Los secretos de la prostitución en Roma

Los pormenores socioeconómicos de los burdeles y la evolución de este oficio encubren extrañas conductas. Las prostitutas ejercían en lupanares, tabernas, casas de comidas, baños público o en la calle. No eran perseguidas por la ley, pero no podían casarse.

En la época romana, las niñas y jóvenes podían asegurar su futuro a través del matrimonio o de ser explotadas sexualmente en beneficio de otra persona”, escribe el historiador Robert Knapp en Amor de pago.

El investigador recorre las condiciones de vida de las prostitutas en Roma en el ejercicio de una profesión que no siempre se ejercía libremente: muchos hombres, mujeres y niños esclavos eran obligados a ello. "De hecho, muchas de las mujeres que ejercían la prostitución en Roma estaban en una situación desesperada  e incluso eran presionadas por sus familiares para que obtuvieran algunos ingresos extra, y, bien ejercieran el oficio de forma libre o forzada, era común que sufrieran malos tratos", escribe Knapp.

Las prostitutas romanas no eran perseguidas por la ley, pero no podían casarse con romanos libres, no podían redactar testamento ni recibir herencia, si bien en muchas ocasiones se ignoraban estas restricciones. El sistema legal las dejaba tranquilas: no entraba a juzgarlas moralmente y no las castigaba porque no violaban la ley, pero su libertinaje sexual les suponía cierta deshonra y a mediados del siglo I d.C., sus servicios comenzaron a ser gravados de manera que tenían que pagar una tasa.

En cuanto al número de prostitutas, se estima que una de cada cien mujeres era meretriz en Pompeya, por ejemplo, un porcentaje que sería mayor entre las mujeres de 16 a 25 años. En lo que se refiere a las condiciones de trabajo, las prostitutas ejercían en lupanares, tabernas, casas de comidas y baños públicos -en las termas suburbanas de Pompeya hay pinturas explícitas que muestran actividades sexuales cada vez más audaces-, o en la calle. De hecho, los mercados y las zonas de edificios públicos, sobre todo el teatro, ofrecían muchos posibles clientes.



Un ejemplo de las supuestas destrezas sexuales que se esperaba de las prostitutas se describe en la novela Tacio Leucipe y Clitofonte, habilidades que tenían un precio de alrededor de dos ases, un cuarto de denario, lo que suponía el pago de media jornada de un trabajador y dinero suficiente para sobrevivir diariamente durante buena parte de la época del Imperio Romano, según Knapp. Y mucho más de lo que una mujer podía ganar en cualquier otra ocupación.

Uno de los aspectos más trágicos del asunto eran los embarazos no deseados, que se resolvían mediante pociones abortivas que se autoadministraban en forma de supositorio vaginal o, una vez que nacían los niños, cometiendo infanticidio o abandonándolos.

Fuente: laaventuradelahistoria.es

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10 de Diciembre de 2016|09:41
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