cara con el maquillaje de tono verde habitualmente reservado al combate; se hicieron llamar "carapintadas". Veían venganza en los civiles que pedían justicia por los crímenes cometidos durante la dictadura por los militares. El ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, fue a verlo hasta la Escuela de Infantería; el sublevado hasta obtendría una reunión con Alfonsín. Los rebeldes declaraban abiertamente su intención de detener los juicios contra los militares que seguían siendo encausados por delitos contra los derechos humanos. En lo sucedido durante la dictadura, clamaban los insurrectos, no había nada que investigar, nada que juzgar, nadie a quien condenar. Mucho menos eran esos asuntos que pudieran dirimir civiles. Garantizar la impunidad era respetar el código castrense. A fin de cuentas, una cuestión de respeto y agradecimiento.

Premoli compartía la preocupación de los militares rebeldes. Si Amalita estaba convencida de que la responsabilidad no era de la cúpula sino de subalternos que hubieran podido cometer "excesos", el coronel abogado iba a sostener la teoría de la guerra interna. "El período 1976-1981, que se discute hoy en los estrados de la Justicia, ha sido desencajado del tiempo real en que ocurrieron los acontecimientos —había escrito él mismo en una columna encargada por Ámbito Financiero en 1985—. Aparecen confundidas acciones de guerra y delitos comunes en un recipiente estrecho donde está ausente la causa original del problema y la acción de los agresores".

Rico no tenía tiempo de escribir columnas ni editoriales. Después de tomar el cuartel, fue apresado. Pero escapó. Luego, se acuarteló otra vez.

Negoció la Ley de Obediencia Debida; de todas formas terminó él mismo ante la Justicia. Su abogado fue precisamente el coronel retirado Luis Máximo Premoli.

Amalita prescindía de esas batallas castrenses. Estaba ocupada en otro tipo de cuestiones; buscaba otro roce. Sabía que era una anfitriona implacable, que se superaba en cada ocasión. Si había contratado un avión para reunir a Rockefeller y la Coordinadora, para agasajar a Vittorio Gassman y Luciano Pavarotti iba a contratar dos: un Bac 500 de Austral para el centenar de invitados especiales y un Saab de Lapa exclusivo para 35 fotógrafos, camarógrafos y periodistas que debían inmortalizar la velada en la estancia.

Al lado de María Herminia Avellaneda iba María Elena Walsh, que tomó un micrófono y cantó "Manuelita la tortuga". Más discreto, Plácido Domingo presenciaba el show. Antonio Carrizo por una vez se salvó de oficiar como maestro de ceremonias y pudo dedicarse a charlar con el ex canciller frondicista Oscar Camilión, muy cerca del embajador de Estados Unidos, Theodore Gildred. Camino a San Jacinto, Amalita se había sentado junto al secretario de Cultura, Carlos Bastianes. No dejó de conversar con él ni un solo momento.

Una vez en la inmensa carpa montada para ese día sobre el parque perfecto de la estancia, el animador televisivo Eduardo Bergara Leumann ponía ritmo al evento, mientras se esforzaba por hablar en italiano con Pavarotti. El tenor parecía disfrutar de cada cuadro, cada performance, cada trago. Negronis, Bloody Mary, Manhattan: la barra estaba preparada para todo desafío. Fue una verdadera bacanal en la que se asaron 600 kilos de carne, aunque como entrada ya habían desfilado dos mil canapés entre caviar, langostinos, palmitos y roquefort. Claro que también las clásicas empanadas habían reforzado el clima criollo. Gassman y Pavarotti recorrieron la cabaña, admiraron los toros, se animaron a montar a caballo. No eran gauchos: el tenor precisó usar una silla como escaloncito para montar y algo más de ayuda para bajar; debieron acercarle un camión como si fuese una grúa.

—Todo esto que ves está manejado por una mujer —dijo Amalita al tenor más famoso del mundo.

—Estoy enamorado de te —respondió él. Lo acompañaban su esposa, su hija y su padre.

Todos aplaudieron a rabiar la performance del bailarín de tango Juan Carlos Copes. "Ella nos contrataba como quien contrata a una belly

dancer", recuerda él. Copes cobraba y hacía lo suyo: la guiaba y hacía parecer que la viuda era una bailarina excelente. Pero el don de Amalita para el baile no estaba tan desarrollado como su don para aparentar. Cuando Copes la guió al ritmo de "El día que me quieras", ella se encontró solvente, graciosa. Solía dejarse llevar por Premoli, que esa tarde la agarró fuerte para un tango y una milonga. Pero no estaba preparada para el desparpajo de Gassman, que de pronto la vio sola y trepó de un salto al escenario. La levantó en el aire; le dio una voltereta; a Amalita se le vieron las piernas. Reía extasiada. Sonaba La cumparsita y el italiano daba un espectáculo memorable en su estancia. Pavarotti aplaudía.

—Somos tres marcianos —repetía la viuda.

La esposa de Gassman se confesaba borracha.

Amalita no se había olvidado de los soldados de Malvinas. En 1984, el diputado peronista Lorenzo Pepe había impulsado una ley para entregar medallas a los ex combatientes. Amalita se había enterado, lo había llamado por teléfono a su despacho en el Congreso y le había dicho que aportaría lo necesario para pagar dos mil medallas. Puso el dinero, la ley se promulgó el 31 de octubre y se publicó en el Boletín Oficial el 9 de noviembre. "No parecía una millonaria, era muy sencilla. Nos dieron una medalla a nosotros también, de recuerdo. La vi por última vez en el edificio de la Marina, en una entrega de sables. Charlamos en el despacho del almirante Joaquín Estrella", recuerda hoy.

Los soldados tampoco se habían olvidado de ella. El ex conscripto Altieri la vio en el Planetario y la reconoció de inmediato: era la Señora, su madrina de guerra, la que lo había tratado con tanta dulzura cuando estaba internado en Campo de Mayo. Ella lo había visto desde el auto y lo llamó. El muchacho iba vestido de combate, vendiendo calcomanías, bolsitas de residuos, pañuelos descartables.

—¿Qué hacés acá? Esto no va, Beto.

—Es que no tengo trabajo.

—Vení a trabajar conmigo.

—No, señora. Yo a usted no la quiero aprovechar en nada. Si yo consigo un lugar, ¿usted puede hacerme una recomendación?

—Sí, Beto, cómo no.

Jamás dejaría de tener limitaciones en un brazo, producto de las esquirlas de una bomba que le afectaron el cerebro. Amalita escribió una carta y comprobó otra vez que su firma era valiosa. Altieri dejó la ropa de combate para comenzar a trabajar como empleado en PAMI. Mientras tanto, en Olavarría —y también a instancias de Amalita— levantaban un

monumento a los soldados caídos en el Atlántico Sur. Muchos de esos chicos muertos eran de la zona.

Amalita estaba cada vez más coqueta. Mandaba preparar sus cremas en la perfumería Pozzi; se cuidaba la piel con obsesión. Sabía exactamente cómo quería su maquillaje, cómo llevar el pelo. Y era implacable. Por la razón o por la fuerza, los peluqueros aprendían a ejecutar el peinado exactamente como ella pretendía; cualquier error podía ser fatal, aun minutos antes de la hora de partida:

—No me gusta. Empecemos de nuevo.

—Señora, no hay tiempo. Dígame qué quiere cambiar y lo arreglamos.

—Quiero que lo cambies todo.

—Señora…

Miguel Romano no tuvo tiempo de decir otra vez que no. Amalita se había embadurnado la mano en un pote de crema para el cuerpo y se la pasaba enérgicamente por la cabellera. Iba a necesitar lavado, secado y nuevo peinado en tiempo récord.

Era una mujer sensible. Decía que no podía vivir sin amor y que tenía "tres o cuatro hombres" enamorados de ella: "Me parece que en el fondo me admiran tanto que confunden admiración con amor". Jugaba con la idea de volver a casarse. Se lo consultaban seguido y ella decía que lo haría "a los 75, quizás a los 77". Por ahora, no tenía tiempo. En Los dueños de la Argentina, Luis Majul asegura que los planes de casamiento eran un vaticinio de la bruja de su hija Inés, que le había pronosticado marido nuevo. Religiosa y todo, Amalita creía en supersticiones. Llevaba una cinta roja en la muñeca pero alegaba ignorancia sobre qué significaba; decía que era cosa de su nieta menor. También estaba convencida de tener cierta videncia; telepatía, al menos. Con timidez, confesaba intuiciones que eran premoniciones: había anticipado la muerte de su hermano, también la de su marido. Ni una vez ni la otra le había servido de nada. Por lo menos en la vida cotidiana su don tenía un uso más doméstico: saber quién llamaba, antes de atender el teléfono, era una capacidad de la que a menudo se jactaba. Cuando del otro lado encontraba la voz de Ramón Ortega, sonreía.

En 1987, Palito fue a Catamarca para dar un show. Por pedido expreso de Amalita, se hospedó en casa del director de la fábrica de Loma Negra en El Alto, Mateo Gemignani. El ingeniero recordó todo en sus memorias: "Creo que Ramón se sintió como en su propia casa. Sus

contactos telefónicos eran largos y frecuentes y de ninguna manera permitíamos que se lo interrumpiera. Cada vez que salía del escritorio, que mantenía cerrado, me decía que había hablado con su señora, alguno de sus chicos o con la señora Amalia".31 Tocó, recaudó y se fue. Tiempo después, volvió a la provincia con Amalita, que había contratado a su empresa, Chango Producciones, para el video homenaje a Fortabat. La superproducción obligaba a recorrer las fábricas, en ocasiones en compañía de otros ejecutivos. Esa vez, tanto Amalita como Ortega eximieron a Gemignani de hospedarlos y prefirieron el Hotel Biarritz, muy cerca, en Frías.

Eran famosos. Sabían del asedio de los fotógrafos y por eso tomaban precauciones. Si iban a almorzar, salían del restaurante por separado. La maniobra impedía que Palito fuese un caballero y acompañara hasta el auto, pero era comprensible; estaba casado, no quería que nadie interpretara mal su amistad. En esa época, Amalita se había hecho de un departamento en Coronel Díaz y Cerviño, en el mismo edificio en el que vivía una de sus sobrinas preferidas, Paula César. La empresaria y el cantante sabían encontrarse allí; se entretenían. Amalita convocaba a su chofer a veces a la una, a veces a las dos, pero siempre de madrugada.

En la primavera de 1987, un hombre se presentó en la redacción de la revista La Semana, en Corrientes y Talcahuano.

—Tengo algo que puede interesar.

La directora Teresa Pacitti no pensaba dedicarle más de un minuto, hasta que vio el material. Eran fotos, muchas, tomadas a distancia, casi todas de espaldas pero con dos protagonistas inconfundibles: Amalita Fortabat y Palito Ortega. Él le pasaba el brazo por los hombros, le tocaba la espalda. Paseaban por Via Frattini, en la Plaza Spagna de Roma; miraban vidrieras con despreocupación de turistas. El que ofrecía las fotos decía haberlos encontrado por casualidad, cuando él también estaba de vacaciones. Paparazzo accidental, los había seguido mientras ella se probaba unos diez tailleurs en Valentino ante la mirada atenta del cantante, que iba a hacer su propia compra: zapatos de Salvatore Ferragamo. El hombre estaba dispuesto a entregar las fotos con la única condición de permanecer anónimo. En la revista aún hoy aseguran que la verdad es esta y que no se le pagó.

No se podía afirmar nada y el número 566 de la revista, publicado el 7 de octubre, llevaba en la tapa una pregunta: "¿Qué pasa entre Amalita Fortabat y Palito Ortega?". La editora Pacitti conocía bien a la empresaria

y esperó —en vano— su enojo. "Resultó que estaba encantada", recuerda. El cantante guardó silencio y prefirió no desmentir lo que la revista tampoco había afirmado. Por entonces vivía en Miami, lejos del ruido mediático argentino, con su esposa y ya seis hijos.

Amalita vivía sola. Cenaba frente al televisor y decía que su compañero más fiel era Rafael, su mayordomo. "Ramón es muy amigo mío y yo camino por las calles de Roma con mucha gente. En realidad, camino por las calles de Roma o por cualquier otro lado con quien quiero", fue todo lo que dijo.

Su hija Inés también estaba soltera: separada de Julio Amoedo, había cambiado la compañía de su marido por la de su madre. El vínculo entre ellas atravesaba un buen momento, se había vuelto más estrecho.

Amalita tenía más festejantes. A Renée Sallas, de la revista Gente, le dijo en una entrevista que su fantasía era cambiar la palabra "viuda" de su pasaporte por un rótulo más acorde. Se le ocurría "seductora".

BÁRBARA Y RADIANTE

En la familia había una mujer que tenía suerte en el amor: Bárbara Bengolea. A los 22, tras dos años de novia con Esteban "Teddy" Ferrari, estaba lista para casarse. No iba a ser un evento así nomás. Era 1988.

Amalita haría de la boda de su nieta un acontecimiento sin precedentes. Trajo al fotógrafo de la familia real inglesa, Norman Parkinson, para que retratara a los novios. Lo había hecho viajar desde Trinidad y Tobago, aunque también habría fotógrafos de ocasión, cámaras sociales y las de Chango Producciones, la productora de Palito Ortega, que filmó cada detalle del casamiento como si fuese a transmitirse por televisión.

Bárbara entró en la Basílica de la Merced cuando sonaba la música de Carrozas de fuego; iba del brazo de su hermano Alejandro. Su padre, Julián Bengolea, estuvo en la ceremonia y ofició de padrino. Como indica la tradición, las madres de los novios eran las madrinas. Pero tuvieron que sumar a Amalita: la empresaria leyó una oración; también fue la primera en soltar las lágrimas cuando el cura los pronunció marido y mujer. Bárbara parecía una princesa, enfundada en un vestido de gasa línea imperio bordado en perlas, diseñado por Sylvie Burstin para Nina Ricci. Sobre la cabeza lucía la diadema de diamantes que había llevado Inés de Lafuente para su fiesta de 15.

En la fiesta hizo su entrada del brazo de su flamante marido mientras sonaba la marcha clásica de Edward Elgar, Pompa y circunstancia. La celebración era en la quinta familiar de San Isidro: sólo para esa noche, mandaron construir 3 mil metros cuadrados cubiertos, elevados del suelo y con aire acondicionado suficiente como para que no agobiara el calor húmedo de diciembre. Montaje y decoración habían demandado un mes: alfombras color champagne y paredes tapizadas en rosa; mesas con manteles de shantung de seda también rosa. Los baños, construidos especialmente para esa noche, estaban decorados con una escultura de Julio César.

Amalita, decidida a impresionar, recurrió a una de sus mejores y más exclusivas armas: su pinacoteca. Llevó los arlequines de Pettoruti para vestir el salón y uno de los retratos que le había hecho Andy Warhol para colgar en la recepción.

Los mozos fueron 350; los cocineros, 30; los sommeliers, 80. Debían atender a cerca de dos mil invitados, todos influyentes. Estaba el vicepresidente, Víctor Martínez; Alfonsín, otra vez ausente, mandó de regalo una cigarrera de plata. El más aplaudido de la noche fue el gobernador riojano Carlos Saúl Menem, de poderosas patillas, que había concurrido con su esposa, Zulema Yoma. El hombre que pronto se volvería presidente firmó autógrafos y repartió saludos. Le tocaba compartir mesa con su rival en las internas del Partido Justicialista, Antonio Cafiero, y también con Coti Nosiglia y su esposa. En esa misma mesa Amalita reservó un lugar para sí misma, convencida de que allí se encontraban los principales actores del próximo gobierno nacional. No se equivocaba. Entre conversación y conversación, disfrutaba de huevo Volga, salmón ahumado con ensalada de palmitos, ananá y champignones, ostras, foie gras. Perdidos entre la multitud deambulaban el ingeniero Álvaro Alsogaray, la conductora Mirtha Legrand, el cómico Tato Bores y la siempre paqueta Marina Dodero, hija del naviero. Daniel Scioli, apenas un motonauta, bailaba con Karina Rabolini, radiante; Juan Carlos Rousselot, intendente de Morón, llegó unos minutos después que Fernando de la Rúa, entonces legislador. Julio Ramos, fundador de Ámbito Financiero, se mostraba muy acaramelado con la Miss Mundo Silvana Suárez.

Bárbara estaba exultante. Saludaba, agradecía y bailaba en el centro de la pista. La celebración de su casamiento con Teddy era un sueño. Para Amalita, por momentos, fue una pesadilla. Le falló David Rockefeller, que mandó una carta disculpándose. Su presencia era un plato fuerte que no podría servir. Amalita había hecho todo para que cada detalle estuviese

colmado de lujo, pero el champagne Pommery que había pedido a Francia no llegó a tiempo. Tampoco lo hicieron los vinos. Las marcas nacionales tuvieron buena aceptación: se descorcharon 800 botellas de tinto, otras 1.000 de blanco. De champagne corrieron ríos: casi 1.500 litros. Con el whisky hubo pasión pero no récords: 80 litros de auténtico escocés.

La elegancia flaqueaba en el ingreso al salón: los guardias de seguridad exageraban al chequear con rigor tarjetas y lista de invitados. Muy cerca, esa misma noche se celebraba otra boda, la de Merceditas Navarro Ocampo. Amalita había intentado persuadir a sus padres para que cambiaran la fecha, pero no hubo caso. Cuatro camiones autobomba rodeaban la quinta, en cuyo perímetro se repartían 300 hombres de la Unidad Regional de Vicente López. Adentro, se ocupaba la Policía Federal.

El tránsito era un caos. Amalita había alquilado el Jockey Club para usarlo como playón de estacionamiento. Esperaban unos mil autos y el espacio era tan amplio que combis de Manuel Tienda León trasladaban a los encargados del valet parking. Fue un error de cálculo, de logística, de planificación. En todo caso, fue un error: los invitados debían esperar hasta una hora y media antes de recuperar su auto.

Sin embargo, el verdadero oprobio estaba por ocurrir salón adentro: mientras los amigos de Bárbara saltaban al ritmo de la música brasileña, la pista cedió bajo sus pies. La tierra del parque estaba demasiado mojada porque antes de la fiesta se había desagotado la pileta. La estructura se derrumbó por tanto entusiasmo. Rápido de reflejos, el DJ propuso a los invitados bailar bajo las estrellas, directamente sobre el pasto. "Menos mal que estamos en noviembre", se alegró.

Amalita ya no estaba en San Isidro; se había retirado antes de las 3 de la mañana. Para Bárbara, lo de la pista fue una anécdota más. Para Amalita, no. Mientras su nieta comenzaba la vida de casada con un viaje a la Polinesia, la empresaria mostró su furia llevando el asunto a Tribunales. Durante años iba a perseguir a la empresa que no había podido construirle una plataforma más sólida en la que lucir su esplendor.

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