Abelardo Castillo, el gran cuentista argentino

La publicación de sus "Cuentos Completos" permite constatar algo que se repite de forma distinta en sus relatos: que crecer -atravesar la línea de la adolescencia- es una instancia ligada al desafío, la crueldad, la competencia, la traición y también la culpa.

El libro, publicado por Alfaguara y subtitulado "Los Mundos Reales", reúne una extensa producción que se inició en 1961 con "Las otras puertas" y continuó en títulos como: "Cuentos crueles", "Las panteras y el templo" y, entre otros "El espejo que tiembla".
 
Sobre los rasgos estilísticos de Castillo y sus ejes temáticos, el narrador Juan Bautista Duizeide habla de "una obra de síntesis"; "él -dice- intenta fáusticamente apropiarse de todos los procedimientos; devorar y asimilar todas las influencias como una especie de vampiro narrador".
 
Y califica de "notables" sus reescrituras de textos de Cortázar y Arlt: "Y aún más notable, cómo cruza la tradición de Borges con la de Cortázar en el cuento `Volvedor`, que retoma el asunto de `La intrusa` pero con un dispositivo de narración como el de `Continuidad de los parques`".
 
Otro narrador, Vicente Muleiro, se detiene en el: "En el manejo diestro del punto de vista. Leo y releo obsesivamente una operación magistral: un `él` que termina siendo un `yo`, como en el cuento `El marica`, que remata: `Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude`".
 
Agrega que: "Castillo maneja el enigma a través de una sabia variación entre primera y tercera persona. Ese es el recurso narrativo que emplea con maestría y que además de plantar sus relatos en mundos hasta entonces pocos frecuentados, lo coloca en un lugar impar".
 
Distintos críticos ubican la obra de Castillo en un cruce de coordenadas entre Edgar Allan Poe, Malcom Lowry, Roberto Arlt y Henry Miller.
 
Según Muleiro: "Están las angustias sartreanas y dostoievskianas con homenajes a Borges y a Cortázar; ni que hablar de Poe, un ícono literario al que le dedicó su drama `Israfel`. Lo importante es que se salva, como diría Harold Bloom, de `la angustia de las influencias` toma esos antecedentes para escribir lo propio".
 
Coincide Duizeide y agrega: "A Horacio Quiroga y al realismo social. También intuyo que se trata de un intenso lector de poesía y de filosofía. Pero lo más interesante es lo que Castillo hace con sus influencias, y sobre todo en la relación vida-literatura".
 
"A fines de los 80 se puso de moda desdeñar a la generación del 60 por `vitalista`, lo que es un gran equivoco, y en el caso de Castillo de modo evidente; también en Walsh, Conti, Urondo. El vitalismo no consiste en desdeñar la experiencia intelectual, sino en ponerla en un mismo nivel de intensidad con la política, el sexo, el trabajo, la errancia".
 
Respecto a la crueldad, el desafío y la traición como marcas recurrentes de sus cuentos, dice Muleiro: "Reconozco esos elementos; de alguna extraña manera pareciera que sus personajes viven una eterna adolescencia, una imposibilidad de situarse racionalmente frente a los acontecimientos que los rodean"
 
"Hay un `saga adolescente` concreta, en relatos como `Hernán`, `El marica`, `La madre de Ernesto`; aún la trama de `Crear una pequeña flor es trabajo de siglos` está dominada por una fragilidad emocional que suena adolescente", desliza. 
 
Duizeide prefiere referirse a la violencia como tema englobador: "Violencia política, aunque esto pocas veces sea explícito (`Los muertos de Piedra Negra`, `En el cruce`, `La fornicación es un pájaro lúgubre`); violencias sociales, violencias en las relaciones de trabajo, de amistad y en las relaciones de pareja".
 
"Y violencias de las voces narrativas y una contradicción -en los libros `Las otras puertas` y `Cuentos crueles`- entre lo que se cuenta y las formas elegidas para contar. En términos de Foucault, un conflicto entre fábula y ficción", precisa.
 
Así, el mundo de los adolescentes y sus ritos iniciáticos, es uno de los ejes de los cuentos, con personajes que rivalizan: "Se trata de una versión primaria y áspera de las relaciones que se dan entre sus personajes adultos -señala Duizeide- sin las máscaras de la hipocresía y la conveniencia social. Dentro de esa línea `La madre de Ernesto` me parece el más logrado".
 
Interviene Muleiro: "Sus personajes masculinos buscan `hacerse hombres` y/o `hacerse artistas`, trascendiendo el opaco presente que les toca vivir. Sacar pecho, pegar mejor, saber más, son huellas desesperadas en pos de dejar atrás los rasgos infantiles. Arriesgo que Abelardo tiene un profundo conocimiento de que adolescencia-literatura-ensoñación, arman una tríada inseparable".
 
Para Muleiro, también el amor es uno de los núcleos de esta obra: "Está en el centro. Esas parejas desparejas que también aparecen en sus novelas; hay un no se qué angelical en las mujeres y algo diabólico en los hombres. Lo curioso es que invierte ese par clásico y el hombre con visajes de diablo queda colgado de la palmera".
 
Para Duizeide el amor es en esta obra: "Una instancia terrible, una posibilidad de conocimiento y autoconocimiento, de conexión con otras zonas de la realidad o con otras realidades (otros `mundos reales`), quizás incluso a la manera de los románticos una forma de conexión con el infinito, con la divinidad".
 
Y concluye: "Una forma de conciencia alterada o enriquecida; pero también un campo de celadas, batallas y traiciones en el que se replican, amplifican y distorsionan las violencias sociales".

Fuente: Jorge Boccanera / Télam

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9 de Diciembre de 2016|20:28
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