La señorita que hablaba en lenguas

Francesas durante la primera mitad del siglo XIX; inglesas, alemanas o suizas durante la segunda, las institutrices eran blanco frecuente del deseo de sus patrones. A su alrededor, sobre todo si eran jóvenes, flotaba un aire de seducción del que debían defenderse. O no.

Hasta mediados del siglo XIX, entre la primera comunión y el internado, los niños y niñas recibían poca o ninguna educación.

Las familias nobles y aquellas que pretendían de cierto barniz aristocrático, en su afán por rehuir de los contactos vulgares contaban con los servicios de un maestro o de una institutriz para brindar un amplio abanico de contenidos pedagógicos, que iban de la enseñanza del idioma natal a los rudimentos de ciencias, música y arte.

Cuando pensamos en una institutriz inmediatamente evocamos a las sufridas figuras de irregular destino de Jane Eyre o de Agnes Grey, célebres personajes creados por Charlotte y Anne Brontë respectivamente; recordamos a las simpáticas y afinadas Mary Poppins y María Augusta von Trapp de La novicia rebelde y padecemos junto a Becky Sharp, la protagonista de La feria de las vanidades de William Makepeace Thackeray.

Ellas reflejan a gran número de mujeres de su época, quienes eran maestras y brindaban educación a domicilio, alternando los rudimentos de la educación con el cuidado de los niños en el hogar familiar.

Hasta principios del siglo XIX la educación pública primaria estaba poco institucionalizada y las encargadas de enseñar a leer y escribir en los hogares de las clases populares y burguesas eran, si sabían, las madres. En la escuela pública, además, ya fuera del Estado o perteneciera a una orden religiosa, abundaban las reglas, las reprimendas, las penitencias y las azotainas.

Entre otras cosas, el progreso económico comprendía para la burguesía el sueño del maestro a domicilio. Así fue como bajo la mirada del padre o de la madre, comenzaron a desfilar por los hogares con pretensiones aristocráticas mujeres que se desempeñaban como institutrices de los hijos hasta que estos cumplían los quince años.

A esa edad se enviaba a las niñas a internados donde perfeccionaban el llamado “arte del adorno”, es decir, su educación religiosa, doméstica y mundana con el propósito de convertirlas en más atractivas para conseguir un matrimonio ventajoso; los niños eran acuartelados en colegios y liceos donde se preparaban para ser bachilleres o soldados, umbral preciado de la burguesía.

Hasta ese momento la educación la habían recibido de una miss, una fraulein o una mademoiselle que provenía de una buena familia venida a menos. Ella era el personal de servicio más jerarquizado de la casa, pero aunque se la consideraba como una semiintelectual, en el fondo era tan criada como los otros sirvientes.

Francesas durante la primera mitad del siglo XIX; inglesas, alemanas o suizas, durante la segunda eran blanco frecuente del deseo de sus patrones. “Son siempre de una excelente familia venida menos. En las casas resultan peligrosas porque seducen al marido”, escribió Flaubert de estas mujeres que solían llegar a las familias a través de una agencia de colocación.

A su alrededor, sobre todo si era joven y solitaria, flotaba un aire de seducción del que ella misma debía defenderse con austeros vestidos y desafiantes moños.

Casi siempre célibe, la institutriz no tenía maridos ni hijos, aunque podía tener amantes estrictamente secretos. Su vida privada se reducía a su pequeño y severo cuarto en alguna parte de la casa que solía convertirse en el escenario de los goces robados.

De ahí, que la habitación de la institutriz fuera el lugar más temido por la señora de la casa ya que encarnaba el sitio de todos sus temores sexuales y sociales: el fantasma de la infidelidad del marido bajo su propio techo, el del joven hijo enamorado de la inquieta mademoiselle y el escarnio primero privado y luego público al enterarse por los chismes de los criados de los suspiros y gemidos de placer que recorrían los pasillos algunas noches.

Patricia Rodón

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8 de Diciembre de 2016|23:25
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